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Soledad Pardo

Ceferino

Ceferino era un gato listo, un gato de pueblo, de color blanco y negro, con ojos vivarachos y unos enormes bigotes ya blancos por su avanzada edad. Era feliz en el huerto, se sentía libre, tenía comida a diario y no tenía que preocuparse por más, sólo de ponerse al sol si hacía bueno o de resguardarse del frío cuando la temperatura bajaba. Echaba de menos a su dueño, el hombre alto, cuando éste viajaba a Madrid, lo que hacía últimamente con demasiada regularidad. En esos días, que siempre coincidían con el fin de semana, se veía obligado a cazar algún pajarito o alguna paloma para poder subsistir, pero no le gustaba hacerlo. También acudía a los contenedores de basuras, en donde buscaba restos de comida cuando era necesario. En su interior, le reprochaba sus ausencias, cada vez más numerosas, pero cuando volvía era tan feliz que se lo hacía saber restregándose contra sus pantalones, en ese momento se olvidaba de todo y pensaba que nunca más se repetirían sus separaciones.

Era su costumbre dejar en la puerta de la casa, sobre el felpudo, algunas plumas especialmente bonitas de sus presas como regalo a su amo, como prueba de su cariño y agradecimiento. No parecía que el hombre alto lo comprendiera, se limitaba a recogerlas y tirarlas a la basura, siempre regañándole cariñosamente. El otro gato, el que no tenía nombre, parecía su hermano gemelo, igualmente blanco y negro, sólo les distinguía un lunar debajo de la boca. Era un gato un poco salvaje, que buscaba el sustento donde podía, que sabía de su enorme parecido con Ceferino y había decidido explotarlo. El hombre alto, alguna vez, le había visto y sin mirarle la cara le había confundido, incluso le había puesto comida pensando que era Ceferino, escondido para que el gemelo no le atacara. 

Ceferino quería viajar, había decidido que la próxima vez que el hombre alto fuera a Madrid, se escondería en el coche e iría con él. ¡Qué podría haber en Madrid que le importara tanto y le obligara a viajar tan habitualmente!, ¡eran tan felices antes, los dos juntos siempre, en el pueblo, paseando, descansando, jugando con algún pequeño juguete que le compraba!..... Quizás sería aquella desconocida, la mujer morena que, de vez en cuando, venía a la finca.

Llegó el día, el hombre alto salió al garaje con una pequeña maleta. ¡Parece que se va, es el momento, en cuanto abra el coche me meto detrás!. Depositó el equipaje y volvió a entrar en la casa, al parecer se había olvidado de algo. Ceferino, de un salto, entró en el coche, colocándose detrás de la maleta. El hombre alto cerró la puerta y conduciendo el coche se dirigió a Madrid. Ceferino empezó a ponerse nervioso, oía muchos ruidos extraños que, hasta ese momento, desconocía. Su aventura no parecía que tendría un final feliz. Tras un tiempo interminable, el coche paró y el hombre alto bajó del mismo para abrir el portón trasero y coger la maleta. Ceferino, asustado, sintió alivio, por fin habían llegado y estarían juntos de nuevo. La sorpresa del dueño fue mayúscula, no podía creer lo que había sucedido. Le habló regañándole y Ceferino saltó a sus brazos, el ruido no había cesado, todo era desconocido y extraño para él, sólo había coches y gente rara pasando a su alrededor, sentía miedo. Se agarró fuertemente para evitar caerse.

Un poco más tarde, el hombre alto entraba en una casa ajena. Ceferino supo enseguida que no se sentiría cómodo, empezó a echar de menos su huerto, las hierbas crecidas que impedían ver el suelo, los pájaros volando libremente, las vacas cercanas, las ovejas lindantes con la finca, el aire claro y limpio del ambiente, tantas y tantas cosas, incluso al otro gato, su gemelo, que, a veces se portaba tan mal con él. 

Su dueño le depositó en el suelo, parecía enfadado. Habló por teléfono con alguien, al parecer preocupado por Ceferino, pensaba que no sería feliz en un piso encerrado, un gato acostumbrado a la libertad como él. Enseguida, decidido a tenerle en el piso hasta su regreso al pueblo, bajó a la calle a comprar pienso y un cajón con arena para que hiciera sus necesidades. Mientras tanto, Ceferino decidió explorar la casa, le gustaba, era grande y tenía escaleras, lo que seguramente molestaría a sus cansados huesos. No importaba, estaría feliz con él. También tenía una terraza, podría salir fuera en cuanto le abrieran la puerta, a lo mejor podría estar bien aquí.

El hombre alto regresó con las compras. La mujer morena entró también y le miró incrédula. ¡Cómo era posible que hubiera venido en el coche sin que el hombre alto lo notara!. Le pusieron su cajón y algo de comida. Comió pero no se encontraba bien, no era su casa, echaba de menos su jardín, todas y cada una de las plantas y árboles que allí habían, sus carreras persiguiendo alguna mariposa, sus juegos con la pelota. La vida en la ciudad sería aburrida, estar en una casa como esa, con todo muy colocado y en orden, le impediría correr, saltar, disfrutar de su entorno como había hecho siempre.

El hombre alto y la mujer morena se marcharon. Cerraron la puerta tras de sí y Ceferino se entristeció. No podría soportar que le abandonaran en un lugar como éste. Al fin y al cabo, en su casa y en su jardín era feliz, allí no le importaba tanto que le dejaran solo algún tiempo. Subió las escaleras y salió a la terraza, que le habían dejado abierta para que saliera al exterior. Salió y notó el agradable calor del sol en su piel. Decidió seguir adelante, no se quedaría allí tendría que ser libre, como antes, exploraría la zona.

Cuando regresaron, al no encontrar a Ceferino en la casa, salieron a la calle, llamándole, pensando que estaría por los alrededores. Pusieron carteles en la zona, con una foto del gato que el hombre alto había hecho con su teléfono, pero nada, no apareció. El hombre alto regresó al pueblo porque tenía que trabajar. La terraza de la casa de Madrid se quedó abierta, por si regresaba. Nada, pasaron quince días y el gato no volvió.

Una mañana, el hombre alto salió a hacer algunas compras y a esperar que viniera la mujer morena. En la puerta de la casa estaba Ceferino, maullando alegremente, a pesar del cansancio que tenía. Se le veía feliz, agotado, bastante más delgado y sucio, pero había conseguido volver a su hogar. 

 

Publicado la semana 31. 30/07/2018
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