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24
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Relato
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Lejos, demasiado lejos para llegar allí. Parecía un lugar que ni siquiera estuviera en los mapas. El mar a un lado y al otro, un paisaje cuasi lunar sin fin. Nunca había salido de allí. Sus padres, su hermana pequeña y los dos perros habían sido su única compañía durante más de sesenta años. Ahora todos habían muerto, sólo quedaba él.

Cultivaba hortalizas y verduras en la tierra que rodeaba la casa, a veces mataba algún conejo que, casualmente, pasaba por allí, otras intentaba pescar algo siguiendo los consejos de su padre durante tantos años. Había aprendido a hacer algo parecido al pan, moliendo los granos de trigo que recogía y confeccionando una especie de torta, que cocía en el horno. El pueblo más cercano estaba a unos diez kilómetros de allí, a donde no había vuelto desde bastante antes que falleciera su padre. Habían ido unas cuantas veces, en un antiguo motocarro que ya no funcionaba y que tenía abandonado en la puerta de casa, completamente lleno de maleza, pequeñas alimañas y suciedad.

 Ya no era feliz, sólo conservaba la tranquilidad pero, a veces, durante el sueño, algunos recuerdos se agolpaban en su cabeza y violentamente le despertaban. Empezó a tener miedo, un sentimiento desconocido hasta entonces, que no recordaba haber tenido antes. Le sorprendía la sensación que le producía. Le costaba cerrar los ojos y comenzó a dormir con la luz del único farol que había en la casa encendido. Una sensación de inquietud constante le atenazaba. 

Una mañana, después de levantarse salió al exterior. Un ruido ensordecedor le asustó. En el horizonte, dos enormes círculos de color rojo parecían aproximarse hacia él. Sin saber que hacer, una fuerza desconocido le hacía permanecer de pie en la puerta, sin moverse. De repente, el ruido cesó y las descomunales esferas se posaron sobre un acantilado cercano. La luz se apagó y en una de ellas se abrió una puerta. Dos hombrecillos con gigantescas cabezas salieron al exterior y se aproximaron a él. No podía articular palabra, no sabía por qué pero ya no sentía miedo. Las figuras se acercaron a la casa y le agarraron con lo que parecían sus manos. No pudo resistirse, parecía que una fuerza excepcional le obligaba a caminar con ellos. Le condujeron a una de las naves, en la que se abría una puerta en el lado derecho y le obligaron a subir por unas escaleras que conducían al interior. Numerosas puertas cerradas a lo largo de un iluminado pasillo parecían esconder tremendos secretos. Al fondo, un hueco del pasillo conducía a una enorme sala circular, algo parecido a un auditorio, a donde fue llevado por sus acompañantes. Dentro, sentados en las gradas, estaban varios hombres y mujeres. El techo del recinto era asimismo redondo y transparente, también de color rojo como los cristales exteriores. La altura era colosal, no sabría calcular en ese momento cuantos metros. El suelo estaba cubierto de mosaicos de brillantes colores, que se iluminaban a su paso. En los laterales, distintas escaleras conducían al nivel superior del auditorio. Asombrado, miró a los lados, hermosos murales de colores reflejaban algo que podría ser imágenes del fondo del mar. Ya no estaba asustado, el excelente trato de los seres le tranquilizó. Parecía que no querían hacerle daño y, además, la presencia de otros como él, le serenó aún más. No tenían mal aspecto, sus rostros reflejaban sosiego. Las criaturas le dejaron allí y salieron. Se dirigió a las gradas y subió varios escalones hasta encontrarse con los otros que allí estaban. Hola, ¿qué hacéis aquí? ¿Vivís cerca? ¿Cuándo os han traído?. Un hombre pequeño, vestido con un traje oscuro, tremendamente arrugado, le contestó llevamos más de una semana, yo vivía con mi familia en el centro del país. ¿Dónde estamos?. Al parecer, estamos viajando en esta nave.

No supo cuanto tiempo después entró en el auditorio una figura mucho más alta que los anteriores, vestido con una especie de túnica negra, de la que colgaban flecos dorados. Se dirigió a ellos en un idioma que ninguno entendía, todos se miraron asombrados preguntándose qué sucedería. Tras unos minutos, surgió del suelo algo parecido a una pantalla, en la que pudieron apreciar una vista de lo que semejaba una gran fábrica, compuesta por torres redondas, comunicadas unas con otras. A continuación, unas letras sobreimpresas parecían explicar de qué se trataba. Él no sabía leer ni escribir, pero el hombre del traje oscuro sí, por lo que le fue explicando lo que allí se decía. 
Las letras informaban que aquello era una fábrica de energía, en la que se cultivaba a los hombres para garantizar el alimento a los alienígenas, a partir de la fuerza del alma humana. A pesar de la terrible información, seguía sin tener miedo. Era como si algo hubiera determinado que ese era su fin. Un profundo sueño les obligó a tumbarse sobre los escalones. Algún tiempo más tarde, dos robots penetraron en la sala, haciendo sonar unos ruidos parecidos a alarmas. Despertaron y fueron obligados a bajar. Salieron al exterior y sintieron muchísimo frío. La temperatura extrema les hizo tiritar.

El lugar en el que habían bajado las esferas estaba rodeado de escarpadas montañas. Fueron conducidos hacia una construcción cercana, eran unas veinte personas, colocados en filas de a dos. El edificio era colosal, con varias plantas,  cada una iluminada con un color diferente. Dos puertas de metal rojo, labradas con extrañas figuras se abrieron y les dejaron pasar. El interior era una inmensa sala, a cuyos lados había una especie de cilindros transparentes, ocupados por otros hombres y mujeres cubiertos por un líquido transparente. A pesar del líquido, parecían estar vivos y ser capaces de respirar dentro de él. Cada uno de los cubos tenía unos números grabados, concretamente cuatro, por lo que podrían referirse a un año. En el medio del recinto, fueron separados por los robots en grupos. Al parecer, les clasificaban por alturas y pesos. Se quedó junto al hombrecillo del traje oscuro y a una mujer de cabello rojo, de su misma altura. La mujer comenzó a llorar y sus compañeros intentaron serenarla. No nos van a hacer nada, tranquila. Pronto volveremos a nuestras casas.

A pesar de su poca experiencia y empatía con los otros y de su falta de relación con el exterior, pronto se dio cuenta de lo que sucedía. Todos iban a ser utilizados para obtener energía para sus captores. No era un mal final para él, servir de alimento a otros le haría eterno.        

 

Publicado la semana 24. 11/06/2018
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