Semana
40
Soledad Pardo

Hermelinda

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Relato
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Llegaba siempre tarde, todos tenían que esperar por ella como mínimo media hora. Su trabajo estaba cerca de casa pero, a pesar de eso, la puntualidad no era una de sus virtudes. El arreglo exterior le llevaba más de una hora, el ritual diario de empolvarse el rostro, primero con unos polvos de maquillaje oscuro, para acabar con otros mucho más claros, que le parecía que daban a su cara un tono perfecto. Los ojos, pintados de colores indescriptibles, abusando de los dorados, semejaban dos monedas de un euro colocadas sobre las cuencas. Los labios, de color morado, parecían dos trozos de berenjena superpuestos. El pelo, un auténtico nido de pájaros, de un color rubio platino, que ella cardaba cada mañana una vez vestida, utilizando multitud de productos de fijación para mantener la altura y el volumen.

Tenía una edad indefinida, podría tener entre cuarenta y sesenta años. Era una mujer simpática, agradable con todos y servicial al máximo, siempre dispuesta a ayudar a los demás. Se solía arreglar mucho para ir al trabajo, como dependienta en una antigua mercería en la calle de Toledo. Era muy conocida en el barrio, las clientas cuando acudían a la tienda siempre preguntaban por ella porque les atendía mejor que el dueño, el señor Faustino, un hombre mayor, ya jubilado, que permanecía allí a pesar de sus años, y que tenía muy mal carácter. La mayor parte del tiempo Hermelinda, que así se llamaba, estaba sola. El señor Faustino se metía en la trastienda a dormitar en un sillón y sólo salía, de vez en cuando, a recoger el dinero que iba entrando en la caja por las ventas, por el temor a los atracos. Lo guardaba en el interior, dentro de una caja de cremalleras, y cada noche se lo llevaba a su casa para ingresarlo en el banco al día siguiente. Hermelinda llevaba más de veinte años trabajando con él, cada mañana llegaba tarde y el señor Faustino tenía que abrir. Cuando llegaba le regañaba por su impuntualidad, se ponía muy serio y amenazaba con echarla a la calle, pero Hermelinda sabía que eso no sucedería nunca.

Era soltera, vivía sola en un primer piso en la misma calle de Toledo, encima de una famosa tienda de caramelos. Tenía dos balcones a la calle, cuando no trabajaba, salía al exterior y se colocaba en una silla, en donde se sentaba, para ver pasar a la gente. Tenía una costumbre, mirar las matrículas de los coches y sumar las cifras, cuando éstas daban veintidós, le  parecía que eso era una señal de buena suerte. El veintidós era su número favorito, el número al que jugaba Humphrey Bogart en Casablanca, la película que había visto tantas y tantas veces. Si el coche número veintidós tenía una matrícula cuyas cifras sumaban esa cantidad, bajaba inmediatamente a la calle y buscaba un vendedor de cupones para comprar uno. Nunca le había tocado, pero ella no perdía la esperanza.

Allí sentada, también imaginaba la vida de la gente,  montaba en su cabeza historias sobre las vidas de los demás. Miraba a sus ventanas y pensaba en lo que allí dentro sucedería, una familia con hijos, una mujer famosa estrella del cine, una gran cantante, tantas y tantas existencias….. Podría decirse que era feliz, no necesitaba nada, tenía lo necesario para vivir, un sueldo exiguo pero suficiente y una casa que había heredado de sus padres, ya fallecidos. No tenía familia, había sido hija única. Sólo tenía dos amigas, Mercedes y Julia, también solteras como ella, con las que salía los fines de semana a cafeterías cercanas a tomar algo. 

Con veinte años tuvo novio, un chico guapo que la engañó en cuanto pudo, y al que dejó inmediatamente. Nunca más tuvo una pareja. Cada noche, cuando se acostaba, imaginaba que era una gran mujer, guapa, rodeada de hombres que se enamoraban de ella y ella iba dejando sin querer comprometerse con ninguno. En su cabeza, tejió mil y una historias de amor, de las que ella siempre era la protagonista. Solía ir al cine los sábados y luego, ya en la cama, recreaba la película en su mente siendo ella la protagonista.

Un domingo por la tarde, sus amigas le propusieron salir a bailar, nunca lo había intentado. Mercedes y Julia seguro que bailaban bien, pero ella no creía que pudiera hacerlo. Le daba mucha vergüenza pero, a pesar de ello, accedió y decidieron que irían el próximo sábado. Las tres pensaron que esa podría ser una buena manera de conocer a alguien.

Ese día, Hermelinda se compuso como nunca antes lo había hecho, la tarde anterior se había comprado un vestido de lunares blanco y negro para la ocasión. El arreglo de su pelo y su rostro le llevó mucho más tiempo que otros días. Un lazo de terciopelo negro de la propia mercería rodeó su pelo que, esta vez, dejó suelto. Quería estar especialmente atractiva, quizás conocería a alguien, es posible que por fin volviera a enamorarse. La noche anterior no había dormido nada, para ella era algo tan especial lo que sucedería hoy, que los nervios no le dejaron pegar ojo. 

Las tres se dirigieron a una discoteca cerca de la Gran Vía, en una calle paralela a la misma. Algunas clientas del barrio iban allí y les contaron que se lo pasaban en grande. Al llegar, le sorprendió la enorme fila de personas que esperaban que abriera el local. Una vez dentro, se sentaron en una mesa cercana a la pista y pidieron un zumo cada una. Pronto, un hombre de mediana edad se acercó a las tres y, en especial, a ella, pidiendo bailar con ella. Su corazón parecía que se iba a salir del pecho, no era capaz de pronunciar palabra pero, a pesar de ello, accedió. Se sentía una estrella de cine, no podía creer que eso le sucediera a ella. Sus amigas seguían sentadas en la mesa y se miraban entre ellas, haciendo comentarios y risitas sobre lo que pasaba. Ella, tiesa como un palo, se movía al ritmo de la música conducida por el hombre. 

Pasaron la tarde entera bailando y, cuando ya iban a cerrar, sus amigas fueron a buscarla para marcharse juntas. Ella se despidió de su acompañante, y él la indicó que se verían el próximo sábado, en el mismo sitio. No cabía en sí de gozo, estaba contentísima, le parecía el hombre más guapo del mundo, por fin le había conocido.

A partir de entonces, todas las semanas se encontraban en la discoteca. Ella se sentía cada vez más importante e incluso se atrevía a gastar bromas a Valeriano, que así se llamaba. Sus clientas habían notado el cambio radical que había experimentado y hacían muchos chascarrillos sobre lo bueno que era el amor. Valeriano trabajaba en una fábrica de cervezas, haciendo turnos. Vivía con su madre, su tía y una hermana algo más joven que él. Ella tenía esperanzas de que en algún momento le presentara a su familia. 

Con la llegada de las fiestas navideñas, Valeriano le propuso ir a casa de unos amigos a tomar una copa para celebrar la Nochevieja. Él cenaba con su familia. Ella, encantada, accedió y quedaron en que cuando acabara la cena y tomaran las uvas, él vendría a buscarla a la puerta de su casa. Ella cenó sola, con la televisión puesta, viendo esos programas que tanto le gustaban en estas fechas. Dos horas antes se dispuso a arreglarse, un maravilloso vestido azul cielo, poblado de entredoses y cintas de raso, el pelo suelto recogido por un lazo del mismo color, unos zapatos de tacón altísimos para lo que ella solía usar, un chal de un color azul algo más oscuro y un abrigo de astracán que era de su madre, que todavía conservaba. Había contado a todo el mundo, sus clientas, sus amigas e incluso el señor Faustino, que Valeriano le iba a presentar a sus amigos, a su familia era un poco pronto pero si empezaba por los amigos era un primer paso, lo próximo serían ellas. Estaba ilusionadísima, los nervios no le dejaron casi cenar, pero no importaba.

Exactamente a las doce treinta, un coche en su puerta tocó el claxon. Ella ya estaba preparada, bajó las escaleras y entró en el vehículo. Valeriano le dio un beso en la mejilla y le felicitó el año. Ella, completamente ruborizada, le agradeció y le deseó lo mismo. Bajaron la calle de Toledo y se dirigieron hacia la M30, porque sus amigos vivían por la zona de Chamartín y La Vaguada. Valeriano le advirtió que deberían echar gasolina porque ya estaba en la reserva. Ella, que conocía las calles de Madrid casi como un taxista, le indicó que saliera en la desviación de Arturo Soria, que allí recordaba había una gasolinera. Fueron charlando sobre los dos, sobre lo bien que se sentían juntos y de lo que podría ser su futuro. En la salida de Arturo Soria, ella le indicó como llegar al surtidor, que encontraron cerrado. Ante ello, Hermelinda recordó que llegando al aeropuerto había otra, que seguro estaría abierta. Valeriano se dirigió por la Nacional II al aeropuerto y también la gasolinera estaba cerrada. La decepción de ambos era tremenda, siguieron adelante y el coche a la altura de la entrada de la Terminal 1, tras unos cuantos tirones, se paró porque se le había acabado la gasolina. Sin saber qué hacer, entraron a la terminal, completamente vacía, únicamente una empleada en el mostrador de información. Ya eran casi las dos. Le contaron lo que había pasado y ella les informó que hasta las 7,30 no pasaba el primer autobús  y que no habría taxis en toda la noche por ser el día que era. Se dirigieron a una cabina telefónica y se dispusieron a llamar a todos los teléfonos de taxis que existían. Nada, ninguno contestaba. Era una noche tan especial que era lo normal que los taxistas no trabajaran. Se sentaron en unos sillones y decidieron que llamarían a los amigos, para decirles si podrían venir a buscarles al aeropuerto. Valeriano marcó el teléfono de sus amigos y el dueño de la casa, al otro lado, le dijo que no le vacilara, que lo que le contaba era imposible y que si no querían ir que no fueran. Valeriano insistió, pero su amigo le colgó el teléfono. 

Volvieron a uno de los sillones y allí, a ratos charlando, a ratos en silencio, pasaron juntos la primera nochevieja de su vida. A Hermelinda se le saltaron las lágrimas, no podía creer lo que estaba pasando, cómo no iban a creerles. Cansada, con los zapatos quitados, a las ocho menos cuarto pasó el primer taxi. Ambos lo cogieron para ir a la primera gasolinera que encontraron, compraron una lata y regresaron al aeropuerto a llenar el coche para poder arrancarlo. Una vez en marcha, Valeriano la llevó a su casa sobre las nueve, despidiéndose hasta el próximo día. Subió las escaleras de su casa llorando, triste, desencantada, todo se le había ido al traste. Le pareció que era el final, que ya no volvería a ver a Valeriano.  

 

Publicado la semana 40. 02/10/2018
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