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Sofí Rubí

El pasaporte helado

Cuatro hombres se reunieron en una cabaña en mitad del bosque. Nevaba tanto que los árboles parecían carámbanos de hielo. Uno de los hombres tenía el puño apretado desde hacía tres días, en su interior había un anillo.

Me recosté, J. colocó el lienzo y evité preguntar si podía fumar mientras me dibujaba porque no sabía si la ceniza iba a doler cuando me cayera sobre el pecho.

Los cuatro hombres discuten sobre cómo cruzar la frontera. Hace tanto frío que parece que busquen discutir más de lo necesario con tal de mover los brazos. El día que al fin se quiten los abrigos puede que estos se resistan a abandonar la piel. El hombre que menos habla es el que tiene el puño apretado, y no lo hace porque las formas de llegar no le importan, solo le importa haberlo hecho, estar al otro lado. La conversación aborda constantemente el tema de que habrán de saltar una valla o romper una cerca, si acaso pasar por un puesto de guardia cuando la tormenta sea más fuerte y les esconda, pero el asunto es todo el rato el mismo, no les puede ver nadie.

Sonríe un par de veces como para que sonría yo también y me relaje, pero luego se le olvida, como los besos en el sexo, y sigue dibujando. Yo me aburro y me intento imaginar a todas las mujeres que han posado alguna vez; los museos están llenos de pintores pero los cuadros a quienes muestran son a ellas.

Un hombre comenta que si tuvieran un documento, un pasaporte, podrían ir pasando de uno en uno, volviendo y dejándoselo al siguiente, que en mitad del frío no se distingue a un hombre de otro. Un segundo responde que hay que ceñirse a los hechos y que no se puede soñar con lo que no se tiene. El tercero dice que pongan sus objetos de valor sobre la mesa, que él tiene un pasaporte robado de alguna parte. Sobre la mesa aparecen relojes, monedas, una petaca, un cuchillo. El puño sigue cerrado.

A mitad me levanto y me tapo con una sábana, le digo a J. que ya me ha podido memorizar y que siga pintándome de memora. En el cuarto de baño me visto, tarareo la canción que me enseñó la niña, me pongo dos colgantes porque el tercero se cayó.

Salen dos hombres corriendo de la cabaña sin preocuparse de cerrar la puerta. Uno persigue al otro. No saben cuánto corren pero no llegan a ninguna frontera, ni al final del bosque ni al principio de nada. El perseguidor se cae antes, el perseguido sigue hasta que se cae solo. Debe estar congelándose, piensa, porque no logra abrir la mano.

El hombre me mira con la duda de si soy un árbol, me pregunta si lo todo aquello es verdad y yo cierro la boca porque hace frío y tengo miedo de que de abrirla se me congelen los dientes.

Publicado la semana 34. 26/08/2018
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