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Sócrates

LA AMENAZA

Llevo el miedo sobre la piel desde hace varios días. Camino por las calles huyendo todavía no sé de qué. Un peligro intangible, un rostro sin rasgos me persigue. Su voz es lo que queda: perversa, susurrante, esquiva. Podía ser bella incluso –tan grave y modulada- si no fuera por la amenaza que destilan sus palabras a media voz.

Casi desearía un ataque frontal. Algo que rompa esta tensa espera.

Todas las caras me parecen sospechosas.

Al abrir el ascensor, le veo: sé que es él. 

Cuando recobro el conocimiento, compruebo con espanto que no puedo moverme. Tengo los ojos tapados. Hay alguien a mi lado que está cantando en voz baja. Intento hablar, y sólo me salen sonidos inconexos por el miedo. Él –sé que es él- me toma de la mano; me da unas palmadas y emite un sonido que intenta, sin conseguirlo, ser tranquilizador.  

_ Tranquila, cariño: la operación ha salido bien.

El terror me paraliza. Me pregunto quién es ese hombre que me habla como si me conociera de toda la vida.

Publicado la semana 47. 25/11/2018
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