Semana
33
Soledad Pardo

La mujer barbuda

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Relato
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La troupe anunciaba la llegada del circo a la ciudad. Dos bailarinas, dos muchachos tocando el tambor, la mujer barbuda, el hombre bala, los payasos y Doña Bertha, una mujer que hablaba por la boca de dos pequeños perros que la acompañaban. La música de los tambores y el desfile atrajeron a los vecinos a las calles. Realmente era un acontecimiento importante, un pueblo tan pequeño nunca contaba con nada que les sacara de la monotonía diaria.

La instalación no fue ardua, una tienda circular rayada en azul y blanco, poblada de bancos corridos en escalera, para que se sentara el público. Una lona de los mismos colores se colocaba desde la entrada haciendo un pasillo para que el público accediera a la sala y no tuviera que aguantar la espera al sol de agosto. Dos camiones y una pequeña furgoneta aparcados en el mismo sitio, servían de hogar para los artistas, y una pequeña cabaña que hacía las veces de taquilla. Unos colchones en el suelo de los vehículos hacían de cama cada noche. Todo estaba listo para las seis de la tarde, hora en que estaba anunciado el inicio del espectáculo. La vida de los feriantes era dura, casi nunca estaban en un mismo sitio más de un día. En los meses de diciembre y enero las actividades se suspendían y volvían a la ciudad, en donde todos vivían en casa del propietario.

Doña Bertha y Etelvina, la mujer barbuda, dormían juntas en la furgoneta. Doña Bertha era una mujer mayor, de más de setenta años, rubísima, elegante, de formas y maneras, con una educación extrema, al parecer procedía de una familia adinerada, venida a menos, que había aprendido alguna técnica para hablar con el estómago, por lo cual su número consistía en salir a la pista con dos pequeños perritos, a los cuales les hacía preguntas de sumas y restas, que ella misma contestaba con la boca cerrada, semejando que eran los perros quienes lo hacían.

Etelvina, la mujer barbuda, era una mujer de edad indefinida, podía tener de 30 a 50 años, no se sabía cuántos. Su rostro estaba totalmente poblado de pelos, de color oscuro. Nadie sabía porqué, ni siquiera ella misma, pero Etelvina nunca quiso eliminar el vello de su cara, a pesar de lo que todos le decían. La barba le servía como parapeto ante los otros, sabía que nadie la miraría con otros ojos que no fueran los de reírse de ella y su excesiva timidez le hacía no pensar en otra cosa. Su primer contacto con el circo fue con León, el maestro de ceremonias y dueño del circo. Se conocieron en un bar de carretera, ella limpiaba los baños y él había parado con el grupo durante un viaje. Al verla, él se paró a hablar con ella y la ofreció integrarse en el circo, no tenía una mujer barbuda y Etelvina cumplía lo que necesitaba. Sería bueno para el circo y también para ella. No supo qué responder, pero no tenía a nadie, estaba muy sola, dormía en una habitación encima del bar, cuyo pago era parte de su sueldo. No tenía amigos, familia, ni nada que le atara a ningún sitio. Nunca nadie se había fijado en ella, cuando era muy pequeña sus compañeros se reían de ella, la hacían burlas por su aspecto, quizás esta oportunidad era lo que necesitaba. Además, Doña Bertha le animó y ella a su lado se sintió segura, quizás fuera su segunda madre. Suponía que todos la admirarían cuando saliera a la pista. León le pareció un hombre amable y cercano y le inspiró confianza desde el primer momento. El resto de la troupe también la acogió con el cariño y la cercanía que ella necesitaba.

Ya llevaba unos años con el circo, no recordaba cuántos, no sabía leer ni escribir. Había vivido tranquila, sólo tenía que salir a la pista, cubierta por un pañuelo, quitárselo buscando el asombro del público y pasearse por la pista. Luego, tras la función, limpiar todo y ayudar a recoger a los demás. No le faltaba compañía, un sitio donde vivir y lo justo para subsistir. No había conocido el amor, nunca nadie se había fijado en ella. A lo mejor no era tarde todavía.  

Aquella tarde, Doña Bertha le dijo tú no eres fea, deberías afeitarte, si lo hicieras estarías guapísima. Ya se lo había dicho algunas veces más, pero esta vez, no supo porqué, Etelvina se convenció. Por la mañana, salió al pueblo y compró una máquina de afeitar. Estaba nerviosísima, lo haría esta misma tarde, antes de la función, sería una sorpresa para todos, no se lo contaría a nadie y seguramente cuando la vieran todos le dirían lo guapa que estaba. Se alegrarían tanto y el público aplaudiría hasta rabiar.

En la furgoneta se preparó para la función, se puso el traje de color naranja, lleno de agujeros por la acción de las polillas y el paso del tiempo. Doña Bertha salió un poco antes, su número iba primero. Como le habían aconsejado, se mojó la cara y se la embadurnó con jabón. Allí no había espejo, como pudo se fue quitando la espesa barba hasta que por primera vez pudo tocarse la piel con los dedos, una sensación placentera que no había conocido antes.

Salió del vehículo tapándose la cara con el pañuelo y se dirigió a la pista, topándose con Doña Bertha que regresaba de su número. El maestro de ceremonias la anunció con un redoble de tambor, Con todos ustedes, Etelvina, la mujer barbuda, un engendro del género humano que sólo podrán ver aquí en el Circo. Los aplausos resonaban de tal manera que parecía que las gradas se vendrían abajo. Etelvina salió a la pista, como hacía cada día, e hizo una ligera inclinación de cabeza como saludo al público. Con sus manos, siguiendo el redoble del tambor, se levantó el pañuelo y descubrió su cara. Un murmullo de desaprobación por parte del público, junto a gritos cada vez más altos invitándola a marcharse Fuera, fuera, esto es un engaño….. Etelvina, sin saber que hacer se echó para atrás y, en ese momento, León la sacó de la pista y la empujó hacia dentro. Pidió perdón al público, cada vez más encendido, y les prometió devolverles el dinero.

Etelvina no entendía nada, no podía creer que nadie hubiera apreciado lo que había hecho. Se dirigió a la furgoneta a contarle a Doña Bertha. Enseguida, llegó León enfurecido, diciéndole la cantidad de dinero que le había hecho perder, insultándola y diciéndole que era una desagradecida con él, con lo bien que se había portado.

Aquella noche recogieron en el pueblo y salieron hacia el siguiente destino. Etelvina no pudo continuar con ellos. León la echó del circo, ya no interesaba a nadie. En la estación de tren, sentada con una pequeña maleta se sentó en un banco a esperar que pasara alguno. Sólo tenía algunos billetes que le había dado Doña Bertha para ayudarla.    
  

 

Publicado la semana 33. 15/08/2018
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