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Soledad Pardo

FAMILIA (IV) ANDRÉS

Andrés no era un buen hombre, Andrés era un hombre bueno. Se nos ha ido hace unos días, despidiéndose de todos a los que quería, tenía prisa por marcharse, la maldita enfermedad le había destrozado por dentro, pero había respetado el enorme corazón que poseía y no había hecho que mermara en absoluto su amor por su familia y amigos. Quería que le dejáramos partir, pero ninguno de nosotros quería perderle, a pesar de ver cada día el mal que le estaba causando. Tardamos mucho en resignarnos a que se fuera, siempre nos quedaba una pequeña esperanza de que algún remedio mágico pudiera devolvérnoslo como siempre. Nos agarrábamos a cualquier cosa que escuchábamos en la radio, en la prensa o en la televisión, respecto de posibles medicamentos milagrosos. Éramos profundamente egoístas, todos queríamos que se quedara con nosotros, sin pensar en su sufrimiento.

Andrés era el ejemplo para todos, el hijo que cualquiera hubiera querido tener, el esposo soñado, el padre entregado, el hermano atento a las mínimas necesidades, el amigo del alma…. Nació en plena posguerra, en el seno de una familia muy modesta. Vivió junto a sus padres, su abuela y otros cuatro hermanos más. Era el mayor de los cinco y, en cierto modo, el padre de los demás, al tener el suyo una enfermedad que le impedía trabajar y que le dificultaba ejercer como tal. Su madre, una grandísima mujer, trabajó mucho para sacar adelante a sus hijos. Tuvo una infancia poblada de privaciones, pero feliz junto a los suyos. Trabajó muy pronto, a una edad en la que ahora sería imposible hacerlo, pero que entonces era algo normal. Cuando su hermana Tere, la cuarta en edad, enfermó, intentó donar uno de sus riñones para que ella pudiera salvarse de una terrible enfermedad. No fue posible y lo inevitable sucedió. 

Enseguida aprendió el gusto por la cultura. Le encantaba leer, devoraba los libros que caían en sus manos, era fan de Mortadelo y Filemón, le gustaba la música, el teatro, el cine, todo lo que le suponía aprender, su curiosidad era infinita. Le gustaba mucho pintar y escribir, cosas que hacía muy bien. Todos los días leía el periódico, su ABC, a pesar de las críticas familiares contra ese diario. Tenía tanta personalidad que los comentarios de los demás no afectaban en absoluto a sus gustos. Nunca se dejó influir por nadie, conservó sus mismas ideas a lo largo de su vida. Incluso estando enfermo, no perdió sus ansias por saber. 

En el trabajo conoció a María, que le acompañaría el resto de su vida, una mujer fuerte de carácter, valiente, generosa, cercana con todos, amiga de sus amigos y amante de los suyos que, muy pronto, se integró en la familia como una más. Juntos trajeron a este mundo a dos maravillosas personas que son sus hijas. Ambas han heredado lo mejor de cada uno, al cincuenta por ciento.

Recuerdo especialmente un día, cuando su hermana pequeña celebró los veinticinco años de su boda, durante la celebración religiosa él salió a leer algo que había escrito, un texto hermosísimo, en el que hablaba de todos y cada uno de los que habíamos formado parte de su vida, sin olvidar a nadie, demostrando el amor que sentía por todos. Sus palabras nos hicieron llorar a todos los que allí estábamos.  

Todos nos sentimos queridos a su lado, siempre estaba pendiente de todos, siempre amable, orgulloso de nuestros éxitos, que recibía como propios. Es un referente para todos, ahora no sólo sus hijas se sienten huérfanas, ahora todos somos un poco huérfanos.

Con estas palabras, sólo quiero darte las gracias por haber sido como fuiste, por habernos dado tantas cosas, ya no estás con nosotros, pero mientras estemos aquí siempre estarás en nuestro corazón.

Quiero acabar con un poema de San Agustín de Hipona,

La muerte no es nada, sólo he pasado a la habitación de al lado.

Yo soy yo, vosotros sois vosotros. 

Lo que somos unos para los otros seguimos siéndolo.

Dadme el nombre que siempre me habéis dado.

Hablad de mí como siempre lo habéis hecho. No uséis un tono diferente. 

No toméis un aire solemne y triste.

Seguid riendo de lo que nos hacía reír juntos. Rezad, sonreíd, pensad en mí. 

Que mi nombre sea pronunciado como siempre lo ha sido, sin énfasis de ninguna clase, sin señal de sombra.

La vida es lo que siempre ha sido. El hilo no se ha cortado.

¿Por qué estaría yo fuera de vuestra mente? ¿Simplemente porque estoy fuera de vuestra vista?

Os espero; No estoy lejos, sólo al otro lado del camino. 

¿Veis? Todo está bien.

Con permiso de Miguel Hernández, en Madrid, su pueblo y el mío, se nos ha muerto como del rayo Andrés Díaz, con quien tanto quería.    

 

Publicado la semana 39. 24/09/2018
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