Semana
07
Sofí Rubí

La Loca de la Plaza de la Luna

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Relato
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Una tarjeta de visita del bar Paraíso. Un bar decorado con la idea que el dueño tiene del paraíso. Un paraíso un tanto oscuro, más bien un infierno bonito. Las primeras cosas en que me fijé cuando me hube sentado fueron la camisa de mi acompañante y en el volcán instalado en la mesa de al lado, del que brotaba un humillo blanco y en el que se internaban cuatro pajitas. Espero que no lo sepa nunca, aunque me daría igual, pero desde que había salido del metro me había tenido que repetir muchas veces el nombre de mi acompañante, Joaquín, Joaquín, Joaquín, porque no lograba que se me quedara en la cabeza, Joaquín, Joaquín, y no dejaba de desear que fuera extranjero y se llamase Quin. En los treinta y siete minutos que estuve allí sentada me invitaron a una copa el hombre mayor de la barra, un camarero y mi acompañante, que insistió en pagar. Era una pena, pensaba, porque justo aquel día había decidido que no me apetecía beber, alcohol, digo, porque babas tampoco. Luego mi buen acompañante, del que no repito el nombre porque se me había vuelto a olvidar, me ofreció ir a su casa a escuchar música y a enseñarme cualquier mentira, y a mí me apetecía de veras en aquel momento, pero es una pena, pensé, que sea de mala educación decir “pero no pienso acostarme contigo”. Su casa era un piso compartido de estudiantes solo que sin estudiantes con quien compartirlo. Le pregunté si lo consideraba su hogar y me cambió de tema. Después pareció un baile, porque intentó tres movimientos para quitarnos la ropa. Realmente originales, un siete sobre diez, en uno incluso tuvo que quitarse él algo de ropa. ¿Pero de verdad que no tienes calor? Y así luego se murió de frío por andar en manga corta por un piso donde no se paga la calefacción y no hay compañeros de piso ni mujeres que se te desnuden. Con la idea del baile ya metida en la cabeza, puse la música prometida y le hice bailar para mí. El pobre bailó porque de perdidos al río y del río, ahogado. Corrí las cortinas y puse un trapo rojo sobre una lámpara baja. Bailó para mí y después yo bailé para él, y como me daba pena pero no iba a ocurrir lo que él quería que ocurriera, a pesar de que no me desnudé, sí le hice un baile tal que fuera a quedar en su memoria, al menos en la de aquella noche, en la cama o en el baño. Cuando decidí marcharme, él se ofreció a acompañarme, pudiendo así ponerse el abrigo sobre los brazos en carne de gallina. Me contó sus hazañas de gran luchador, no de luchador de lucha, sino luchador en su sentido más amplio, en ese que hace pensar que estás hablando con un semidios, o con el hijo de un semidios, o con la idea de lo que le gustaría ser al hijo bastardo del hijo de un semidios. Pero entonces pasamos por la Plaza de la Luna. En algunos sitios el nombre de esta plaza no se reconoce, aparece solo la calle, pero es uno de mis lugares favoritos de Madrid, aunque sea realmente fea. En ella hay una historia que habla de lunas más grandes que la Tierra y de portales a otros 27 universos. Había una mujer que se volvió loca con aquel tema, realmente loca. Le hablé de ella a mi acompañante, de la Loca de la Plaza de la Luna, y no vi en él un especial interés en la historia más allá de que se la estaba contando yo, y esa fue la verdadera prueba que aquella persona falló.

Me despedí de él, entré en la boca de metro y al rato volví a salir para poder pasear un rato sola. La Loca de la Plaza de la Luna hablaba de portales y un día desapareció, igual encontró lo que andaba buscando.

Publicado la semana 7. 18/02/2018
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