Semana
41
Sofí Rubí

La muerte

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Relato
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A la casa de la abuela no podíamos ir, o no solíamos, o era extraño. En la casa de la abuela estaba la abuela, aunque no estuviera. Mi familia lleva flores a los cementerios, viste luto la semana que hay difunto y, a veces, si la iglesia es bonita, pone velas. Los miembros de mi familia no llevan tatuadas una lágrima debajo de la mejilla porque parecerían delincuentes, pero la llevan tatuada por dentro de la piel, entre el ojo y el alma, y tienen un gran respeto por los muertos que han ido llevando sobre sus hombros todos esos muertos que ahora veneramos.
En la casa de la abuela está la abuela, aunque ya murió. Mi madre, si me encontrase desnuda, abierta a un hombre, abierta al mundo, preferiría que fuese en su propia cama a que fuese en la casa vacía de la abuela. Pero a mí no me gusta pensar así. No me gusta el tener que hablar bajo por si escuchan los muertos, a mí me gusta cantar, y si es un velatorio, prefiero reír en honor al muerto en vez de llorarle.
Así, el día de mañana, cuando mis padres mueran y recaigan sobre mí sus cosas, recogeré del suelo las llaves antiguas, las sacaré de algún baúl escondido en el fondo de un armario. Entraré allí donde hasta el polvo ha dejado de existir y le hablaré a las paredes, por si estuviera allí mi abuela. Le diré que la quiero, o al menos que la quería muchísimo, y que si me puede oír es que hay un más allá y el día de mañana me encantará abrazarla hasta que se pongan dos soles. Pero le diré también que ahora no es el momento de estar juntas, que no soporto que me pueda ver, porque entonces me juzgará peor incluso que los vivos por el resentimiento de la muerte. Entonces traeré chamanes y espiritistas, limpiaré la casa de almas y polvo, y luego me sentaré en el suelo a llorar una pérdida más, una pérdida sobre la pérdida.

Publicado la semana 41. 14/10/2018
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