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Soledad Pardo

Nadie

Nadie me mira, aparentemente paso desapercibido, todos van a lo suyo, demasiado rápido para mí. Parece que no me oyen, les hablo, también les grito y nadie me contesta, sus caras no reflejan sorpresa, ni emoción alguna, no se paran a pesar de que les pido ayuda. ¿Qué ha sucedido?. Ayer me conocían, eran amables y contaban conmigo para la mayoría de las cosas que se realizaban en común. No puedo explicármelo, no les he hecho nada, siempre he sido leal y fiel con todos. No podría hablar mal de ellos, no he traicionado a nadie nunca, ni me he sentido engañado por ninguno de mis compañeros, he sido feliz estando a su lado. Entonces, ¿por qué no me hablan?, ¿por qué no responden a mis preguntas?. Parecen algo tristes, sus rostros denotan preocupación, no se paran entre ellos para charlar, para comentar los resultados de los partidos de fútbol del fin de semana, no sé que les pasa. Insisto una vez más y nada, algo ocurre. Igual me quieren gastar una broma. Enseguida alguno de ellos se reirá y me contarán que estaban fingiendo que no me veían para asustarme. Veo en un calendario de una de las mesas la fecha, 8 de enero. No sé que hora será, pero deduzco que ya será tarde, los compañeros empiezan a recoger y a marcharse a sus casas.

Voy a salir a la calle, quizás encuentre a alguien que me conozca y pueda decirme algo. Salgo a la escalera y bajo los tres pisos, en la puerta de la oficina veo al vigilante, Ramón, a quien saludo afectuosamente. Tampoco parece que me oiga, no me mira. Él siempre ha sido muy afectuoso conmigo, incluso de vez en cuando tomábamos café juntos, intento tocarle un brazo pero no sé por qué no me es posible. Me encuentro bien, mi cuerpo responde al movimiento y a las órdenes de mi cerebro, pero parece que no puedo sentir el contacto físico. Lo intento con las paredes, pero lo mismo, es como si tocara el aire.

Estoy empezando a ponerme nervioso, tengo mucho calor y estamos en invierno. Estoy sudando, mi ropa se pega a mi cuerpo como si fuera el  mes de agosto. Igual estoy poniéndome enfermo. Mi cabeza no deja de dar vueltas. Llevo el traje de mi boda, no recuerdo habérmelo puesto, me queda un poco estrecho y me incomoda. La calle se llena de gente que viene y va, parece que no tienen rumbo fijo, entran y salen de portales, suben y bajan de autobuses, se cruzan unos con otros, parecen hormigas moviéndose de un lado a otro. Hace algún tiempo leí una noticia, en la que se hablaba de un joven que regalaba conversaciones en plena calle, que había colocado dos sillas en una calle de Barcelona y se disponía a charlar con quien quisiera hablar con él. No sé por qué pero me viene ese recuerdo, la imagen del chico con un cartel en el que decía CONVERSACIONES GRATUITAS. Ojalá le encontrara, él seguro que sí me hablaría.

No sé para dónde tirar. Intento de nuevo con dos o tres personas, les pregunto la hora pero no me responden, ni siquiera parece que me ven. Mi corazón se dispara, estoy muy angustiado. Meto las manos en los bolsillos y no tengo dinero para poder tomar un autobús a mi casa, igual he perdido la cartera, tendré que ir andando, no está demasiado lejos pero, por lo menos, tengo media hora hasta allí. Es lo mejor que puedo hacer, estarán mi mujer y mis dos hijos y ellos me lo explicarán todo. Me vienen recuerdos de una luz brillante parpadeante y mucho ruido, voces que gritan no sé que. No los identifico con nada que haya sucedido.

Comienzo a andar, empieza a llover, así que acelero el paso, veo en un termómetro de una farmacia que hay solo dos grados, pero yo sigo teniendo calor, la gente corre abriendo los paraguas, yo no tengo pero extrañamente no me mojo. Ha anochecido totalmente, las calles están invadidas de tráfico, coches pitando a otros para obligarles a andar, cada vez menos gente en las  aceras. Un perro se me acerca y parece que me huele, empieza a ladrar. Su dueña tira de la correa y le regaña. Me vuelvo y continúo mi paso, el perro se gira como mirándome y sin dejar de ladrar. Sigo caminando y me acerco a la cuesta que conduce a mi casa. No me cuesta nada subirla, qué extraño, siempre me fatigo cuando la subo andando. Continúo sudando, hace un rato que paró la lluvia y ahora parece que empieza a nevar, pero sigo sin tener frío.

Mi portal es el último de la calle, en el lado derecho, la verja de alrededor está cerrada, no tengo llaves, llamo a mi casa para que mi mujer me abra, pero nadie contesta. ¡Qué raro, alguien tiene que haber a  estas horas!. No pueden haber salido a ningún sitio tan tarde. Un coche para en la puerta y, tras unos minutos, salen del mismo mi mujer y mis dos hijos. Por fin, que alegría ya están aquí, ahora me contarán. Voy hacia ellos, contento, riéndome, me pongo delante y ellos continúan su camino, sin verme. Me doy cuenta de que mi mujer y mi hijo mayor tienen los ojos llorosos. ¿Qué os pasa?, pregunto. Nada, de nuevo no me contestan, es como si no me oyeran ni me vieran. Intento tocar el brazo de mi mujer, pero no siento ningún contacto, es una sensación extraña, como si una corriente de aire chocara contra mi mano. Hablo, grito, mientras ellos abren el portal, estoy aterrado, ¿cómo no pueden verme?, ¿qué les ha pasado?. Golpeo la puerta y entro en la casa, junto a los buzones una nota avisaba del fallecimiento de un vecino esa misma mañana, citando a quienes quisieran acudir a su entierro al día siguiente.

Publicado la semana 108. 20/01/2020
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