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Soledad Pardo

REGRESO

Era su primera noche. Sólo llevaba quince días en la residencia y hasta ahora sólo había tenido turno de mañana. Impresionaba estar de noche, sólo estaba ella en la planta, con treinta y cinco personas mayores a su cargo. La tarde estuvo nerviosa, pensando todo el rato qué sucedería, si se levantarían, si llamarían al timbre los que estaban mejor, etc. En la planta estaban mezclados, los que estaban bien físicamente, los que no lo estaban pero conservaban sus facultades mentales, los que tenían un deterioro cognitivo ligero y los que su deterioro tenía carácter severo. Durante el día no los tenía miedo, las compañeras siempre estaban con ella, cualquiera ayudaría si fuera necesario. Pero la noche, eso era otra cosa, tenía cierto recelo a lo que podría pasar. No obstante, si algo sucedía, ya le habían advertido que debería llamar a otra planta para que la compañera que estuviera allí pudiera echar una mano.

Durante todo el día, fue contándolo a todos, su familia, sus amigos, transmitiéndoles sus miedos, sólo para obtener su seguridad de que nada pasaría, de que los abuelos dormirían y ella sólo tendría que despertarles para cambiarles cuando fuera necesario.

A pesar de que su turno comenzaba a las diez, llegó a las nueve treinta, con el tiempo necesario para cambiarse y que sus compañeras le informaran de las posibles novedades que pudiera haber. Al parecer, todo estaba tranquilo y sólo tendría que hacer lo que el protocolo marcaba en las noches. Cuando se quedó sola, decidió encender todas las luces de los pasillos y comenzar su tarea, así se encontraría más segura. Todo iba bien, fue revisando las habitaciones y comenzando la tarea. Interrumpió unos minutos su trabajo para cenar y continuó enseguida con la rutina.

Cuando ya había revisado algo más de la mitad de las habitaciones de la planta, le pareció ver una figura de espaldas, que correspondía a un hombre, que se dirigía hacia una curva que hacía el pasillo, que finalizaba en una salita en la que estaba un ascensor. Aceleró el paso, interrogando en voz alta al desconocido para identificarle. Llegó a la salita y allí no había nadie, revisó todas y cada una de las habitaciones que había a partir de la misma y no encontró rastro alguno de la persona que había visto. También comprobó que el ascensor no se había movido de la planta. Volvió sobre sus pasos, mirando en todas las habitaciones y verificó que los abuelos estaban todos en sus camas. Regresó al hall y llamó a su compañera de la planta de abajo, contando lo sucedido, obteniendo sonrisas por su parte mientras le decía que probablemente habría visto un fantasma, que en sitios como ese normalmente había apariciones. Nadie creyó sus palabras, y temió que todos empezaran a vacilarla.

Ella, al día siguiente, volvió a trabajar en turno de noche. Su planilla de trabajo, como la de sus compañeros, preveía tres noches seguidas y luego dos días de descanso. Pasó la tarde nerviosa y se llegó a autoconvencer que había sido una visión, probablemente causada por la luz del pasillo y el cansancio por la falta de sueño o, a lo mejor, algún compañero había decidido gastarle una broma.

Por la noche, durante las primeras cuatro horas continuó haciendo su trabajo sin ningún contratiempo y llegó a olvidarse del suceso del día anterior. Sobre las dos y media, al salir de una habitación vio de lejos la figura que, ayudada por un bastón, entraba deprisa en una habitación del principio del pasillo, concretamente en la 516. No reconoció al extraño como uno de los residentes en su planta, era mucho más alto de los que allí estaban. Llamándole en voz alta, se dirigió corriendo a la habitación en la que había entrado, encendió la luz y vio que allí no había nadie, sólo estaba la abuela que residía en la misma, que dormía plácidamente. Era una abuelita muy tranquila, con una demencia cognitiva altamente severa, que le impedía relacionarse o realizar las mínimas tareas diarias sin ayuda. Con gran nerviosismo, entró en el baño para comprobar si allí estaba escondido, confirmando que tampoco estaba. Su corazón se desbocaba y dudó de si era esa la habitación en la que le había visto entrar, por lo que entró en todas las que había delante de ésta hasta el control. Desde éste, llamó a su compañera de nuevo y le contó lo sucedido. Al encontrarla tan excitada, subió a su planta a tranquilizarla, diciéndola que no lo contara a los demás para que no pensaran que estaba loca, ni a la supervisora para evitar que tomara represalias contra ella.

Llevaba tan poco tiempo en ese trabajo, que tenía miedo de que pudieran echarla, por lo que decidió no contarlo más, sólo lo hablaría con Elena, su compañera de la planta inferior, con la que tenía muy buen rollo y que siempre estaba dispuesta a ayudar.

Por la mañana durmió un poco, no sin sobresaltos, pero se levantó algo más tranquila. Era su última noche y ya no tendría más hasta el mes siguiente. Comenzó su jornada como de costumbre, dedicándose a su trabajo sin pensar en nada más. Esta vez ya eran las cinco de la mañana y no había visto nada, con lo que pensó que hoy ya no pasaría, que podría haber sido su imaginación, siempre tan calenturienta, y el miedo que tenía a lo desconocido. Casi a las seis, mientras hacía una ronda por el pasillo, vio una figura de un hombre alto, que salía de la misma habitación de la noche anterior. Esta vez le vio de frente, se apoyaba en un bastón, tenía barba, llevaba gafas y bastante pelo a pesar de su avanzada edad. Estaba a muy pocos metros de él y le fue posible mirarle bien. No le había visto nunca, de eso estaba segura, no era un residente, ni de su planta ni de ninguna de las otras. Inmediatamente se dirigió a él, quien volvió a entrar en la habitación. Aceleró el paso y entró detrás llamándole, encendió la luz y nada, allí tampoco estaba. Esta vez estaba absolutamente convencida de que había entrado. Volvió a mirar a la abuela que allí dormía, una vez más apaciblemente y perfectamente tapada. Su excitación nerviosa iba en aumento y una sensación casi de terror invadió su cuerpo. Salió corriendo hacia las escaleras y bajó a la planta cuarta en busca de Elena, para contárselo. Se abrazó a ella llorando, sin casi poder articular palabra. Elena intentó tranquilizarla, quitando importancia a lo sucedido. Mariana insistía una y otra vez que no se trataba de ningún residente, que ella ya los conocía a todos y que en cuanto ella le veía desaparecía.  Ambas subieron a la planta de arriba y revisaron juntas todas y cada una de las habitaciones, no encontrando a nadie fuera de sus camas.

Elena insistió en que allí se contaba que, como fallecían muchas personas, la energía de estos permanecía en el ambiente y que es posible que, en algún momento, estuvieran presentes vagabundeando por los pasillos, al haber sido su última residencia. Preguntó si podría reconocerle si volviera a verle y, ante la afirmación de Mariana, propuso ver las fichas de antiguos residentes, ya fallecidos. Mariana, absolutamente aterrorizada, accedió y las dos bajaron a la secretaría del centro, en donde estaban archivadas, aprovechando que todavía no estaba el personal administrativo. Las fichas tenían grapadas las fotografías de cada uno. Fueron pasando una a una y, de repente, cuando llevaban unas cincuenta fichas vistas, Mariana emitió un grito, reconociendo al extraño. Éste es, seguro, lleva la misma barba y las gafas. Elena, que llevaba diez años en la residencia, reconoció Es Luis, el marido de Benita, la de la 516. No le conoces, falleció el año pasado. La quería mucho, todas las noches no se metía en la cama hasta que no acostábamos a Benita, siempre quería taparla él.

Publicado la semana 18. 30/04/2018
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