Semana
27
Soledad Pardo

Una canción para la Magdalena

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Relato
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Cada noche se desnudaba sin desvestir su alma. La costumbre, el tiempo que hacía desde que había salido de su país y sus compañeras que la cuidaban como a una hija, hacían que realizara su trabajo como un autómata, atenta a los deseos del cliente, sin pronunciar una sola palabra, renunciando a sus deseos más íntimos y deseando que el tiempo pasara lo más rápido que pudiera, para volver a su cama y dormir hasta el día siguiente.  Iba tachando en el calendario de la pared los días que llevaba en ese lugar, una antigua edificación de dos plantas, junto a la carretera, coronada por unas letras iluminadas de color fucsia, MARILYN NIGHT CLUB.
Hacía casi un año que había llegado a España, exactamente trescientos veintitrés días, huyendo de su país, esperando encontrar la tierra de la felicidad, el lugar donde todo se le facilitaría. No fue fácil, la gran ciudad le asustaba y durante unos días durmió en portales y pidiendo a los que por allí pasaban que le dieran algo de comida. Una mañana, caminando junto al paseo marítimo, se le acercó una mujer mayor, amable, cercana, parecía buena persona, le preguntó si tenía hambre y si quería trabajar. El trato exquisito y cariñoso que le brindó, el miedo que le producía no tener donde vivir y las palabras de la señora, hicieron que Adriana marchara con ella a su casa, en un lugar a cuarenta kilómetros, metido en la montaña. Allí, en las afueras del pueblo estaba lo que sería su hogar en el futuro. María inspiraba tranquilidad y seguridad y eso era lo que Adriana necesitaba.
Sus compañeras la recibieron muy efusivas, prodigándole todo tipo de cariños y haciéndole la llegada muy fácil, entre todas la cuidarían como a una hija. Era la más joven, sólo tenía veinte años. En la planta baja estaría su habitación, como las otras, que ella iba a compartir con Antonia, una mujer mayor, que había nacido en un pueblo de Burgos, a quien se le encomendó especialmente su protección y cuidado. 
Nadie la explicó cuál sería su trabajo. De repente, se metió en una rueda desconocida para ella, pero su rígida educación en un país como el suyo, su excesivo sentimiento de responsabilidad y el agradecimiento a María, hicieron que rápidamente comenzara a funcionar sin rechistar. Pasaba las tardes en la habitación, escuchando a Sabina, repitiendo sus letras que se aprendió de memoria. Pronto aprendió castellano, parecía que llevaba en España toda la vida. Algunas veces se equivocaba al hablar, utilizando palabras que hacían reír a sus compañeras. Sólo salía a desayunar, a comer o a cenar o, cuando se abría el local y venía algún cliente. Recordaba cada día a su familia, le angustiaba pensar qué sería de ellos. Gracias a Antonia consiguió hablar con su madre y su hermano. Ambos la expresaban que estaban bien y que la echaban de menos. Adriana les prometió que, en cuanto pudiera ahorrar algo de dinero, iría a buscarles para que vivieran con ella. No les contó la verdad, únicamente les dijo que había empezado a  trabajar en la casa de una señora muy rica que se portaba muy bien con ella.  No podía decir que fuera infeliz, tampoco que fuera lo contrario, pero estaba tranquila. Decidió que permanecería allí hasta que pudiera tener una vida independiente.    
Un día, tras el aviso del timbre de su habitación, salió al salón en donde comenzaban a trabajar. Allí, sentado, esperaba un hombre joven de muy buen aspecto, vestido con un traje gris, sumamente arrugado. Enseguida, se dirigieron a la habitación para empezar su tarea. Nada más entrar, él se sentó en la cama y la invitó a sentarse a su lado. Ella, ya una profesional, iba a empezar a desnudarse cuando él la espetó que no lo hiciera, que sólo quería charlar. Ander, que así se llamaba, la había visto en el pueblo, cuando bajaba a comprar la comida, acompañando a María. Desde ese día, tres tardes a la semana, Ander subía al Marilyn para ver a Adriana. Pagaba religiosamente la correspondiente tarifa, por una hora junto a ella. Ningún día consintió que ésta se desnudara, sólo se sentaban en la cama, ponían música y hablaban. Adriana le contó cosas sobre su familia, sobre su país, sobre sus ambiciones, lo que pretendía para su vida futura, sus deseos más íntimos. Ander nunca exigió nada, sólo escuchaba y la animaba a hacer lo posible por conseguirlo todo. Pronto comenzó a desvestir su alma, cada día un poquito más. Se sentía mal, no le parecía bien que Ander pagara por sólo hablar con ella. Así se lo decía cuando venía, le pedía que si no quería tener sexo con ella, que no volviera, que no podía consentir lo que estaba pasando. A pesar de ello, Ander volvía cada tarde. Adriana se sentía muy bien a su lado, no le parecía justo lo que estaba sucediendo, pero algo estaba naciendo en su interior. No sabía si eso era amor, pero cada día era más imprescindible en su vida la presencia de Ander. Sus charlas llenaban su vida. Se imaginaba casada con él, siendo madre de tres niños, viviendo feliz a su lado en una gran ciudad.  
Ya había ahorrado un poco de dinero. Vivir en el Marilyn no le costaba nada. María les proporcionaba la comida y el alojamiento y les daba una pequeña parte de lo que los clientes pagaban por ellas. Todavía no era suficiente para volver a su país a buscar a su familia. Esperaría un tiempo más. Había hablado a su madre sobre su amistad con Ander, le decía que en cuanto vinieran a España se lo presentaría, era una buenísima persona, unos años mayor que ella, que estaba trabajando en una gran empresa.   
De repente, un lunes dejó de venir, a la hora estipulada Ander no apareció. Ella, nerviosa, esperaba en su habitación el sonido del timbre de aviso. Pensó que probablemente pudiera estar enfermo. De todas formas, a la mañana siguiente bajaría con María a la compra y preguntaría por él en la tienda, seguramente le conocerían y le podrían contar qué pasaba. En el pueblo,  inquirió a la tendera pero ella parecía no conocerle, no pudo identificarle. Volvieron al Marilyn y esperó al día siguiente, seguramente entonces vendría. Pasaron las horas del miércoles, el timbre sonó en dos ocasiones, pero ninguna era por Ander. Su decepción era total, se sentía sumamente triste, no entendía que sucedía, ni siquiera tenía un teléfono suyo. Antonia, su compañera, intentaba consolarla, pero siempre, mucho más práctica y sabia que ella, haciéndole saber que no se fiara de los hombres. 
Algún tiempo después, Adriana recibió una carta acompañaba de un libro. En la portada, un nombre Ander Ormaechea, y un título Una canción para la Magdalena, con una silueta de mujer. En la primera página, una dedicatoria A Adriana, con mi eterno agradecimiento por sus charlas que me ayudaron a escribir este libro.
Tardaría en aprender a olvidarle diecinueve días y quinientas noches.     

 

Publicado la semana 27. 02/07/2018
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