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Sofí Rubí

Niña con ramillete verde

Caminaba levantando mucho las piernas porque la hierba era alta. Era como caminar por la nieve en invierno, un prado de nieve verde. Su madre, después de lo de la última vez, le había dicho que no podía ir más allá del prado que se veía desde la casa, no podía ir al bosque. Pero ella solo podía prestar atención a lo alta que estaba la hierba, a sus botitas azules que centelleaban al ser levantadas. Así, caminando de esta forma, no se dio cuenta de que volvía a entrar en el bosque.
A veces se sentaba junto a la ventana de la taberna, en el pueblo, y escuchaba hablar a los de dentro. Ellos hablaban algo de lo que conocían, pero mucho más de lo que no, y así ella pudo tener dos visiones del bosque, la de ellos y la suya propia. Ellos decían que la planta violeta era venenosa, pero no era cierto, solo te picaba en la boca y te hacía hacer popó. Las cortezas que según ellos tenían propiedades medicinales, para ella eran más madera, y sabían como la madera.
La niña tenía dos visiones también de los animales del bosque, de todos, menos de uno.
No era un ciervo, ni un lobo, ni era humano.
Una criatura sin nombre, a la que no sabes si puedes temer o si debes amar. Una criatura que nunca se acerca cuando estás en casa, solo cuando vas al bosque. Que a veces exhala aire como si fuera una tormenta y que a veces es tan silencioso que de pronto está detrás, sus ojos a la altura de tu cabeza, su respiración en tu espalda.
Como no tenía cómo llamarlo, lo llamó amigo. La criatura parecía estar esperándola cuando ella se perdía por el bosque, después caminaban juntos, comían bayas y bebían de los charcos. No se les acercaban más animales, así que estando los dos en mitad del bosque, el silencio era absoluto. La criatura parecía no parpadear, ella no parpadeaba tampoco para imaginar que se parecía a él.
Pero en este mundo las cosas tienen dos versiones.
Desde dentro de la taberna surgió una voz, y muchos gritos.
Hay una bestia en el bosque, hay que matarla.
Señor, no encontramos a la bestia.
Entonces quemad el bosque.

Aquellos días no la dejaron salir siquiera de casa. No podía ir a la pradera de hierbas altas, ni al bosque naranja. Tenía las mejillas siempre húmedas, lloraba en silencio, sin darse cuenta.
Cuando todo pasó nada tuvo ya que pasar, no había bosque, ni animales, ni el extraño frío de las plantas. Ella vio pasar una nube de ceniza frente a sí y pensó que tenía que ser él, porque era una nube silenciosa.

Publicado la semana 21. 27/05/2018
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