Semana
14
Soledad Pardo

31 DE DICIEMBRE

Género
Relato
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El viejo hotel estaba mal iluminado, el cartel que lo anunciaba estaba apagado y faltaba una de las letras. Estaba en una de las calles del centro, una pequeña calle peatonal, sin salida, acabada en un muro alto que no dejaba ver el otro lado. Lo había encontrado en un periódico gratuito, de esos que reparten en el metro. Eran las siete de la tarde y alrededor únicamente se veían jóvenes riendo y bebiendo, celebrando la próxima llegada del nuevo año. El ruido de los petardos molestaba sus oídos. No soportaba ver la alegría de los otros.

La puerta de doble hoja estaba abierta. Miró hacia el interior y se decidió a entrar La desgastada y sucia moqueta de la entrada parecía estar poblada de multitud de pequeños insectos. Un pequeño mostrador a la derecha, mal iluminado por una bombilla dentro de una lámpara de papel raído. Se paró junto a él, esperando que alguien saliera a atenderla. Tras unos minutos, una señora mayor salió y la llamó por su nombre. Ella, sorprendida, preguntó porqué lo sabía, a lo que la mujer respondió que era la única cliente que tendrían esa noche, con una especial sonrisa que le transmitió tranquilidad.

Ya hacía mucho tiempo que lo había pensado, que había tomado esa decisión. Tenía que ser ese día, un 31 de diciembre, una jornada feliz para muchos, pero un día triste para ella. No pasaría más Nocheviejas en soledad, ésta sería la última. Había reservado la habitación por teléfono, sin tener en cuenta nada más que su determinación, había comprado dos cajas de pastillas y una botella de vodka. Su vida no había sido buena, sus padres, según le contaron, la habían abandonado cuando era muy pequeña y había tenido que vivir en un centro de menores, acompañada de otros como ella, con los que nunca tuvo ninguna empatía. Enfrentarse a la realidad, una vez cumplidos los dieciocho años no fue mejor, tuvo varios empleos, normalmente muy precarios y que sólo le proporcionaban lo mínimo para llevar una subsistencia llena de calamidades y privaciones. No recordaba a sus padres, sólo lo que ella imaginaba en su cabeza y, a pesar de su marcha, algunas veces los había idealizado. Nunca se había sentido querida, nadie quería ser su amigo, todos la despreciaban. Sólo tenía treinta y dos años, pero todas sus Nocheviejas habían sido tremendamente tristes, sola, en la habitación de la pensión en la que vivía, con la radio puesta hasta que iban a dar las doce, que entonces apagaba. La dueña de la pensión era una señora bastante desagradable,  que amenazaba constantemente con echarla si se retrasaba en el pago de la mensualidad. No la tenía ningún cariño.

Su mayor ilusión era tener un trabajo digno, relacionarse con la gente, estudiar, saber idiomas, pero no pudo. Fantaseaba a menudo con ello, imaginaba en sus noches de soledad que era una gran mujer, guapa, elegante, con mucho dinero y rodeada de gente que la quería. La cruda realidad al día siguiente la desbordaba.

Tras entregarle las llaves, le indicó donde estaba el ascensor, advirtiéndole que la habitación estaba en la cuarta planta. La puerta enrejada estaba semiabierta y no dejaba entrever el interior. Entró en el habitáculo, al fondo del cual había un banco corrido de un estropeado terciopelo rojo, poblado de agujeros deshilachados, sobresaltándose por la presencia de un ascensorista, un hombre de avanzada edad, ya más que jubilado, vestido con un antiquísimo uniforme descolorido, que le quedaba bastante grande y que parecía estar pegado a él como si fuera una segunda piel . Buenas noches señora, saludó, feliz año nuevo. Ella sonrió forzadamente y entró cerrando tras de sí la reja que cerraba el ascensor.

Con suma calma, el hombre cerró la puerta y se volvió hacia ella, preguntando por la planta a la que iba. La cuarta, por favor. El hombre se volvió y apretó el botón que marcaba la misma. El antiguo ascensor hizo un brusco movimiento de arrancada e inició la subida muy despacio. De repente, cuando habían pasado el primer piso, el ascensor se paró y la luz se apagó. Ella, sobresaltada, tuvo miedo. Habrá que llamar a que vengan a abrirnos, pulse el timbre de emergencia. El hombre dijo que no había ningún timbre, que eso pasaba a menudo, que el ascensor se calentaba  y que cuando pasaba un rato y se enfriaba volvía a funcionar. Deje la bolsa en el suelo, señora, siéntese un poco hasta que arranque.  

¿De dónde es usted?, ¿cómo es que está sola, una noche como hoy? ¿Saldrá a cenar?. Ella no tenía ganas de hablar, no quería contestar pero la amabilidad del desconocido la empujó a contestar. Mi familia está lejos, he venido de fuera y mañana temprano volveré a mi casa. El hombre continuó preguntando, a lo que ella respondía con monosílabos. La espera se le estaba haciendo eterna, ¿cómo sabemos cuando funcionará el ascensor?. No se preocupe, será enseguida.  El hombre, con amabilidad, intentaba conversar, sacando temas constantemente. Ella, cada vez más nerviosa, no sabía qué hacer, preguntándole de nuevo en distintas ocasiones qué cuando se arreglaría el ascensor.

Mi mujer y yo no tenemos hijos, mi mujer no pudo, tuvimos una niña que murió en el parto y ya no pudimos tener más. Nos ha faltado eso para ser felices. Llevamos muchos años en este hotel. Ahora ya no viene nadie, pero hubo un tiempo en el que este era un buen lugar.

Pasaba el tiempo y el ascensor no se movía, pero algo en su interior se estaba removiendo. La conversación cada vez era más agradable, empezó a sentirse querida y un sentimiento de protección hacia el hombre surgió de dentro. Ambos, sentados en el banco, apoyados cada uno en un lado de la pared del ascensor, seguían hablando, cada vez más cómodos. Ella se atrevía a contarle cosas, incluso a preguntar detalles sobre su vida, sobre esa niña que nació muerta, sobre si la vieron, sobre lo sucedido…. Pronto, en su cabeza, empezó a imaginar una película, ellos podían ser sus padres. Ellos siempre habían estado allí, tan cerca, y ella había estado tan sola.

No la habían abandonado, se dio cuenta enseguida. Ellos eran sus padres, nunca la buscaron porque pensaron que había muerto, no podía culpabilizarles. Un periódico doblado en el banco de terciopelo decía “Ha fallecido Sor María, la monja que vendió los niños robados en el hospital  Nuestra Señora de Fátima de Madrid”.    

Publicado la semana 14. 02/04/2018
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