Semana
09
Sofí Rubí

Dicharachera

Género
Relato
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En una ocasión me encontraba en una casa ajena, había sido de una señora mayor que al fallecer se la había dejado a su nieto, quien ahora vivía en ella. De esta forma, la decoración antigua de la señora se mezclaba con la nueva de su nieto, de forma que se combinaban la decadencia por falta de cuidado con las nuevas incorporaciones como pósters o palés que el nuevo inquilino parecía introducir en un vago intento de demostrar que él también tenía sitio allí. En aquella ocasión había una fiesta, y en la fiesta estaba yo. Había visto nada más entrar en el salón un sillón amarillo con puntos negros, un sillón vacío porque parecía incómodo y no daba lugar a muchas posturas, de forma que no era lo mejor para la interactuación social. Me senté en él, en el sillón de la abuela. Al rato la música cambió y vi que todos a mi alrededor se estaban metiendo algo, de pronto a todos se les cerraban los ojos, se les abrían los labios, se les cerraba la mente y se les abría el esfínter. Yo, por aquello de querer ser parte o por querer fingir que quería serlo, también me dejé resbalar por el sofá hasta casi llegar al suelo, como si me hubiese metido también algo. Cuando abrí los ojos vi a un chico a tres metros de mí con los pantalones por las rodillas y su pene flácido en la mano, al cual miraba como en las películas los soldados miran a sus mejores amigos morir en sus brazos. Más allá del chico del pene flácido había un cuadro en el que un rostro me miraba, era algo moderno, una figura pintada sobre un lienzo que previamente había sido atacado con arrebatos de pintura a lo Andy Warhol. Me miraba el cuadro, el cuadro del nieto. Al chico del pene flácido otro chico le cogió de la mano y lo guió hasta el baño, en una solución que no se me habría ocurrido y que me pareció fantástica, del tipo si no puedes con tu enemigo únete a él, si no puedes usar el pene, usa el culo. Tardé un rato en darme cuenta de que el cuadro me miraba porque yo era un cuadro a su vez, un cuadro, una escultura o una tabla de skate, algo introducido por el chico de la casa para no verla tan grande, tan rencorosa y tan poco hogar. Aquellos jóvenes, a su vez, se metían lo que fuera siguiendo el mismo proceso, aunque sus no-hogares fuesen interiores, y yo, a mi vez, les miraba, les criticaba y jugaba con las cosas exactamente por lo mismo. Solo hay que aceptarse, aceptar a las cosas y aprender a vivir como lo hace un ciego, porque a esta altura de la calle hay un socavón y tengo que aprender a esquivarlo. Pero aquí entra el problema de llevar las cosas a la práctica, cuando te paras a pensar en quién eres y en quién eres porque te hayan influenciado a serlo, entonces, no sabiendo cómo solucionar este problema, quedé con el dueño de la casa en comprarle todos los muebles de su abuela. Él sería más libre y yo aprendería a aceptarme como lo que soy, una anciana no del todo amable que le deja la casa en herencia al nieto para que se pueda independizar y porque su madre seguro que la vende o la divide en cinco partes y le da por alquilarla.

Publicado la semana 9. 04/03/2018
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