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35
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Suena el despertador. No sé para qué lo pongo, nada me obliga a levantarme, además prácticamente no duermo, quizás lo hago para darme cuenta que con este sonido termina una de las pesadillas diarias, también es un sonido de esperanza, de que igual algo puede cambiar o ya ha cambiado. Todas las noches, a la misma hora, programo el despertador para que suene al día siguiente, a las ocho. En ese momento, durante unos pocos segundos pienso que todo ha vuelto a la normalidad, que tengo que levantarme y empezar una jornada como las de antes, que tengo que trabajar, que tengo que hablar con otras personas, en fin que llevo una vida corriente. Ya hace catorce años que estoy así, es demasiado tiempo, no estoy preparado para esto. He llamado a tantas puertas y nadie me ha dado una respuesta…..

Hasta entonces llevé una vida que pudiera decirse normal, trabajando mañana y tarde, en una pequeña empresa de construcción de viviendas, en la que éramos ochenta y cuatro empleados, de los que ya sólo quedan dos. Cuando la crisis empezó a afectar a este sector, fuimos despedidos la gran mayoría, a mí, en concreto, me tocó el tercero, seguramente por la edad, sin que nadie tuviera en cuenta mi situación, casado y con tres hijos pequeños. Un cúmulo de emociones pasaron por mi mente, desde el desconcierto, al enojo, a la rabia, tristeza o desesperación. No supe qué contestar, me encontraba desorientado. No podía creer que me estuviera pasando a mí.

Al principio, todo iba bien, parecía que estaba de vacaciones, inmediatamente después comencé a entrar en una situación de angustia, al comprobar que no encontraba trabajo, que todas las ofertas a las que acudía se me negaban, entre otras cosas por la edad, ya estaba fuera del reducido mercado laboral del momento. 

A raíz de esto, todo se vino abajo, nuestra vida se dio la vuelta, mi mujer no trabajaba y, cuando se acabó el paro, decidió que se iría con los niños al pueblo, a casa de sus padres, en donde no les faltaría lo necesario. No entendí esa solución, yo necesitaba ayuda, solo no conseguiría encontrar trabajo. Con el tiempo fui entendiéndolo. La pérdida de mi trabajo me produjo un efecto de aislamiento, una sensación de fracaso total, levanté un muro altísimo, al que no permitía entrar a nadie, ni siquiera a los míos. Ahora comprendo lo difícil que era hablar conmigo, convivir con alguien que no comunica, que no cuenta lo que pasa por su cabeza y que, por supuesto, no transmite nada a los demás. Fue algo tan doloroso y traumático, tan difícil de soportar que sin saber cómo ni por qué, dejé de intentar buscar algo y me encerré en mí mismo, no me dejaba ayudar. Me pasaba el día tumbado en el sillón, con la televisión puesta, sin ni siquiera saber qué es lo que ponían, sin atender a nadie. Cada vez me encontraba más irritable, tenía dificultades para conciliar el sueño, siempre estaba cansado, triste, con falta de interés por todo, incluso por las noticias que me traían mis hijos, me sentía inútil y culpable a todos los efectos. Mi mujer me recriminaba mi actitud, me animaba a buscar trabajo, a salir a la calle a intentarlo. Me animaba a buscar ayuda profesional, algo que yo no entendía que necesitara. Las discusiones fueron aumentando y la situación no podía continuar así, los niños tendrían que vivir en un ambiente tranquilo y distendido, como el que teníamos antes. Me sentí abandonado y traicionado. No hice nada por recuperarles, ni siquiera por saber de ellos. Cuando mi mujer me llamaba, no cogía el teléfono. Las llamadas fueron espaciándose en el tiempo.

El piso en el que vivíamos, cuando dejé de pagar la hipoteca, fue recuperado por el banco tras un procedimiento de desahucio. Llegó un momento en el que las ideas de muerte o de suicidio empezaron a pasar por mi cabeza. Mi mujer y mis hijos estarían mejor si yo me muriera, por lo menos cobrarían una pensión. 

No tengo familia, no tengo padres ni hermanos, no tengo amigos, sólo algunos conocidos que saludo mínimamente cuando salgo a la calle a comprar algo. Afortunadamente, vivo en el piso de mis padres, una vivienda muy humilde en un barrio del extrarradio, una cuarta planta sin ascensor, sin calefacción, que me permite malvivir con el subsidio por ser mayor de cincuenta y cinco años, que me ha gestionado la asistenta social de la zona, advertida de mi situación por una vecina de mis padres que me conoce de toda la vida. No he limpiado la casa nunca, vivo en completa suciedad y abandono, rodeado de basura, el desorden me agobia y, a la vez, me tranquiliza. La mayor parte del tiempo estoy en casa, tumbado, esperando la noche. No he vuelto a saber nada de mi mujer y mis hijos, ya han pasado más de diez años.   

Tengo cincuenta y siete años, sé que ya no voy a encontrar trabajo, tampoco sé si lo quiero. Ya no tengo esperanzas, hace mucho tiempo que he abandonado la búsqueda. Mi vida está destrozada, pero creo que ya no tengo sentimientos, sólo tengo dolores de articulaciones y de cuerpo, seguramente por la falta de movimiento, los sentimientos ya no me duelen, no tengo interés en nada, me siento triste y vacío. Mi salud física también ha empezado a desmejorarse, creo que tengo hipertensión pero no voy al médico. Como mínimamente y fundamentalmente alimentos ultraprocesados que, seguramente, no me hacen ningún bien. Me siento demasiado cansado como para poder hacer cualquier esfuerzo físico, soy un completo inútil. Casi no duermo y cuando lo hago, me despierto durante la noche y me cuesta volver a dormirme. He decidido aislarme aún más, me siento incómodo y avergonzado ante los otros.

Creo que no merezco ser feliz, que no merezco ser amado, que ya no vale la pena luchar porque no hay nada que hacer, no tengo fuerzas para poder hacer las tareas más sencillas, la vida me pesa como una losa. Ya casi no me acuerdo de los míos, no recuerdo haber sido feliz en algún momento. No puedo seguir así, esto tiene que acabar.   

 

Publicado la semana 35. 28/08/2018
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