Semana
13
Sofí Rubí

Carretera perdida

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Relato
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Ya había recorrido aquella carretera sin coches hacía mucho tiempo. En esa otra vez conducía mi madre, que llevaba gafas de sol y no dejaba de hablar. Yo iba en el asiento del copiloto porque los asientos de atrás no se veían bajo la cantidad de cajas de mudanza color caqui que había sobre ellos. Era la primera vez que viajaba en el asiento de delante, y la sensación de ver cómo el coche se comía la tierra y el saber que era ilegal que una niña de mi edad estuviese ahí sentada, creaban una sensación maravillosa que me hacía no dejar de pensar que ojalá el coche no se detuviese nunca. Por aquella razón tampoco estaba escuchando  a mi madre, que por su seriedad y el tono de su voz debía estar diciendo algo importante. Hablaba sobre la madurez, no, creo que hablaba sobre la adultez, debía estar intentando crear una de esas balsas del pensamiento que luego, cuando crecemos, nos llegan en momentos importantes a quienes hemos sido niñas.
Ahora viajaba delante, de nuevo, pero con los pies sobre el salpicadero, lo cual sí era nuevo. Miré a J., que estaba conduciendo, también con gafas de sol (para llegar allí hay que conducir hacia el este y después hacia el oeste, por eso, ya sea por la mañana o por la tarde, siempre te ciega el Sol), y enredé un dedo en uno de sus rizos.
—¿Eres tú la adultez de la que hablaba mi madre?
El coche estaba lleno de cajas y viajábamos al mismo lugar, a la misma casa, y a pesar de que habían pasado muchos años, a las montañas no les había dado tiempo de huir de allí. Cuando ya llegábamos al horizonte, intenté recordar el resto de aquel viaje que hice con mi madre, pero no lograba construir imágenes claras, era como si el pasado fuera una de estas manchas que te enseñan los psicólogos preguntándote qué ves en ellas.
Al llegar, J. fue a buscar las llaves y yo me quedé sacando las cosas del coche y luego apoyándome en ellas para custodiarlas mientras hacía ejercicios para desentumecer las piernas. A aquellas horas el Sol ya no está por esa calle y las flores de los segundos pisos huelen muy bien. Una ventana se abrió y me saludó una niña agitando la mano con fuerza, yo le respondí con la mano y una sonrisa y entonces ella desapareció. Busqué mis gafas de sol y me las puse para poder cerrar los ojos sin que pareciese que bajaba la guardia ante un pueblo, o ciudad, cosa de habitantes, en el que se diría que había vuelto la hija de, la nieta de y que qué vendría a hacer aquí ahora. De pronto apareció la cabeza de la niña por detrás de una de las cajas, y lo primero que pensé fue que sus gestos me recordaban a un dinosaurio de Jurassic Park.
—¿Tienes una gemela? —le pregunté.
—No, ¿y tú?
—Yo tenía una, pero me la comí cuando éramos bebés.
Hablar de nuevo en este idioma era como cuando empiezas a correr, el cómo se van soltando los músculos.
—¿Qué hay las cajas?
—Toda una vida.
—¿La tuya?
—Y la de una antepasada. Pero sí, son mis cosas.
Ella ya estaba abriendo las cajas en las que el envoltorio era malo o el celo había cedido.
—¿Esto es tuyo? Parecen cortinas.
—También hay cosas para la casa, pero eso no son cortinas, es una moqueta, que es como una alfombra pero hay que pegarla al suelo.
—¿Vas a ponerla tú?
—Va a ayudarme el chico que ha venido conmigo, se llama J. ¿Tú cómo te llamas?
—Me llamo Julie, ¿no te gusta el suelo?
—Me gusta caminar descalza por las noches, de puntillas, para que nadie me oiga.
Lo que había dicho antes Julie sobre las cortinas me había recordado a que mi madre siempre creía que las cortinas estaban sucias, por eso nunca hubo en casa cortinas blancas. Yo nunca les presté demasiada atención
—Julie, ¿de qué color te gustan las cortinas?
—Me gusta que no haya, que la luz entre a borbotones y todos puedan mirar, los de fuera y los de dentro.
Aquello no sabía si encajaba en el sentido de la intimidad que habíamos traído en aquel coche.
J. llegó entonces.
—Hola pequeña, ¿os conocéis?
Y respondimos a la vez:
—Sí.
—No.
Mientras entrábamos en la casa me fijé en la niña. Tenía algo en la forma con la que miraba a J. Cuando yo era niña miraba a los adultos como miran los nativos a los colonos en las películas, con esa mezcla de miedo y curiosidad. Había leído hacía poco el relato de un amigo en el que el protagonista, que se encuentra paseando por un parque, ve a unos niños jugar y de pronto tiene la certeza de que uno de aquellos niños es él mismo. Mientras J. y Julie (J. también) estaban en el salón y yo iba al baño, se me ocurrió preguntarme si aquella niña no sería yo también, si es que acaso no recordaba el viaje anterior porque mi madre se había salido de la carretera y habíamos impactado contra un árbol de los deseos, cuya fruta cayó sobre mi cabeza, pidiendo un deseo aleatorio y llevándome allí donde solo los expresidiarios me quisieran. La idea de ser esa niña me divirtió mientras me lavaba la cara, luego recordé que en los relatos de mi amigo esas cosas siempre acaban mal y me pregunté si la niña volvería pronto a su casa.
Al volver al salón estaban jugando a las palmas. Julie debía haberle enseñado a J., que se esforzaba por seguir los pasos. Ambos se miraban las manos, se miraban las caras, sonreían. Yo empecé a meter las cajas en la casa y recordé que al día siguiente tendría que ir a ver a la abuela, lo cual me apetecía pero se me hacía un poco cuesta arriba. Volví  al quicio de la puerta del salón y les seguí mirando, ninguno parecía darse cuenta de que yo estuviera allí. En ese momento deseé poder entrar en la cabeza de J. y ver qué estaba pensando mientras Julie le contaba aquella historia:
—Esta ciudad está sobre una nube, está sobre ninguna parte. Durante la madrugada lo rodea una niebla muy densa y dentro de ella se decide si ese día estará junto al mar, bajo las montañas o en medio de un desierto.
—Vamos, que es como Comala, ¿no? —dijo J., y se rió, alegrándome a mí infinitamente el que no hubiera caído en el juego de Julie.
—Vamos, Sofía —dije yo—, es tarde, hay que ir a casa.
Y la niña se levantó y se marchó, pasando por delante de mí, que tenía los brazos cruzados. No se despidió al salir.
—No lo entiendo, ¿no se llamaba Julie?
—Nos conocemos desde hace tiempo, tiene muchos nombres sin apellidos.
—¿Cómo os conocéis si hace mucho que tú no venías a este lugar?
—Porque hay muchos sitios y muchas niñas en ellos. Vamos, ayúdame, que hay que poner el suelo.
Había que poner un suelo si se quería vivir en aquella casa sin caerse a las profundidades, pensé yo. Era aquel el inicio de un curioso verano.

Publicado la semana 13. 01/04/2018
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