Semana
12
Sofí Rubí

Las flores dicen adiós con la mano

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Relato
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Una vez conocí a una chica llamada Laura. Es probable que las cosas que le pasaban tuviesen relación con el consumo de drogas, que su madre se hubiera drogado estando embarazada o tan solo que tuviera una forma peculiar de ver las cosas. Poca gente ha tenido en sus manos una granada, y menos gente todavía se la ha lanzado a su pareja en un ataque de celos. Así era Laura. En su defensa diré que la granada no explotó, aunque no sé si ella conocía el resultado, y al cómo llegó una granada a sus manos contaré una historia que me encanta. Su padre había sido militar y le habían expulsado (el porqué, algo oscuro) y resulta que cuando volvió a casa, en vez de traer una caja con un retrato familiar, un peluche y veinte bolígrafos hurtados de la oficina, apareció con dos cajas en las que se incluían treinta y dos cargadores de pistola, una cantimplora, diez raciones de bolsas con comida de campaña, maquillaje y varias granadas.
Laura era una chica muy extraña, o no tanto, que veía cosas. En el instituto hacía por ocultarlas y la gente se olvidó. A mí me costó varios meses de acercarme a ella para que me confesase “oye, ¿tú ves las moscas detrás de la oreja de María?”. Después de eso empezó a jugar conmigo, a veces me decía cosas en serio, como que un profesor tenía la piel azul y solo fumando mantenía el color a raya, pero otras tantas buscaba alterarme “Mírala, se murió ayer pero hoy viene a clase como si nada”. Luego la que se murió fue nuestra relación, nos separamos, yo entré en la universidad y ella se perdió entre laberintos con paredes de ladrillo pintadas de grafiti, pero no por ello dejé de buscar información sobre la criatura preferida de dios.

Esta historia es breve porque me faltan datos, tuve que entrevistarme con dos personas y luego colarme en un colegio a la hora del recreo para poder hablar con el hermano de Laura. Resulta que una tarde su madre le pidió a ella que llevara a su hermano al parque, la luz era cálida, las plantas no estaban secas, el cielo era monocromo y los autobuses aglutinaban todo el ruido de la ciudad. El hermano corrió al recinto vallado a jugar con sus amigos, Laura se sentó en un banco y deseó dos cosas: tener un perro y que un señor mayor y verde se sentase a su lado, le propusiese sexo por dinero y pudiera jugar con él. Sin embargo no pasó ninguna de las dos cosas, no apareció un cartel de “se busca” con la foto de un perro debajo a causa de Laura, en vez de eso empezó a mirar a su hermano y a los otros niños, recinto vallado, barras de metal, su hermano era un hámster. No es que pensase de verdad que su hermano era un hámster, pero de pronto todos aquellos niños se le hicieron vulnerables y en cuestión de segundos despertó en ella un sentido de la maternidad brutal que se desbordó y cubrió toda la plaza. Empezó a temer las caídas, las picaduras de las avispas y los gases contaminantes de los aviones, pero por encima de todo se fijó en un grupo de chicos jóvenes sentados en el otro lado de la plaza, con las capuchas puestas, fumando y riendo alto. Se levantó y se acercó a ellos, iba pensando “les pediré que se marchen, si no lo hacen tendré que matarlos”. Pero no llegó a poder hablarles, de pronto lo vio todo blanco y pensó “vale, ya está, dios me ha fulminado”, pero tampoco fue así, solo abrió los ojos y vio de nuevo el verde, si acaso más verde, y el azul del mismo tono de siempre. Vio, sin embargo, que el aire movía las flores de una forma extraña, y luego comprendió que las flores se movían solas. Ya no estaban los adolescentes, ni el parque ni su hermano. Aquí ya no sé muy bien qué vio, solo que apareció una especie de conejo que la guió por unas colinas y un paraje peligroso, que había una fortaleza a la que no debía acercarse, que había un gigante azul (como el profesor) que no tomaba partido en las guerras del lugar por temor a cambiar de bando en un futuro, que las flores eran hadas con cerbatanas y comían carne humana, que ante un foso se acordó de su hermano y gritó por salir de aquel mundo. Volvió de la misma forma, un fogonazo de luz, las manos temblando, entonces corrió hasta su hermano y le abrazó pidiéndole perdón entre lágrimas por haberle abandonado, pero es que él contestó “no te preocupes, las flores velaban por mí”.

Publicado la semana 12. 25/03/2018
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