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15
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Abro los ojos y no veo nada. ¿Cómo está todo tan oscuro?, ¿dónde está la luz?. No puedo moverme, estoy aprisionado, me estoy empezando a poner nervioso. No me responde mi cuerpo. Hola, ¿hay alguien?.  Nadie contesta. Repite varias veces las palabras. No se oye nada, un silencio sepulcral le asusta. El calor le está agobiando, parece que hay demasiada humedad, la ropa se le pega a la piel. Voy a tranquilizarme, seguramente en unos minutos vendrá alguien y me ayudará. Igual me duermo un rato y así se me pasará el tiempo más rápido. Respira hondo, relájate, se decía a sí mismo para hacer frente a sus nervios. ¿Qué ha sucedido?, me duele todo el cuerpo, en especial la cadera derecha, a ver si se me pasa.

Empieza a pensar en su familia, en sus hijos, dónde estarían. Vendrían más tarde de la universidad, seguro. Les contaría lo sucedido y seguro que ellos querrían llevarle al hospital, pensando que tendría algún problema físico. No le pasaba nada, sólo que se había puesto algo nervioso, igual estaba durmiendo y esto sólo era un sueño. No hay ningún problema, enseguida despertará y estará en su salón esperando a sus hijos.

La separación había sido tortuosa, los hijos se habían quedado con él, ya eran mayores y lo habían elegido. La tristeza infinita que le producía su fracaso no se había ido de su vida. Se había casado para ser feliz, no para sentirse desgraciado y tan solo. No entendía qué había pasado, ella parecía otra cosa, alguien que reunía las cosas que él buscaba en una pareja, pero  no había sido así. Pronto se dio cuenta de que no podría ser feliz a su lado y que lo mejor era separarse, pese a lo cual decidió tener dos hijos. Él era hijo único y siempre había envidiado a sus amigos tener un hermano.   

Tienes que despertarte, se está haciendo tarde. ¡Qué horrible calor!. No puedo mover los brazos, estoy atrapado, hay algo que me los sujeta. Unos latidos acelerados martillean sus oídos. Nunca los ha sentido con tanta fuerza. El miedo le paraliza aún más, un sudor cada vez más frío le moja el cuerpo. Recuerdos de su infancia acuden a su mente, piensa en sus padres, en lo feliz que fue cuando vivían en la calle Bravo Murillo, en los juegos con sus amigos en el patio de la casa….., todos ellos enmarañados con otros de la tarde anterior cuando fue con uno de sus hijos al cine, salpicados con una sensación de angustia cada vez más profunda. La oscuridad nunca le ha gustado, incluso desde niño le producía miedo. No abre los ojos para evitar pensar en ella, era mejor imaginar que está dormido, en su cama.

Siente frío, parece que sólo le cubre una sábana. La ansiedad y desesperación le impiden respirar con normalidad, sensaciones cada vez más difíciles de controlar. Empieza a pensar que, por alguna circunstancia, no hay en la habitación suficiente oxígeno para respirar. Cada vez tiene una sensación mayor de falta de aire. Se siente tremendamente aturdido, su cuerpo comienza a temblar sin control. Las náuseas le revuelven y una bocanada de algo amargo sube a su garganta, produciéndole una tos que casi le ahoga. El vómito le moja el cuello y el pecho.

¡Qué raro, huele a tierra mojada!. Habrá llovido, estará la ventana abierta.  La respiración entrecortada, cada vez más lenta. Hace un esfuerzo y consigue elevar un brazo, choca contra algo duro, ¿Qué hay aquí?. ¿Qué es esto?. Desesperado, lo toca, parece madera, empieza a gritar, pide auxilio con un chillido desgarrador, jadea, llora, ya no tiene lágrimas. El terror atenaza su garganta cada vez más y le impide proferir ningún otro sonido.  Golpea contra lo que tiene encima, araña violentamente, se hace daño, le duelen enormemente los dedos, quizás se ha roto el meñique. Las manos mojadas con un líquido caliente, puede ser sangre. Cada vez se encuentra más somnoliento, las fuerzas le fallan, el latido que siente en sus oídos se vuelve cada vez más lento, deja de arañar y golpear, no tiene aliento.

Se da cuenta de que tendría la más cruel de las muertes, una asfixia lenta en la más terrible soledad. Está en un ataúd.

 

Publicado la semana 15. 09/04/2018
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