Semana
11
Soledad Pardo

UN POBRE HOMBRE

Género
Relato
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¿Dónde estoy?..... Todo le es extraño, la luz no le deja distinguir los contornos del cúmulo de objetos que se encuentran en la habitación. No reconoce nada. Un calor sofocante comienza a invadirle. Necesita abrir una ventana. No puede respirar. Por fin, una gélida bocanada de aire le da en el rostro, haciéndole sentir mejor. Todo se vuelve oscuro. Comienza a sonar una música que le resulta conocida. ¿Dónde la ha oído antes?...... Es una especie de canto, en un idioma desconocido y con una musicalidad diferente. Una hercúlea fuerza le tira al suelo y una enérgica voz de mando le ordena no levantarse. De nuevo, vuelve la luz. Es tan brillante que le impide ver nada. No puede mantener los ojos abiertos. Con la mano sobre los ojos, puede distinguir, en la lejanía, una figura delgada y blanca que le hace gestos con la mano, y llama su atención. ¡Ven, ya has llegado!. Este es el fin del camino. Llegas tarde, todos estamos esperándote. Tu madre está aquí……

La tarde anterior había decidido vivir. El acontecer diario se le hacía insoportable. No tenía ilusiones, no había razones por las que luchar, pero había concluido que él no era nadie para disponer del regalo envenenado que había sido su existencia. Pensó que, en algún lugar, habría un motivo que le condujera a continuar y había decidido buscarlo. No sabía por donde empezar, pero seguro que se le ocurriría.

La soledad seguía invadiendo sus pensamientos y todo su existir. ¡Qué pronto había pasado todo!. ¿Cómo era posible que estuviera allí?. Cuando le llevaron a la residencia tuvo miedo. No sabía como iba a enfrentarse a aquello. Todo era nuevo para él, pero, al menos, estaría acompañado. Los últimos sesenta y dos años los había pasado en la casa de sus padres, apenas sin salir a la calle, sólo lo necesario para acompañar a su madre a realizar algunas compras o gestiones. Era hijo único. Se sentía feliz, seguro, tranquilo y nunca pensaba en lo que, en algún momento, por la ley de la vida debería suceder. Les había dedicado su vida, consciente en muchas ocasiones de lo que podría dejar fuera, pero no sabía por qué, una sensación superior hacía que se enfrentara a ello como a un deber inexcusable y compulsivo. No podía hacer otra cosa.

Su madre le quería, siempre le había tratado como a un niño, pero a él no le importaba. Quería seguir siendo un niño y no alcanzaba a comprender que la inexorabilidad de los años no perdona a nadie, ni siquiera  a aquellos a los que tanto queremos. Los años no le habían hecho crecer, sólo habían hecho mella en su salud y en sus ganas de vivir. ¿Le hubiera gustado tener otro tipo de vida?, hacer lo que hacían los otros, tener una pareja, casarse, unos hijos…… No lo sabía, pero lo que sí tenía claro era que no habría nada en el mundo que le separara de su madre. A veces, cuando salía con ella a comprar había tenido que soportar comentarios de vecinas respecto de su soltería, animándole a conocer chicas de su edad que vivían en los alrededores de su casa. Su enfermiza timidez hacía que no respondiera a las insinuaciones y que se refugiara en la seguridad de su madre, quien siempre sabía contestar. Sólo un ligero rubor en sus mejillas anunciaba la incomodidad que le producían.

Los últimos años había sido un hombre débil, enfermo, asustadizo, solitario, incomunicado, obsesionado con las enfermedades. Su alma escondía una soledad sin límites, no creía necesitar a nadie que no fuera su madre para compartir su intimidad. Su relación con el padre era otra historia. Le quería, le tenía miedo por su irascible carácter y le soportaba. De todas formas, no era malo con su madre y eso era suficiente.

No recordaba como era su vida cuando no sentía miedo. Sólo era capaz de llevar su existencia la mayor parte del tiempo dormitando o tumbado sobre su cama, mientras oía de fondo los ruidos provocados por su madre al hacer los quehaceres de la casa cada día, sonidos que le producían tranquilidad y que le hacían recuperar el sueño, a ratos, perdido. Conocía todos y cada uno de los sones del transcurrir del día y, en cada momento, podía adivinar la hora sólo oyendo a su madre trajinar.

No había trabajado nunca. Había ido al colegio cuando era pequeño, sin ilusión, sin ganas de relacionarse con los otros niños. Era tan tímido y retraído que le resultaba imposible la convivencia, por lo cual la profesora llamó a los padres para indicarles la existencia de una posible enfermedad psicológica, a lo que ellos reaccionaron sacándole del colegio al cumplir los doce años.

Sus padres tenían un pequeño negocio familiar que les proporcionaba lo suficiente para vivir. Por las tardes, cuando cerraban la tienda, bajaba con su madre para ayudarla a barrer y a fregar, para prepararla para el día siguiente.

La casa en la que vivían era pequeña, muy humilde, rodeada siempre de una atmósfera agobiante provocada por las estufas de butano que había en las habitaciones y que mantenían todo el día encendidas para paliar, en lo posible, los efectos de las bajas temperaturas en la vivienda. Los innumerables muebles y cacharros amontonados sin ningún orden, los olores a comida, falta de limpieza y dejadez poblaban su ambiente diario.

Cuando llegó a la residencia, aconsejado y, en cierto modo, obligado por la asistente social de la zona en la que vivían, después del infarto tras la muerte de su madre, ya que no tenía ninguna familia que pudiera cuidarle, sintió el vacío más tremendo. Su espíritu se llenó de amargura, miedo y dolor. Los días comenzaron a transcurrir de manera monótona e impersonal. La desesperación y la depresión le hacían creer que no tenía ninguna salida. No quería seguir viviendo así, porque no quería sufrir más. Echaba tanto de menos a su madre que no era capaz de continuar sin ella. No hablaba con nadie. Se limitaba a sentarse en el jardín, junto a la pared y a dejar transcurrir los días del verano, sólo entrando en las zonas comunes para realizar las comidas.

    Había dormido a intervalos, como siempre, sobresaltado ante cualquier mínimo ruido. En aquella mañana, los buenos propósitos de la tarde se acabaron rápido. Había decidido quitarse la vida. Después de comer, había subido a la azotea en una tarde de un sol espléndido. Era el mes de julio y el color del verano invadía todo el jardín. No parecía el momento más adecuado, pero tenía que terminar. La tristeza y el horror que le producían seguir viviendo podían con su falta de valor para casi todo. Había superado su miedo y por fin se sentía un hombre valiente y poderoso. Por primera vez, había tomado una decisión. No tuvo tiempo de pararse a pensárselo, abrió la puerta de la terraza y subiéndose a una silla se lanzó al vacío. Tras unas interminables décimas de segundo, su cabeza se estrelló contra el asfalto y una enorme sensación de tranquilidad invadió su alma.

“Conviene reír sin esperar a ser dichoso, no sea que nos sorprenda la muerte sin haber reído”. Jean de la Bruyere

Publicado la semana 11. 12/03/2018
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