Semana
28
Soledad Pardo

La sonrisa de Lisa

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Relato
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Lisa se había despedido de Francesco sobre las nueve. Su extraordinaria simpatía le hacía ser muy conocida por todo el vecindario. Aquella mañana, su habitual sonrisa se había transmutado en un gesto de preocupación, un tanto amargo. Sólo ella y su fiel Apolonia sabían lo que sucedía. ¿Cómo se lo diría a Francesco?. Había estado viajando durante los últimos cuatro meses, regresando la semana anterior. La repudiaría en cuanto se enterara de su embarazo. Era su tercera esposa, muchos años más joven que él, casi tenía la misma edad que su hijo mayor, que también vivía con ellos y a quien había cuidado como si fuera suyo. Ya llevaban nueve años casados. El era un hombre muy rico, ya casi un anciano, un poderoso mercader de telas y seda. Tenían una vida acomodada, la familia de Lisa, venida a menos, había pertenecido a la aristrocracia, y habían arreglado el matrimonio de su hija con Francesco, por una pequeña dote.

Lisa era la mayor de siete hermanos y su boda con Francesco suponía un respiro importante para la economía familiar. 
El tiempo que pasaba alejada de su esposo la había llevado a conocer a otro hombre, Lucca, un comerciante de la ciudad que vivía en uno de los palacetes junto al río. Lucca, bastante más joven que Francesco, la divertía y junto a él pasaban las horas riendo y disfrutando de su mutua compañía. Allí habían mantenido relaciones algunas tardes, con la aquiescencia de Apolonia, que iba con ella hasta allí y esperaba su salida en las cocinas del lugar, junto a los sirvientes de Lucca.

Como todos los días, tres veces por semana, a la misma hora, entró en el estudio del pintor, su vecino Del Piero, afamado artista que había vuelto a la ciudad, a quien su esposo había encargado un retrato suyo para festejar su aniversario. Sólo tenía veinticuatro años y ya habían tenido cinco hijos. Parecía que llevaran juntos toda una vida, no recordaba la vida sin él. No era feliz junto a Francesco, pero él viajaba durante mucho tiempo y eso le dejaba espacio para cuidar a sus hijos y, junto a Apolonia, recorrer los mercados de la ciudad en busca de mercaderías que adquirir y, de vez en cuando, visitar a Lucca. Procuraría que Francesco no se enterara, estaba segura de que su reacción sería violenta. Francesco no era malo con ella, pero prefería sus negocios a estar con su esposa, lo que ella, en el fondo, agradecía. En los últimos tiempos, no habían tenido relaciones íntimas. La edad de su marido jugaba en su favor.

Del Piero le pedía una sonrisa para el cuadro, como todos los días desde que estaba pintándolo, pero esta vez Lisa no era capaz de regalarle una completa. Sus labios finos, largos y curvados se estiraban en un esfuerzo por parecer feliz, desvelando una mueca triste. Su mirada denotaba tristeza y delataba su estado de ánimo. Sus ojos misteriosos escondían algo que sólo ella conocía. Durante el tiempo que llevaba acudiendo al estudio, en todo momento había manifestado su alegría, su felicidad o su diversión ante las historias que el pintor relataba para arrancarle la sonrisa.

El pintor intentaba por todos los medios distraer su atención para que cambiara el gesto y le devolviera una sonrisa abierta y franca, como la de las otras veces. Todos sus esfuerzos fueron en vano, Lisa no era capaz de reír. Apolonia, sentada en la esquina la miraba intentando tranquilizarla y transmitiéndole que estaba con ella. Sus brazos, apoyados sobre el regazo, uno sobre el otro, bien podrían reflejar un intento de protección hacia el ser que esperaba, pero esto no era conocido por el pintor todavía. 

Del Piero llevaba casi un año pintando el retrato, pero nunca lo daba por terminado. Quería que fuera su obra maestra y la belleza de Lisa le hacía continuar su trabajo con toda la fuerza del primer día. Estaba orgulloso de su obra, había empleado una técnica nueva que había aprendido en sus viajes fuera del país, y quería que, en el futuro, se le recordara por este trabajo. 

Al regresar a casa, Lisa dijo a Apolonia que no se marchara de su lado cuando Francesco volviera. Se lo contaría, pero quería que ella estuviera delante. En el fondo, le tenía miedo. Temblaba pensando en su reacción, no sabría si podría pensar que el niño fuera suyo, pero si dudaba no podría seguir casada con él. Ella bien sabía que Francesco no era el padre. La repudiaría, la echaría de la casa y tendría que irse a vivir con sus padres de nuevo y el resto de sus hermanos. Sus padres no podrían perdonárselo. Su vida, desde su matrimonio, había cambiado mucho, sus hermanos no carecían de lo necesario para seguir una vida normal, y ella cada vez que los visitaba comprobaba con alegría su buen estado.    

Francesco regresó muy tarde y Lisa ya estaba durmiendo. Se acostó a su lado sin pronunciar palabra. Decidió que esperaría algún tiempo para contárselo, era demasiado pronto y todavía no podía notarlo.  

Pensó en contárselo a Del Piero, buscando su sabio consejo. Él era un hombre un poco más joven que Francesco, con mucha experiencia de la vida, que había viajado mucho y seguramente podría ayudarla. Decidió ir al estudio, aunque no debería ir hasta el día siguiente. Saludó al pintor y se sentó en la butaca, en la galería abierta sobre los campos, con el ánimo de empezar a hablar. Del Piero comenzó a gastarle alguna broma para hacerla sonreír. Tras muchos intentos, Lisa esbozó mínimamente una sonrisa que no duró más que un instante, pero su recuerdo se haría eterno y permanecería a través de los tiempos, convirtiéndose en la sonrisa más enigmática y famosa de la historia.  

 

Publicado la semana 28. 09/07/2018
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