Semana
03
Sofí Rubí

Pequeñas criaturas de la mentira

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Relato
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Ella también contemplaba las nubes buscando formas, y siempre encontraba alguna, es la ventaja de cuando se es niña. Pero no es que levantase la vista y se encontrase con el cielo, es que salía al jardín a buscarlo. Como sus padres decían que tenía que comer bien y ella no lograba tener demasiado apetito, creía suplir las faltas bebiendo agua. Bebía muchísima agua, obligándose a ello hasta que la tripa quedaba como un globo hinchado, redonda y suave. Y entonces, cuando estaba en el jardín mirando al Sol con los ojos cerrados para ver después el color verde en blanco y negro, le entraban ganas de ir al baño, pero no quería entrar en casa porque eso suponía mucho esfuerzo y porque había estado caminando descalza por la hierba y las suelas de sus pies estaban negras, así que se aseguraba de estar sola, se bajaba las bragas, las colgaba de la veleta del jardín y se iba a mear a donde siempre meaba, entre una maceta y un gnomo de jardín donde había empezado a crecer un musgo verde casi negro. En esos momentos de libertad absoluta se remangaba el vestido y movía las caderas para que el pis describiese formas en el aire. Pocas veces envidió tanto a los chicos. Después, como solía mojarse las piernas, corría hasta el otro lado del jardín, donde estaba el tendedero, y se secaba con alguna sábana o toalla que hubiera colgada.

Un día se sentó en las escaleras de piedra y se puso a pensar. Como a esa edad su mundo era pequeño, pensó mucho pero en pocas cosas. Pensó, por ejemplo, en los hermanos del número 17, que habían atrapado una ardilla y jugando con ella la habían matado. Se preguntó si la violencia de sus actos vendría de la violencia con la que fueron engendrados, y decidió que ya tenía una historia que contar aquella semana.

Aquella tarde, cuando los niños se reunieron en el descampado como acostumbraban, ella llegó la última y les preguntó si alguien más había visto el cadáver del lindero del bosque, un lugar donde no solían poder ir. Lo describió como un hombre de cincuenta años, vestido con traje de pana y sin nada en los bolsillos. Los niños se miraron entre sí como se miraría un grupo de ovejas preguntándose si también deben temer a los zorros o solo a los lobos, pero al final confesaron que no, que no lo habían visto, y nadie la cuestionó.

Al día siguiente ella llegó pareciendo no recordar el asunto del cuerpo, pero los niños, por el contrario, lo recordaban fervientemente. Uno de ellos dijo que había ido a verle nada más salir del colegio, antes de ir a comer a casa, y otro dijo que venía de estar con él ahora mismo. Y así, durante las tardes siguientes, el tema de conversación fue aquel cuerpo y cómo un niño decía que la tarde anterior lo había visto en tal estado de putrefacción que ya asomaba la calavera y cómo una niña le reprochaba que ella acababa de ir a verle y que le había visto la piel tan rosada que parecía dormido y que de hecho había creído ver como se le hinchaba el pecho al respirar. Un niño dijo que hurgando en sus bolsillos había encontrado cincuenta euros muy doblados y escondidos, y otro dijo que iba a llevar a su padre a ver el cuerpo, de forma que la fama momentánea que quería adquirir llegó en forma de abucheo colectivo. El domingo siguiente, justo una semana después, ella comentó como si nada, ¿habéis visto que ya no está el cuerpo? Y los niños le dijeron que sí, precisando incluso la hora a la que se lo habían llevado. Uno de ellos se infló el pecho con orgullo y les dijo que su tío tenía una funeraria y se había encargado de llevar el asunto, que aunque pensaba ser caritativo y enterrarlo gratis, el muerto resultó ser el hijo de una familia riquísima, de forma que su tío había sido agasajado con todo tipo de joyas en agradecimiento, y que éste le había prometido a él un anillo de un rubí del tamaño de una mandarina. Pero ella no le escuchaba, ya andaba contando algo nuevo, y aquel corro de pequeños críos volvió a beber de lo que decía ella para poder vivir una semana más.

Publicado la semana 3. 21/01/2018
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