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Soledad Pardo

Recuerdos de una niña con la cabeza muy gorda

Todos los taxis, los autobuses y el metro son míos, decía a su amiga Puri. Imposible, son muchos, contestaba ella. Tus padres no son tan ricos. ¿Imposible?, de eso nada, ¿no ves que en todos ponen mis iniciales? SP. Ante tal afirmación cargada de realidad, ningún auditorio sería capaz de contradecir sus palabras. La amiga prefería callar y pensar que igual era verdad.

Una niña seria, habladora desde muy pequeñita. No andaba, iba en brazos de su madre y ya mantenía tremendas conversaciones con quien se dirigiera a ella. Cada día, mientras llevaban la comida a su padre, al bajarse en la Puerta del Sol, como escuchaba a un invidente que vendía cupones, le imitaba con voz estentórea Los iguales para hoy, los iguales para hoy, provocando el enfado del vendedor por pensar que se reía de él. No era esa su intención, pero sí era ya llamar la atención de todos. Su madre salía corriendo con ella, avergonzada. Un buen comienzo.

Un poco mimada, hija única al fin. Todavía siendo un bebé, una noche no paraba de llorar. Sus padres, sin dormir, pendientes de que a la niña le sucediera algo, levantados contemplándola por si estaba enferma. Al parecer, no tenía nada, no había fiebre, no parecía que tuviera dolores, etc. Como hablaba perfectamente, muchas veces le preguntaron qué le pasaba, contestando constantemente que nada, que lloraba porque quería. Por la mañana, su padre se acercó a la cuna y le dijo puedes seguir llorando, yo me tengo que ir a trabajar, a lo que ella respondió pues ahora no lloro, ahora me duermo. Y así hizo. De nuevo, llamando la atención.

Nunca supo si le hubiera gustado tener un hermano. Cuando sus padres o alguien de la familia le preguntaban, siempre decía que no, que si venía un hermano lo tiraría a la calle, a veces al tranvía. Los demás se reían y ella contestaba así porque sabía que es lo que todos esperaban que dijera.

Muy testaruda y consentida, un día de Reyes su tía Teresa le regaló unas zapatillas de color rojo. Tanto le gustaron, que exigió acostarse cada noche con ellas puestas. Su madre, no tuvo más remedio que resignarse y, una vez dormida, con infinita paciencia, se las quitaba.  

Unos meses más tarde, cuando ya había empezado a andar, en un cumpleaños familiar, cuando su madre le dijo vamos, despídete, da un beso a las señoras, fue saludando a cada una, y al ver que una de ellas bebía en un vaso un líquido oscuro, casi negro, creyendo que era vino, le espetó a usted no la beso, que bebe vino. Su madre, llena de vergüenza, se disculpó diciendo que había confundido la coca-cola con el vino, y que a la niña no le gustaba que bebieran vino. 

Una niña muy espabilada, creciendo día a día con un cierto complejo de tener la cabeza gorda. Era tanta esa sensación que ella misma, cuando se caía, decía a los demás es que tengo la cabeza muy gorda y me pesa mucho, provocando la risa en todos y siempre siendo consciente de que para ello lo hacía.

Ya en el colegio, su primer amor, un vecino hermano de su amiga Puri, guapísimo y con unos enormes ojos azules, despertó en ella el gusto por los chicos. Alguna tarde, Quinín, menos espabilado que ella, acudía a su casa a estudiar para que le ayudara en todos los trabajos que hacían en clase. El chico era amable y encantador con ella y la hacía suspirar, siempre que estuvieran en casa. Cuando se encontraban en la calle, a la salida del colegio o por el barrio, la tiraba pelotillas y la insultaba cabezona, cabezona, riéndose de ella. Fue su primer desengaño.

En esa misma época, un día estaba en la calle jugando a saltar la goma, con sus amigas. Su madre había salido a comprar y no estaba en casa. De forma imprevista, un chico la empujó y cayó al suelo, golpeándose la cabeza con el borde de la acera. Perdió el conocimiento y entre unas vecinas la llevaron a su casa. Tras unos minutos, su madre entraba en el portal, cuando un niño de los que estaban jugando le advirtió señora, su hija se ha muerto. Su madre, completamente aterrorizada entró en la casa en el momento en que se despertaba, echándose a llorar. Aparentemente, no había sucedido nada grave, sólo que una parálisis facial, que afectaba a la mitad de su cara, le hizo dormir  durante un tiempo cada noche con un ojo abierto y la boca completamente torcida. Su madre, tremendamente apenada, cada noche la contemplaba mientras dormía y pensaba para sí, a esta niña así no la caso. Con el tiempo y los cuidados de su madre, recuperó la sensibilidad y el movimiento de su cara.

Más adelante, con la primera televisión en casa, algunas veces veía las zarzuelas que se programaban cada semana. Alucinaba con los cantantes, con las historias de amor que se contaban, creyendo que las relaciones de amor siempre tenían que iniciarse cantando, que cuando una pareja se conocía, habrían de cantar para requerir el amor del otro. Eso le asustaba, pensando que con lo mal que cantaban sus padres, cómo era posible que se hubieran podido casar. Llegó a pensar que ella no sería capaz de cantar nunca, con lo cual seguramente no se casaría.

Enseguida empezó en el Instituto, con once años cuando se inició en el estudio del inglés, en clase se formó un grupo para cantar y así aprender el idioma de manera más sencilla. Una mañana, cantando a voz en cuello el Jingle Bells, la profesora iba dirigiéndolas, cuando al pasar junto a ella, en voz altísima, dijo esta niña que se calle, que desafina. Un palo gordísimo para ella, que todo lo hacía bien. No volvió a cantar más y decidió que nunca se casaría, porque no sería capaz de cantarle a nadie para mostrarle su amor. Tenía sólo once años y sus compañeras se rieron de ella. 

Quería estudiar, hacer una carrera, no crecer, siempre ser una niña, un poco Peter Pan. Terminó el bachiller y su deseo hubiera sido ir a la universidad. De repente, cuando sólo quedaban dos meses para acabar, se le ofreció la oportunidad de realizar un examen para trabajar en la Administración. Ella no quería porque eso significaba ser mayor. Consultó con su padre, quien consideró que un puesto de funcionaria era lo mejor que le podría pasar, por lo que realizó el examen, con la intención de hacerlo todo lo mal que pudiera para no tener que trabajar. Así, seguramente suspendería y podría seguir estudiando. Pese a todo, aprobó el examen y en el mes de julio comenzó a trabajar en “el Estado”, como decía su padre. Los inicios no fueron buenos, la sentaron en un despacho, sola, sin decirle nada y sin presentarle a nadie. Fueron unos meses muy difíciles. Lloraba cada día, la tristeza era infinita, no quería estar allí. A pesar de ello, aguantó y, como pudo, mientras trabajaba continuó estudiando y en unos años hizo Derecho. 

Una niña normal, algo acomplejada, poco cariñosa, solitaria, trabajadora, con ganas siempre de agradar a todos, a quien le gustaba llamar la atención. Nunca supo decir que no, y eso le trajo enormes problemas toda la vida, como siempre le advertía su madre. 

 

Publicado la semana 41. 08/10/2018
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