Semana
14
Sofí Rubí

No quiero hablar más

Género
Relato
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Me cuesta escribir cuando me encuentro como ahora, y no solo porque no tenga imaginación o historias que contar, ni porque esté triste o enfadada, sino que me siento decepcionada, es como si un rayo, blanco y pequeño, como una bala, cayese del cielo en diagonal y me atravesase la cabeza borrándome las ganas y la concentración.
La luz vacilaba, como sus dedos sobre el teclado. Había cuatro bombillas, pero no se recordaba la última vez que habían iluminado todas juntas, ahora había dos apagadas, una tintineante y otra que, teniendo la misma edad y muerte fijada que su vecina, aguantaba aparentemente intacta porque debía andar aglutinando la responsabilidad de la luz. Sus dedos también parecían acercarse al teclado y alejarse como si las teclas fuesen una puerta y al otro lado esperase un castigo o un premio (probablemente un castigo). Vacilaban tanto sus dedos que la escritora vaciló también y se le cayó la tercera persona sobre la ropa como un café caliente, de forma que la chica que escribía dejó de ser ella y de pronto fui yo, una yo un poco menos atolondrada, pero yo. Escribí una frase sobre lo grande que estaba el sol, la borré; escribí sobre las espaldas de la gente que trabajaba recogiendo fruta (en cada espalda las manchas de sudor dibujaban la silueta de un país distinto), la borré también; escribí sobre la barba, los ojos y los labios del padre de esta historia, pero sin duda lo borré. Entonces empecé a notar una sensación extraña en los dedos, como si las falanges fuesen las raíces de un árbol que estaba naciendo, pero este árbol no salió vertical, sino que me rajó, de pronto, como se fractura la tierra, desde los dedos hasta los codos, la piel se abrió sin sangre y los brazos esqueléticos no solo asomaron, sino que se levantaron sin que se lo hubiera ordenado. Luego sentí un dolor muy grande en el ojo derecho, después ya debí sentir tanto dolor que no sentí nada. Ahí estaba, ante mí, mi esqueleto. Yo estaba sentada y él estaba de pie, a mi lado, mirándome. Mis brazos, flojos, sobre el teclado; mi cabeza girada mirándole desde un punto mucho más vergonzoso que el suelo. Quise decirle “¡vuelve aquí!”, pero sin huesos mi piel se plegaba y me costaba hablar.
Entonces la bombilla que tintineaba se apagó. Quedamos solo una bombilla, mi esqueleto y yo.
Enfadada dejé de mirar a mi esqueleto y deseé que aquello le estuviera pasando a un ella y no a un yo. Me di cuenta de que lloraba de rabia, mi esqueleto había empezado a pasear por la habitación y yo intentaba escribir la escena en la que el hombre va arrancando las fresas y poniéndolas en el cesto mientras piensa en su hijo que juega en el suelo del pueblo, que es un suelo hecho de polvo, con otros niños y que es feliz, pese a todo es feliz y no tiene hambre porque es feliz y no se da cuenta. Mi esqueleto había empezado a fumar, estaba apoyado en una pared y fumaba mirando a la estantería de enfrente, donde estaban los libros y todas las historias que yo había ido copiando a lo largo de mi vida. Me empezaba a costar respirar sin huesos que evitasen que el resto de carne aplastase los pulmones y la tráquea. Pensé que ya no tenía sentido seguir llamándolo mi esqueleto, ahora solo sería el esqueleto y el esqueleto estaba observando muy atentamente una manoletina que había encontrado en el suelo. Yo quería que volviese, porque estaba escribiendo el momento en que el padre coge una fresa enorme y finge que la lleva al cesto pero la deja en la palma de la mano. Después no sabía cómo continuar la historia, pero tenía el final, en él apresaban al padre por ladrón, su hijo seguía jugando en el pueblo, a él le cortaban la mano por ladrón y la sangre manchaba la fresa haciendo de lo verde rojo, de lo blanco rojo y de las semillas rojo, un solo objeto rojo como en los dibujos del niño, donde cada cosa era de un solo color.
El esqueleto salía por la puerta y la última bombilla, sin vacilar, se apagaba.

Publicado la semana 14. 08/04/2018
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