Semana
08
Sofí Rubí

Virgen del robo

Género
No ficción
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Me acaban de robar hace como una hora. Lo peor, y esto es verdad, es que poco antes de que pasara andaba pensando en qué podía escribir en esta ocasión. Pensaba en escribir sobre una niña mágica o escribir sobre mí y disimularlo con una niña mágica, pero al salir de ver a un amigo actuar y perderme en la periferia, me han robado. Y no sé, no he ido a la policía ni siento que me tiemblen las manos, pero tengo una sensación extraña, como nueva, como la niña que toma un refresco con cafeína por primera vez o la misma que apenas unos años después prueba el alcohol. Fue como siempre me pintaron y no creía posible: un parque solo y oscuro. Se me acerca un chico de aspecto normal, me dice algo que no entiendo y de pronto veo una navaja entre los dos, pero sin actitud, como si me estuviese diciendo que se me había caído. Prometo que lo primero que pensé fue que aquello era absurdo, no sé por qué lo primero en que pensé fue en explicarle por qué conmigo tenía que hacer una excepción y no atracarme, como si de verdad tuviese una excusa. Tardé en reaccionar y ya me había cogido de la muñeca, y cuando lo hizo pensé que qué tonta, que hasta ese momento podía haber echado a correr porque el parque era realmente grande y él abarcaba una minúscula parte. Entonces sí que fue extraño, porque él tampoco parecía saber qué hacer, igual estaba acostumbrado a que en seguida le diesen el dinero o quizá es que se trataba de su primera vez, pero lo que no debía pensar era encontrarse a una chica muerta de frío que se bloqueaba al pensar en aquello con una extraña nitidez, como si pensase sobre una película. Me dijo que sacase la cartera, y a mí me salió decir que no, a lo que me dio una bofetada. Ese golpe hizo que me empezara a hervir la cara y un poco el cuerpo también, porque no era el dolor, que no me dolía, sino esa agresión a no sé, mi honor, mi integridad, mi seguridad de que a mí no me atracan. Pero como seguía sin sacar la cartera, él tiró del asa de mi mochila, porque bolso no llevaba. Al final la mochila quedó entre los dos, en el aire, estúpidamente sujetada por ambos (¿y su navaja? Me pregunto ahora). La abrió y miró con la misma rapidez y codicia de quienes inspeccionan el agua buscando oro. Vio un libro de G.W., un cuaderno, un estuche de los que no llevan lápices, una botella de plástico vacía, una agenda, un paquete de pañuelos y otro de chicles. Después de verlo todo, decepcionado, repasó el contenido y cogió el libro como valorando si era lo que más valor tenía, sin embargo debió comprobar que era algo más parecido al ensayo que a la novela y lo devolvió a dentro, después se hizo con el paquete de chicles y volcó la mochila sobre el suelo oscuro del parque, posiblemente frustrado. La botella de plástico rodó hasta perderse en los arbustos. Pero el chico era listo y me preguntó por la cartera, yo le dije que no la llevaba encima y entonces me mandó vaciarme los bolsillos. Ante él, en mi mano, las llaves de mi casa. Ahí tuve más miedo, porque si le daba por cogerlas tendría un poder mucho más oscuro sobre mí. Pero no lo hizo. Se fue deprisa, echando chispas y rayos. Con mi paquete de chicles. Sin haber mirado que la cartera la llevaba en el bolsillo trasero del pantalón. Habiéndome hecho ver que había olvidado el móvil en el teatro después de sacarlo para hacer fotografías. Se fue llevándose nada y dejándome su miedo.

Publicado la semana 8. 25/02/2018
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