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Sócrates

LA DISCRETA VENTANA

Desde mi atalaya, veía todas las mañanas el ajetreo incesante de la ciudad en las primeras horas del día. Mi ventana daba a una calle amplia, con dos carriles para los coches, con aceras adornadas con jardineras y algún que otro árbol.

A las 6 de la mañana veía a Panadero subir la persiana metálica de su establecimiento. Al poco rato, la chimenea de la panadería ya echaba humo y entonces el mundo olía a pan recién horneado y a hogar.

Del número 25, salía con prisa Madre joven, arrastrando tras de sí a una pequeña de 5 o 6 años. Siempre iban enfurruñadas: la madre recriminándole su lentitud; la niña, quejándose porque no podía caminar tan deprisa. Iba detrás de la madre, con pasitos cortos y apresurados, casi saltando. Llevaba un uniforme de rayas que le quedaba grande y que con seguridad podría usar varios años.

Señor del maletín salía del portal colocándose el nudo de la corbata. Usaba una elegante gabardina negra que aleteaba tras él mientras caminaba hacia la entrada del metro. El maletín le daba un aire de importancia y misterio. Eso me parecía a mí, al menos.

El Vagabundo que dormía en la entrada del banco también madrugaba. Doblaba sus raídas mantas con parsimonia y las metía en unas bolsas grandes que siempre llevaba con él. Miraba al cielo, se rascaba la cabeza, cogía sus cosas y se encaminaba a quién sabe dónde con su paso cansino.

Los días pasaban y yo seguía mirando por aquella ventana que me conectaba al mundo.

De noche contaba las estrellas y las veía desaparecer mientras amanecía.

Publicado la semana 53. 06/01/2019
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