Semana
29
Soledad Pardo

Gregoria (I)

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Relato
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Vivía en una tercera planta al fondo del corredor. Era una casa de finales del siglo diecinueve, cercana a la estación de Atocha, con los pisos distribuidos en corrala. Una vivienda que no llegaba a los veinticinco metros, con dos habitaciones, un comedor, cocina y un baño pequeñísimo. Se entraba directamente a la que hacía las veces de comedor, un espacio agobiante, en el que, además de una mesa y cuatro sillas, había un mueble cama para que durmiera una de las niñas. Adosada a ésta y separada por una cortina, la habitación de matrimonio, con una cama pegada a la pared y un espacio de unos veinte centímetros para poder pasar a la misma, igualmente claustrofóbico, sin un solo mueble más por la falta de espacio. Pegada al comedor, otra habitación diminuta, con un mueble del que salían otras dos camas empotradas para las niñas, junto a una mesa camilla y dos sillas, una máquina de coser y una pequeña estantería donde se mezclaban todo tipo de inservibles objetos, desde una madeja de lana a un bote de alcohol. Desde esta habitación, una puerta conducía a la cocina, un lugar pequeñísimo, en el que había un antiguo fogón de carbón, una pila de piedra, una pequeña nevera de hielo y un armario colgado en el que se colocaba la exigua vajilla de que disponían. De la cocina, salía una puerta corredera, directamente al baño.

Se habían casado diez años antes. Antonio, su marido, no era un hombre cariñoso, más bien tosco, antipático, grosero, con muy mal carácter sobre todo para con ella. Gregoria no sabía por qué se había casado con él, nunca se había sentido feliz, sólo cuando estaba con las niñas, mientras su marido trabajaba, estaba bien. Pronto vinieron las hijas, la primera a los nueve meses y, a continuación, las otras. Los embarazos habían venido muy seguidos, su marido siempre buscando el niño. Además de las cuatro niñas, había tenido tres abortos, en algún caso provocados por ella misma. La situación económica no era buena, su marido trabajaba en la construcción como maestro de obra y el dinero que ganaba no daba para muchos dispendios. 

Antonio no la trataba bien, prácticamente no hablaba con ella ni nunca se dirigía a las niñas, se limitaba a llegar a casa después de trabajar, cenar, escuchar un poco la radio e irse a la cama. Ella procuraba acostarse un poco más tarde que él, buscando que él estuviera dormido y así evitar las relaciones con él. Pero, a pesar de ello, era inevitable en algunas ocasiones. Muchas veces la echaba en cara que sólo sabía tener niñas, que él quería un hijo y que a ver si el siguiente era chico. Ella no le replicaba, le tenía miedo, era muy violento y siempre temía su reacción. 

Aquel invierno, la mayor de las niñas se puso muy enferma. El médico del dispensario del barrio, al que pagaban mediante una iguala mensual, les indicó que era tuberculosis y les recomendó que la llevaran al Preventorio Infantil Doctor Murillo de Guadarrama, dependiente del Patronato Nacional Antituberculoso del Ministerio de la Gobernación, y que él se ofrecía a gestionárselo. Si la niña permanecía en la casa, podría contagiar a sus hermanas. Allí, en contacto con la naturaleza, bien alimentada y cuidada por excelentes profesionales, la niña estaría muy bien atendida y se curaría enseguida. Tendría que estar, al menos, tres meses allí, igual hasta después del verano. Gregoria no quería que la niña se fuera, pero Antonio dijo que sí y ella no tuvo opción de negarse ni de intentar imponer su voluntad.

La niña se fue un 14 de marzo, acompañada de su padre, que la llevó en un autobús que salía desde la Plaza de España, junto a otras niñas que iban con sus padres. Al llegar allí, Antonio se despidió de ella, dejándola llorando desconsoladamente. La responsable del centro le informó que podría venir al mes siguiente a verla, en domingo por la mañana. La desinfectaron, la cortaron el pelo y la enviaron a una habitación, en la que había unas cuarenta camas con las otras niñas.

Gregoria no supo nada de ella durante los siguientes días, no tenía posibilidad de enterarse cómo estaba su hija, ni de llamar por teléfono para requerir información. Su angustia iba creciendo día a día. Le parecía imposible no saber nada de su hija, por lo que le dijo a su marido que cuanto faltaba para la visita, que iría con él. 

Los días iban pasando despacio, contando los que le quedaban para ir a ver a su hija. La noche anterior dejó la ropa preparada para acompañar a Antonio. Había comprado algunos pequeños regalos para llevarle. Las otras niñas quedarían al cuidado de la vecina, Petra, con la que tenía una excelente relación. Por la mañana, se levantó temprano, se preparó y se sentó en una silla en el comedor esperando a  Antonio, todavía en la cama. Algo más de una hora después, Antonio se levantó y le preguntó qué hacía allí. Esperándote, voy contigo a ver a la niña. Antonio ni la miró. Se vistió y se dispuso a salir, sin hablarla, mientras Gregoria se movió de la silla para irse con él. No, tu no vas a ir, te quedas en casa con las niñas, voy yo solo. Gregoria, llorando, y agarrándole de la chaqueta, le rogó que la dejara ir, que no podía estar más tiempo sin ver a su hija, que la echaba mucho de menos. El la obligó a callarse para no despertar a las niñas y la empujó para  evitar que saliera con él, cerrando la puerta tras de sí. Salió al pasillo detrás gritando que quería ir con él, pero Antonio ni siquiera volvió la cabeza.

Petra, su vecina, salió enseguida de su casa y después de que Gregoria le contara lo sucedido, estuvo consolándola durante un buen rato. Petra no entendía la reacción de Antonio, Gregoria hubiera merecido tener un marido mejor. La recriminó el que fuera tan buena persona  con él, y le dijo que tendría que darle un buen escarmiento para que aprendiese.

Pasó toda la mañana llorando, intentado disimular para que las niñas no notaran nada. Las hijas, ajenas a lo sucedido, jugaban en el pasillo con sus muñecas. Cuando se acercaba la hora del regreso de Antonio, decidió esconderse debajo de la cama para que él pensara que se había ido de casa. Le daría una lección, como le había aconsejado Petra. Le asustaría y seguramente cambiaría con ella. Él no sabía hacer nada en la casa, era incapaz de hacer la comida o fregar los cacharros, por ejemplo. Se daría cuenta de que no podría vivir sin ella.

Gregoria  oyó la voz de su marido, que se dirigía a las niñas que continuaban fuera,  preguntándoles por su madre.  La mayor le dijo que estaba dentro, en la cocina seguramente. Empujó la puerta y pasó, dirigiéndose a la cocina. No había nadie, volvió a salir y dijo a las niñas que su madre no estaba en casa, que había debido salir. Volvió a la casa y encendió la radio. Ya era la hora de comer, era muy raro que Gregoria no estuviera, las hijas tendrían que comer y no había nada preparado, ni siquiera había comprado pan, un comportamiento extraño en ella. Sabía perfectamente que Antonio no podía comer sin pan y eso era lo primero que compraba cada día y nunca faltaba en la casa.
Pasaba el tiempo y Antonio cada vez más nervioso no dejaba de preguntarse dónde estaría. Decidió preguntar a Petra, aunque no se llevaba muy bien con ella. Al parecer, no sabía nada. Le pidió una barra de pan y algo de comida para las niñas, que ya tenían hambre. Los nervios le obligaban a hablar solo, en voz alta, repitiendo constantemente ¿Dónde estará esta mujer? ¿Dónde habrá ido?. La  tarde había dado paso a la noche, ya había oscurecido y ella no volvía. Podía haber pasado algo. No era normal. Dejó a las hijas con Petra y se dirigió a una comisaría cercana para denunciar su desaparición. Los policías le dijeron que, al menos, habría que esperar veinticuatro horas, que volviera al día siguiente si ella no había regresado.

Volvió a la casa y acostó a las niñas. No dejaba de repetir lo mismo ¿Dónde estará?, ¡Cuando venga la mato. Cómo me puede haber hecho esto!. Se sentó en la silla, no podía acostarse, no podría dormir, mañana tendría que ir al trabajo. Le pediría a Petra que vigilase a las niñas. Gregoria, bajo la cama, estaba disfrutando viéndole tan preocupado, no saldría hasta mañana cuando él se fuera. Al regresar, la encontraría en la casa y le pediría perdón por lo sucedido, él diría que no podía vivir sin ella y serían felices siempre, le contaría como estaba la mayor e iría con él a la próxima visita.

Le dolía todo, el suelo estaba frío y el somier le impedía moverse. Se le empezaron a dormir las piernas, hacía verdaderos esfuerzos por estar allí debajo, pero la lección tendría que acabarse, total una noche no era nada.

Antonio se levantaba y se sentaba constantemente, paseaba por la habitación muy nervioso. De repente, sobrepasada la media noche, la hija pequeña despertó de su sueño y empezó a llorar gritando mamá, mamá, ven, tengo miedo. Antonio fue a la otra habitación para intentar calmarla, pero ella no dejaba de gritar y llorar. Gregoria, nerviosísima por oír a su hija, no pudo resistirlo y dijo hija tranquila que estoy aquí, no me he ido. Voy. En ese momento, se dio cuenta de lo que había hecho y el terror se apoderó de ella. Antonio, insultándola se dirigió a la habitación, agarrándola de un pie para hacerla salir.   

 

Publicado la semana 29. 16/07/2018
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