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Sócrates

EL ABUELO TARASCO


Edelberto era su nombre.

Nunca fue a la escuela.

De su abuelo tarasco aprendió el oficio. Desde muy  chiquito le había visto trabajando el cobre en el taller. Su abuelo le dejaba porque veía arder en sus pequeños ojos negros la misma pasión que le devoraba a él.

De vez en cuando le daba un trozo de metal y le decía: "Golpea, pequeño, golpea". Y el crío era feliz con el pequeño martillo y el cobre, que cambiaba de forma con cada martillazo.

Su abuelo le enseñó con muy pocas palabras todo lo que él sabía.

Fundir el cobre, dejar enfriar, golpear y dar forma...

El taller olía a madera de pino y encina, que ardían en el horno para derretir el metal.

Fundir, enfriar, golpear...

Sus manos eran grandes, toscas, de uñas renegridas. Estaban encallecidas por el trabajo de tantos años. El cobre cobraba vida en sus manos,  y golpe a golpe, de ellas lo mismo salían ollas y hachas que finos aretes y adornos. 

Con el tiempo, su familia le animó a participar en concursos. La finura de sus trabajos y el mimo con el que trabajaba el cobre, le hacían merecedor de premios y reconocimientos.

Cuando tomaba por las tardes un tequila con los amigos, le decían entre risas: "Ya párele, amigo, déjenos ganar tambien a nosotros, no sea abusón..."

Continuó presentándose a concursos y ganando.

Un año decidió cambiar de material: sustituyó el cobre por la plata y les dijo a sus amigos: "Ándenle, pues, esta vez les dejo".

Aquel año ganó el primer premio por su trabajo Luna de plata.

Publicado la semana 45. 11/11/2018
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