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Sócrates

DE REPENTE, UN EXTRAÑO

Podría escribir que recordaré aquel hecho durante toda mi vida.

Os podría contar que no me lo pude quitar de la memoria en mucho tiempo o que, aún hoy, me despierto por las noches con la frente empapada de sudor y gritando de miedo.

Podría decir, incluso, que aquel acontecimiento marcó un antes y un después en nuestras vidas.

Podría decir todo eso, sí… pero sería mentira.

Sucedió una tarde de aquellas interminables tardes de verano, llenas de luz y juegos. Pecas, Bart, Bill, Zac, Ethan y yo jugábamos cerca del río. En sus orillas crecían los cañaverales que ese año estaban muy altos. Con ramas que habíamos pulido hacía unos días, íbamos golpeando los juncos que se arremolinaban cerca del agua. Pecas y Bart decían que iban a cazar ranas; Zac, Ethan y yo, queríamos encontrar alguna culebra de río. Bill sólo golpeaba aquí y allá, distraído y tranquilo.

Entonces lo vimos. Al principio pensamos que era un bulto de ropas que alguien había tirado. Se veía una camisa inflada por el agua, de cuadros rojos y negros, aún lo recuerdo. Bart quiso enganchar la camisa con la punta de su rama, pero entonces se detuvo.

—¡Joder, tíos! ¡Es un cadáver! —dijo soltando el palo como si le hubiera dado un calambre— ¡Es un maldito cadáver!

Los demás nos acercamos cuanto pudimos a la orilla. Además de la camisa de cuadros, asomaba del agua un pantalón manchado de barro y cubierto de hojas. Una mano asomaba del agua, blanca e hinchada. Quienquiera que fuese aquel desgraciado, estaba boca abajo. Sólo se veía una parte de su cabeza, con el cabello oscuro pegado al cráneo.

—Y ahora qué hacemos —preguntó Ethan—No podemos dejarlo aquí.

—¿Y si vemos quién es? —dijo entonces Pecas. —A lo mejor lo conocemos de algo —añadió.

Tenía una bota puesta en uno de los pies. Del otro sólo se veía el talón, tan blanco como la mano y lleno de arañazos.

—¿Le damos la vuelta para verle la cara? —insistió Pecas

—No seas bruto, chaval, eso no se puede hacer —le contestó Zac, algo inseguro.

Bill se acercó más al agua y entonces dijo:

—Creo que deberíamos avisar al alguacil. Si queréis, voy corriendo al pueblo. Los demás os podéis quedar aquí y que nadie se acerque. No tardaré mucho. —Todos sabíamos que él era el más rápido.

Bill salió disparado hacia el pueblo y los demás nos sentamos cerca de la orilla, sin dejar de vigilar a aquel pobre hombre, como si de pronto pudiera levantarse y escapar del río.

—Es uno de los que vienen a trabajar de jornaleros a los campos—dijo Zac.

—No, seguro que estaba borracho, perdió el equilibrio y se ahogó —le contestó Ethan.

—Del pueblo no es, fijo que no. Nos habríamos enterado —añadí inseguro.

No tardó mucho en llegar Bill con el alguacil. Llegaron en el viejo Ford, acompañados de dos agentes. En cuanto vieron el cuerpo se miraron entre ellos.

—Hala, chicos —nos dijeron. —Aquí ya no tenéis nada que hacer.

De nada sirvieron nuestras quejas. Nos echaron de allá sin contemplaciones. Subimos la loma que estaba por detrás del río, y estuvimos mirando situados entre unos arbustos, echados en el suelo para que no nos descubrieran. Desde allí vimos cómo lo sacaban del río, no sin mucho esfuerzo. Contuvimos el aliento cuando le dieron la vuelta y pudimos ver su cara pálida y sus ojos abiertos. No vimos mucho más; no estábamos tan cerca, pero eso nos bastó para tener muchos días de conversaciones sobre el mismo tema.

—Tenía los ojos azules, inyectados en sangre —aseguraba Ethan.

—Sí, ya, vaya, de dónde has sacado eso, si desde donde estábamos no podíamos ver tanto. —se burlaba Bill.

—Creo que alcancé a verle un revólver en el pantalón…

—Era muy viejo, yo diría que unos 40 años…

Así continuamos día tras día... Hasta que lo olvidamos por completo. Seguimos jugando; continuamos golpeando los cañaverales buscando ranas y serpientes.

Pero no volvimos a pasar por aquel recodo del río. Nunca.

Publicado la semana 46. 18/11/2018
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