Semana
05
Sofí Rubí

La brujita

Género
Relato
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Había una vez una rana que engendró un pájaro que engendró una ciudad en forma de inmenso huevo caído del cielo. En esta ciudad pronto se alargaron las casuchas hasta hacerse grandes edificios, y en uno de estos rascacielos, allá arriba, arriba, arriba, había una esferita de cristal con un niño dentro. El niño estaba allí por haber enfadado a la bruja, bruja que volaba sobre la ciudad lanzando entre gritos maldiciones y regalos a los viandantes. La bruja había castigado al niño por algo que ninguno de los dos recordaba ya, y el niño no sabía cómo hacérselo notar. El niño lloraba a veces, y aunque no lo hacía siempre, el agua que lloraba no podía evaporarse, así que iba subiendo por la esfera amenazando con ahogarle, lo que hacía que llorase más y que todo aquello fuese bastante peligroso. La bruja, cansada ya de la ciudad, volaba pensando en cómo remodelarla, y la mejor idea para ello, le parecía, era reconvertirla en un desierto. La bruja no dejaba de dar vueltas, el niño de llorar y la escritora de pensar qué podía pasar, porque la escritora andaba pensando en algún tipo de príncipe o caballero que entrase a galope en la ciudad, pero algo le distraía de engendrar esa idea en condiciones, y era el hecho de que el niño, que no dejaba de llorar, antes que ahogarse estaba generando un peso tal que los hierritos que sujetaban la esfera empezaban a temblar de miedo y amenazaban con echar al traste toda la operación de rescate del príncipe, al traste, digo, porque no es meritorio rescatar un cadáver. Y así fue, el príncipe había empezado ya a coger aire para dar su aseado discurso y la bruja había empezado a dirigirse a él con rayos verdes en la mano o alguna cosa de esas malvadas que se atribuyen a las brujas, cuando el tercer hierrito (un día hablaré de la trágica historia de estos tres hierritos que termine justo en este punto, piensa la autitotriz de esta historia) cedió de golpe y no sin lástima para que la bola llena de agua salada empezase a rodar cuesta abajo por el tejado arramplando con tejas, chimeneas y veletas hasta verse en caída libre desde el edificio más alto de una ciudad que se decía a sí misma ¡esto se veía venir! Y bueno, la bola con el niño arrastró también en su caída toda una bandada de golondrinas y a cierta bruja que volaba por allí en busca del enfrentamiento con cierto príncipe que galopaba por allí. Y la bola y la bruja chocaron contra el suelo, con tal estrépito que hubo mil estallidos mágicos que en vez de desierto hicieron retroceder el tiempo de forma que la ciudad (con el príncipe dentro, esto sí fue un fallo del tiempo retrocedido) se convirtió en huevo, que ascendió a los cielos, que se internó en un pájaro, que se internó en una rana que, como todo el mundo sabe, croó y se fue dando saltitos. Así que ya sabéis, niños, cuidado con las ranas, la flora, los edificios altos y las remodelaciones urbanas.

Publicado la semana 5. 04/02/2018
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