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01
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La luz de la habitación se enciende y una risueña muchacha vestida de azul se dirige a ella anunciando el nuevo día. Comienza la mañana y retorna a la fea realidad del lugar, a mirar a los otros, cuerpos retorcidos y agarrados a la vida como viejos árboles de incomprensibles raíces, hacinados en salones anclados a las tristes sillas de la espera. ¡Qué raro, todos conocen su nombre y ella no sabe quiénes son!. Alguien dice que, enseguida, vendrá la hija, como cada día. Ella piensa que, probablemente, la confunden con otra, porque ella no tiene hijas, todavía….

Ya en la sala, tras el desayuno, una amable desconocida se dirige a ella con palabras de cariño, acariciándola con delicadeza. La recoge y empujando su silla se dirigen a la cafetería. Algunos la conocen, ella no. No importa, parece agradable y vale la pena salir de allí. Ella calla, balbucea palabras inconexas, soporta estoicamente a esta simpática extraña y deja pasar las horas, hasta que vuelve a regresar a la cama. A pesar del afecto que percibe, ella no recuerda conocerla. La desconocida habla sin parar, sus palabras conforman una música agradable a sus oídos y la tranquilizan.   

Los días transcurren largos, sólo esperando la visita diaria sin saberlo, pero el trato que le dispensan las cuidadoras realmente es magnífico. Todos la quieren. Su carácter risueño y amable, que a pesar de la enfermedad todavía conservaba, sus simpáticas ocurrencias, habían hecho que Amparo fuera una persona muy especial dentro de la residencia. Una y otra vez, los trabajadores referían las anécdotas surgidas en su trato, sus contestaciones absurdas, su sentido del humor que tanta gracia les hacía, su gesto siempre dulce y reposado, sin dar más trabajo que el que demandaban los cuidados necesarios para su vida…

Alguien, interesándose a la desconocida por su salud, pronuncia en tono interrogativo un exótico nombre, como alemán, de algo parecido a una enfermedad. La hija, sonriendo, agradece su interés y continúa su camino. Por fortuna, en cuanto acaba la conversación y prosigue su marcha, ella, como casi todo, lo olvida. El movimiento de la silla la adormece, la arrulla, la hace sentirse feliz y tranquila, por lo que empieza a dormirse.

Un día más, los pasos resuenan en el corredor que da a las habitaciones. La 516 tiene la puerta abierta. El ruido la despierta y en su cabeza se suceden las imágenes, el puente de ventas, el colegio del auxilio social, la calle de bravo murillo, la calle áncora, la glorieta de atocha y ahora, la nada….. ¡Qué raro es este sitio!. ¿Cuándo he llegado?. Anoche me acosté en mi cama, ¿Quién me ha traído aquí?.  La hija entra en la habitación y saluda afectuosamente. ¡Enseguida te levantarán de la siesta!. No entiende que es todo aquello.

Las camas todas blancas. Los salones con otras personas atadas a las sillas del tiempo. Los comedores, llenos de enfermos que no alcanzan a coger la cuchara. Todo había sido un sueño ¿Donde estarían los suyos?. ¿Qué hacía ella allí?. ¿Dónde estaba su madre?..... De todas formas, esta desconocida que entraba en su habitación parecía simpática. Se iría con ella, a lo mejor le llevaba a su casa.

La voz de la hija repetía palabras de cariño, mientras se dirigían a los ascensores. Ya no había recuerdos, sólo estaba el ahora, la nada, una vez más lo de todas las tardes, salir de la habitación, pasear, sentarse a beber un zumo en la cafetería….. Siempre a la misma hora, a las cinco de la tarde. Ella, en esos momentos, decidía callar. ¿Qué había sucedido en su cabeza?. Parecía que la desconocida la quería, que la conocía de antes, la hablaba con afecto, la acariciaba con delicadeza, pero ella no recordaba conocerla, era una persona agradable, con quien seguramente le gustaría estar. La llamaba por su nombre, muchos preguntaban la razón y ella sólo respondía que la costumbre. Nunca la había llamado mamá. Sólo le quedaban los sueños, la realidad a su alrededor no parecía que fuera muy gratificante, y ella, la mayoría de las veces, excesivamente cansada, prefería dormirse.

Su presente no era lo que ella recordaba, en su mente siempre llamaba a su hermana, Teresa, unos años mayor que Amparo, a la que adoraba. Eran dos hijas, en una familia muy humilde. Desde muy jóvenes, ambas habían trabajado, una en la limpieza y la otra en un colegio de niñas con problemas, como cuidadora. Teresa se casaría pronto, y Amparo tendría que pedirle un vestido a Clarita, su amiga, para ir a la boda. Faltaban pocos días y tendría que probárselo, porque Clarita era un poco más alta. Aunque no habría celebración, todos se juntarían en el patio de la casa y merendarían para festejarla. Habían arreglado el piso de al lado, el de la tía Eloísa, para que viviera la hermana y así no tuvieran que irse de la casa. Ella no se casaría nunca, quería seguir viviendo junto a su madre y su hermana.

Ya era tarde, no llegaban ninguna de las dos, probablemente se habrían entretenido en el mercado de Las Ventas o charlando con alguna vecina. Se dormiría y cuando ellas llegaran la despertarían, seguramente contándole alguna de las anécdotas que les habrían sucedido mientras compraban.

Soñaba con un príncipe azul, a lo mejor llegaba en algún momento, sería guapo, moreno y alto, se casarían y vivirían juntos al lado de su familia. Pero todavía era pronto, no tenía prisa. Hasta ahora, sólo se relacionaba con los chicos con los que jugaba en el arroyo, el poco tiempo que tenía después de ayudar a su madre a hacer las tareas de la casa. Como su hermana era un poco más mayor y, además, era tan guapa, en ella era en la que todos los chicos se fijaban antes, pero no importaba nada, la quería tanto….     

Otro día nuevo. La amable desconocida vuelve a dirigirse hacia ella. Amparo tenía un poco de prisa, había quedado con Clarita en ir a su casa a probarse el vestido, pero como la hija insistía tanto, decidió salir una vez más con ella. Iría más tarde y a lo mejor esta desconocida la acompañaba. Sus piernas no le respondían y la extraña sabía muy bien como empujar la silla sin que ello perturbara su estado. Se sentía joven, era casi una niña.

¡Cuántas veces había visto a los ancianos del barrio perder la cabeza!. Tantas como veces había dicho Yo, sobre todo, lo que quiero es no perder mis facultades mentales. El azar, la casualidad, la vida en sí, le había enviado este regalo. Todos los que la conocieron guardaron un gran recuerdo de ella y los que la trataron,, ya en la residencia disfrutaron muchos años de su presencia.

Nunca te olvidaremos, Amparo!.    

 

  

Publicado la semana 1. 22/05/2018
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