Semana
20
Soledad Pardo

‘Hermanos Pardo’, Ultramarinos finos y licores

Género
No ficción
Ranking
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‘Hermanos Pardo’, Ultramarinos finos y licores, ése era el nombre. La pequeña tienda había permanecido abierta durante los últimos cincuenta años. La fachada de azulejos blancos y verdes, los dos escaparates que anunciaban las ofertas, la entrada con el cajón redondo que exponía las sardinas arenques en un lado de la puerta, el suelo de baldosa hidráulica, de un color gastado por el tiempo, que ya no podía distinguirse, el mostrador de madera sobre el que estaba la cortadora de bacalao, la máquina registradora con la manivela en el lateral para poder abrir el cajón, la cortadora de fiambres, una máquina modernísima que contrastaba con el resto de las antiguas cosas que allí se veían. La cueva, tapada con unas trampillas de madera,  en cada una de las cuales había una anilla para poder tirar y abrirlas. La trastienda repleta de mercancía, desde la que, cada noche, sacaban lo necesario para reponer los estantes con las cosas que se vendían. 

Los hermanos eran muy conocidos en el barrio, eran famosas sus ofertas de navidad en el mes de julio, sus pequeños regalos comprando determinados productos que se vendían menos, la habilidad de uno de los hermanos para sumar las cuentas sin utilizar la calculadora, las charlas en la tienda mientras se compraba, especialmente con el mayor, el más amble y cercano….  La llegada de un supermercado alemán a la calle Áncora, junto al Paseo de las Delicias, había hecho que las ventas empezaran a bajar, de tal manera que los hermanos se plantearon cerrar. La ya avanzada edad, sobrepasada la jubilación, había hecho mella en sus fuerzas y la situación cada vez era más insostenible. No se habían retirado antes, porque la pensión que les quedaría era tan pequeña que no les permitiría vivir. La mujer y la hija del más pequeño les urgían a venderla cuanto antes. El miedo a los posibles atracos había entrado en sus vidas. Cada vez se oía más en la zona. Una tarde, poco antes del cierre, un hombre intentó atracarles con una pistola. Era un hombre de mediana edad, que les conminó a entregarle lo recaudado. El hermano mayor se escondió en la trastienda, mientras que el otro, con el cuchillo de partir jamón en la mano, ahuyentó al ladrón, que, afortunadamente, no le hizo frente. Unos días más tarde, paseando encontró al hombre en el suelo, pidiendo. Prudencio sacó unas monedas y se las entregó, con el agradecimiento interior por lo no sucedido.

Nada más ponerse el cartel de ‘Se vende’, en uno de los escaparates, un señor preguntó que cuánto. El mayor de los hermanos, Bernardo, erigido en jefe, fijó una cantidad y, un mes más tarde, la tienda ya estaba cerrada y convertida en otro ruinoso negocio. Las vecinas de toda la vida, que habitualmente compraban lo necesario en la tienda, cambiaron sus hábitos y, al mismo tiempo, movidas por la curiosidad por lo desconocido, comenzaron a comprar en el supermercado alemán. Era el primero que se veía en el barrio, hasta el momento sólo estaba la tienda y el mercado cercano. Nada era igual, nadie sabía lo que compraba, nadie les saludaba amablemente cuando entraban y las llamaba por su nombre, preguntando por su salud o la de su familia, pero pronto se fueron haciendo al nuevo sistema. Los precios no eran altos y la variedad de productos también les permitía comprar más cosas, casi por el mismo dinero. Enseguida, el barrio se vio invadido por otros muchos supermercados, las pequeñas tiendas de ultramarinos fueron desapareciendo paulatinamente, algunas en la calle General Lacy, otras en la calle Delicias, etc. La cercanía en el trato y la amabilidad de los tenderos nunca más volvió a darse, comprar ya no era un acto social, era una rutina necesaria e impersonal. 

El nuevo negocio fracasó y fue cambiando durante los años a otros que, igualmente, se arruinaron. Ya el barrio no es lo mismo. 

Publicado la semana 20. 14/05/2018
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