Semana
11
Sofí Rubí

El ocaso de la fruta

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Relato
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La primera vez que lo vio fue en un documental que les pusieron en la clase de infantil de tres años. El documental trataba sobre los misterios del espacio, pero por desgracia nada se comentaba en él sobre alienígenas, así que muchos de aquellos niños, después de comer y con las persianas bajadas, se fueron durmiendo. A ella sin embargo le llamó la atención ver el sol como una esfera naranja, que no amarilla, y desprovista de los rayos largos y cortos con los solía pintarlo. Así se dejó llevar por aquellos efectos especiales que cada vez se alejaban más de la Tierra y le iban hablando de asteroides, de tipos de soles, de agujeros negros y de aquellas otras cosas. Porque ahí estaba, el espacio amoratado, todos los colores robados al negro y puesto allí, en aquella inmensa cuna. Entonces se preguntó por qué Dios habría de dormir en una nube teniendo camas tan bonitas en el espacio.
Olvidó toda visión que hubiera podido tener, porque para ser profeta se necesita mucha imaginación, y ella no era una niña hecha para hacer grandes cosas, le interesaban más los juegos en los que había que girar y jugar al escondite tan bien que se acabase una partida y se empezase otra sin que la hubieran encontrado. Sin embargo volvió a verlo tiempo después, encendió la televisión y por más que cambiase de canal, en todos se veía aquel barco que se había partido en medio del mar y cuyo contenido hizo despertar al dios del mar, que abrió un ojo de más de dos mil kilómetros de longitud. Habían golpeado al mar y sus profundas venas se habían roto, ahora alguien volvía a mirar a aquella niña que no sabía terminarse las trenzas y tenía que pedirle ayuda a su hermana. Apagó la televisión y durmió una siesta que duró dos días, que es el tiempo que se necesita para provocar a la fiebre y que se lleve los recuerdos que no nos gustan.
Pero cuando alguien renuncia a algo maravilloso, aunque lo olvide, siempre se queda con el temor de pensar en lo que hubiera podido pasar, y así llegó la sangre lunar, pero esta era roja y no morada, y ni el café, el alcohol o el sexo le devolvieron aquella sensación que recordaba sin estar segura de en qué pensaba cuando miraba a las nubes oscurecerse en el cielo. Tuvo que casarse para recordarlo; ella le regaló un cisne de porcelana y una corbata, él le regaló una esposa y un espejo donde poder mirarse aquel nuevo ojo que por debajo de los otros dos iba cubriendo su rostro y le miraba. Ella lo acariciaba como no en su momento no pudo acariciar el espacio ni el mar, pero al sentir el dolor en la piel bajo sus dedos pensaba que aquello era justo, que algo tan grande tenía que doler.
Con el tiempo su piel se puso dura y el morado se volvió rojo, naranja o amarillo. Parezco un cuadro, se dijo, y lamentó no saber nada sobre pintores expresionistas. Entonces empezó a mirar a su marido con tristeza, porque ya no tenía nada para ella, y eso le dijo a los dos hombres que tomaban nota, que había tenido que irse para devolverle la sensación que ella había estado buscando tanto tiempo. Ahora, en la moqueta del salón, el moratón volvía a mirarla y a ella le dio una pena inmensa cuando pintaron líneas blancas a su alrededor.
Los años siguientes, sentada en aquella cama que no era suya, su mano derecha se iba sola a la mejilla, pensando de qué color sería ahora, y apretando suavemente a ver si dolía. Otras de las mujeres que había allí empezaron a creer en dios por tener alguna forma de fugarse, ella lo intentó, y en las madrugadas se sentaba en el suelo con las piernas cruzadas y miraba al techo de su cuarto. Por favor, imploraba, por favor, y allí donde miraba cada día y cada noche, la humedad se hizo paso y volvió la mancha, el dolor de la pared. Gracias, dijo, y supo que no tenía sentido rezar más, porque nunca iba a necesitar nada más.
La humedad siguió allí hasta que la taparon con cal el mismo día que ella salía a la luz del mediodía y la recogía su hermana. El sol era fuerte y no había nubes. De la que volvían a la civilización vio una ardilla atropellada y el charco de su sangre que era más rojo que morado. Casi, dijo, y nunca más volvió a hablar.
Una tarde del último mes frío, ella estaba sentada en el poche de una casa prestada. Comía mandarinas, pelándolas tan suavemente que cuando terminaba ya era de noche. No dejaba de pensar en la radiografía, en cómo el médico no dejaba de repetir ¿ve esta mancha, la ve?, y ella, que había visto muchas manchas en su vida, justo allí no veía ninguna. Ahora miraba el cielo, que a la altura del horizonte se estaba empezando a descomponer, y cogió otra mandarina, que tenía un tacto extraño y la vio blanda, su mirada pasó entonces a la mano y la vio también blanda y morada en algunas zonas. Se quedó de pronto inmóvil y miró de nuevo al cielo, pensando que aquella nebulosa había tardado ochenta años en recorrer el espacio y dejarse caer para poder mirarla de cerca.

Publicado la semana 11. 18/03/2018
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