Semana
42
Soledad Pardo

Puerta del Sol a París

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Relato
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Llegó a coger el vagón casi en marcha. Unos segundos antes un pitido había anunciado su salida inmediata. Sólo llevaba una pequeña bolsa de color negro colgada del hombro. Abrió la puerta y se dirigió al número 26, que le correspondía según el billete. Los días anteriores, los últimos años, el tiempo pasado no habían sido buenos. No había conocido la felicidad,  su vida había sido un completo desastre, no había estudiado, había tenido multitud de empleos precarios, dependiente en una pescadería, limpieza de portales, albañil, camarero en el bar de una residencia de ancianos,  etc. Nunca había tenido novia, tampoco amigos, sólo los escasos compañeros de trabajo que, esporádicamente, iba teniendo, en los que dejaba siempre tan poca huella, que una vez que el trabajo se acababa nunca más volvía a verlos.

No tenía tampoco familia, no había conocido a sus padres,  se había criado en un colegio de huérfanos en el que no había aprendido nada bueno, del que salió a los dieciocho años a un piso tutelado, compartido con otros tres chicos.

En cuanto pudo, salió de esa casa. Encontró un trabajo en una pescadería y alquiló una habitación en una pensión de viajeros cercana a la estación de Atocha. Desde su balcón, cada día veía pasar los trenes, se imaginaba viajando a lugares lejanos, en donde se convertiría en millonario. Algún día cogería un tren y se iría a París, la ciudad vista tantas y tantas veces en las películas. El dinero que ganaba en sus trabajos era tan poco que únicamente le daba para malvivir y pagar la habitación. 

De vez en cuando, compraba un cupón a un ciego que vendía en la puerta de la estación, pero nunca le tocaba. Ni siquiera los miraba, sólo esperaba que si en algún momento tuviera algún premio, el vendedor se lo diría.

Una mañana, cuando se dirigía a su trabajo, entonces sacando y guardando los cubos de basura de varios portales, el ciego le llamó cuando le saludó, felicitándole porque había tocado el cupón. No supo qué hacer, ¿cuánto ha tocado?, ¿cómo se cobra?.

El vendedor le aconsejó que lo llevara al banco. Así lo hizo y muy pronto dispuso de una cantidad de dinero que nunca imaginó. Se despidió del trabajo, hablando con la empresa de limpieza que le había contratado.  Se dirigió a la estación y compró un billete para París, en el tren Puerta del Sol que salía el próximo jueves. El viaje duraría unas quince horas y, como salía por la tarde, se hacía durmiendo en literas. Los días antes no pudo dormir, la inquietud y los nervios no le dejaron. No sacó billete de vuelta. Sacó todo el dinero del banco y lo llevaba consigo en la bolsa. Había estudiado tantas y tantas veces planos de París, había visto tantas películas y reportajes sobre la ciudad, que creía conocerla de cabo a rabo.

Entró en el pasillo y comprobó que el compartimento 26 era el sexto. Avanzó evitando a otros viajeros que entraban y salían y a otros apoyados en las ventanas. Su litera era la de abajo, en el lado derecho. Saludó a una pareja de mediana edad que ya estaba dentro, sentados en la litera de la izquierda. La mujer, amablemente, intentó iniciar una conversación con él, pero pronto se dio cuenta de que su compañero no estaba por la labor. El hombre parecía nervioso y encantado a la vez de que no les diera conversación.

Enseguida, acomodó su litera, cogió algo de dinero, dejó el abrigo y la bolsa, se levantó y se dirigió al coche restaurante. Era tal y como lo había imaginado. Pidió un bocadillo y una bebida y se sentó en una mesa junto a una ventana.  Había bastante gente y no se encontraba cómodo. Ya había anochecido y sólo se veían algunas luces de pueblos o ciudades, o de algunos coches que transitaban por carreteras cercanas. Había decidido no volver a su departamento hasta que no fuera más tarde,  estaba cansado y a ver si podía dormir un rato y despertarse cuando el tren entrara en la estación de Austerlitz. No había reservado hotel, imaginaba que en los alrededores de la estación los habría y ahora no tenía problemas de dinero.

De repente, oyó unas voces que gritaban, no sabía qué, pero algo importante sucedía. Alguien tiró de la palanca de la alarma para parar el tren y el coche se paró. Se levantó y se dirigió a su compartimento, pero no pudo llegar por la cantidad de personas que allí se agolpaban. Oyó a alguien decir que se encontraban a sólo unos kilómetros de la frontera. Los revisores les condujeron al vagón restaurante. Muy pronto, a través de las ventanas, pudo ver como varios coches de policía se aproximaban a las vías del tren. Un policía entró en el restaurante y les informó de lo sucedido, una mujer había sido asesinada en el compartimento número 26, les rogaba que permanecieran tranquilos y que no se movieran hasta que fueran todos interrogados.

Asustado, se levantó y se dirigió al policía diciéndole que había dejado todas sus cosas en el compartimento, rogándole que le dejara entrar a recogerlas. El policía le rogó que se sentara y que no podría hacerlo hasta que fuera retirado el cadáver cuando llegara el juez. Muy nervioso, volvió a levantarse e insistió, pero no fue posible. Informó al policía que la mujer que estaba en el compartimento estaba acompañada de un hombre, que él supuso su marido. El policía transmitió sus palabras a un compañero para intentar localizar al hombre que acompañaba a la mujer fallecida. Al cabo de bastante tiempo, uno de los policías regresó e informó al que estaba en el vagón restaurante que no aparecía nadie que se identificara como el acompañante de la mujer muerta. 

Cada vez más aterrorizado, giró su cabeza hacia la derecha de la barra del bar y puso su vista en uno de los camareros, era él quien acompañaba a la mujer, naturalmente sin el uniforme que ahora llevaba. Le señaló al policía y éste se dirigió a él, solicitándole se identificara. El trabajador mostró su carnet de identidad y le informó que llevaba trabajando más de diez años en ese tren, que él había estado todo el tiempo dentro de la barra del bar y que desconocía por completo a la mujer asesinada. Es más, informó que no estaba casado, todo lo cual corroboró una compañera que estaba con él.

No podía creer lo que sucedía, era imposible que no fuera él, estaba completamente seguro. Es más, se había fijado muy especialmente en la barba, excesivamente recortada, que poseía y en las gafas de color azul oscuro.

Intentó tranquilizarse, mientras el camarero le miraba con ojos de odio. Se levantó y, en voz muy baja, informó al policía que había dejado una bolsa en el compartimento, que contenía mucho dinero, procedente de un cupón que le había tocado. El policía insistió en que esperase.

Entrada la madrugada, comprobó a través de la ventana como un furgón fúnebre se llevó al cadáver de la señora, al tiempo que el juez salió en un coche oficial. Volvió a levantarse y solicitar al policía poder dirigirse al compartimento. Éste les informó que tendrían que volver a Madrid, donde todos serían interrogados, con lo cual el tren empezó a hacer una serie de movimientos de arranque y freno que indicaron lo que sucedía. No obstante, el policía indicó a un compañero le acompañara al compartimento a recoger sus cosas. 

Salieron del vagón restaurante y se dirigieron al compartimento número 26. El policía le ordenó que permaneciera en el pasillo mientras él recogía sus pertenencias, al objeto de no tocar nada. Inmediatamente, el policía salió y le indicó que no había nada dentro, ni la bolsa, ni el abrigo.

Horrorizado comenzó a gritar y a dar golpes a la pared y la puerta, ante lo cual otros policías acudieron pensando que algo grave sucedía. Él intentó rebelarse, zafándose de ellos y fue inmediatamente reducido. Le pusieron esposas, volvieron a parar el tren, otro coche de policía estaba esperando, le bajaron y le introdujeron dentro para conducirle a la comisaría más cercana.

El tren continuó su marcha y desde el coche pudo ver, a través de la ventana del vagón restaurante, como los dos camareros se sonreían cuando ella le enseñaba a él una bolsa de color negro que había cogido de detrás de un estante.  

Publicado la semana 42. 17/10/2018
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