Semana
38
Soledad Pardo

PRIMERA VEZ

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Relato
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La vejez conduce a una tranquilidad indiferente que asegura la paz interior y exterior. Anatole France

Sus apresurados pasos resonaron en el corredor que conducía a las habitaciones. Había cambiado el turno y ese día le tocaba trabajar de noche. Nunca había trabajado cuidando ancianos, pero aquí ya llevaba dos años. Los cuartos, a ambos lados del pasillo, con sus paredes de cristal, dejaban entrever cuerpos desfigurados, unos dormitaban agitados a intervalos, otros descansaban plácidamente, seguro llevados a ello por la administración de fármacos. Una gran mayoría anclados a las camas por incómodos cinturones de sujeción.  La estridencia del sonido del timbre se le hacía insoportable. No paraba de sonar, venía corriendo por el pasillo desde la sala principal. Llamaban desde la última habitación del ala derecha. Eran las seis de la mañana y no parecía normal que alguien llamara de esa manera. Además, los enfermos a los que cuidaba, estaban en situaciones tales que les imposibilitaban pulsar el timbre como lo estaban haciendo. El miedo a que algo sucediera, por un lado, la paralizaba y, por otro, la hacía acelerarse para poder atender lo necesario.

Todavía no se había enfrentado a la muerte, algo demasiado normal en su trabajo y siempre había temido que llegara este momento. Desde que trabajaba allí, habían fallecido bastantes residentes, pero nunca en su turno cuando estaba sola. Otras compañeras le habían contado sus experiencias, pero eso no la tranquilizaba, sabía que, en algún momento, tendría que pasar por ello. Desgraciadamente, era lo normal cuando se trabajaba en un lugar como ese.  

Llegó al final del pasillo y entró a comprobar el objeto de la llamada. La habitación era pequeña, una cama, una mesilla y el armario, con una pequeña ventana al fondo. El residente de esa habitación era Luis, un hombre de más de noventa años, educado y amable con todos, uno de los pocos con los que todavía se podía hablar. Llevaba quince años en la residencia. No tenía familia, le había contado que no conoció a sus padres, que le habían abandonado en un portal y fue recogido por la Inclusa. Había participado en la guerra civil, en el bando republicano. A ella, le gustaba preguntarle e invitarle a que contara sus vivencias, siempre absolutamente interesantes. Le maravillaba que alguien tan mayor siguiera conservando esas mismas ideas tan claras, como cuando tenía poco más de veinte años y fue a la guerra. Le había contado, con detalle sus aventuras durante la guerra, como cuando subió a un barco en Alicante para huir a Argelia y a los pocos kilómetros fueron devueltos a tierra y enviados a un campo de concentración, en donde había conocido a su amigo de alma, Bernardo, que había fallecido unos meses antes, como cuando viajaban juntos a recorrer España, o iban al fútbol los domingos. Conocía perfectamente lo que había sido su vida, su militancia política que nunca había dejado, su alegría por el triunfo de Felipe González, su esperanza de que todo cambiaría….., tantas cosas que luego no se habían cumplido. A pesar de su decepción, siempre conservaba su buen carácter y cercanía con todos. Le había contado que, cuando ganó el PSOE en 1982, le concedieron otra pensión por haber sido comisario en el ejército republicano, dinero que invirtió íntegramente en la compra de libros para la biblioteca de la residencia, porque como decía él no lo necesitaba, con su pensión tenía bastante para vivir. Era un hombre muy especial. 

 Lo que vio le produjo un efecto perturbador y la ansiedad y el miedo se instalaron en su interior. Parecía que el corazón le estallaría. Él estaba en la cama, sentado y con los ojos abiertos, sonriendo, parecía que había rejuvenecido veinte años.  No había nadie más, la habitación estaba vacía y el timbre seguía tocando con insistencia. Sus manos estaban apoyadas sobre la blanca sábana, por lo que él no podía ser. Cada vez estaba más asustada. No sabía qué hacer.  ¿Quién llamaría?. De repente, dejó de sonar y una voz le transmitió tranquilidad. No imaginaba de dónde salía.  Ha llegado el momento, tienes que estar preparada, será un paseo. Vas a acompañarle, no quiere partir solo, por eso te hemos llamado, él confía en ti. Instintivamente, ella cogió una de sus manos, apretándola y le habló despacio. Estoy aquí, a tu lado. Él estaba consciente, coherente, confiado…. No te asustes, me voy al otro lado, allí me esperan. Una sensación de inmensa paz que dejaba entrever su rostro le inundó y cerró los ojos, recostándose sobre la almohada.

Las ventanas del asilo dejaban vislumbrar una luz que anunciaba el amanecer. Era su primera vez….

Estar alerta, he ahí la vida, yacer en la tranquilidad, he ahí la muerte. Oscar Wilde.    

 

Publicado la semana 38. 17/09/2018
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