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Sócrates

RÉQUIEM

Era tarde cuando llegó a su casa. Había intentado salir antes de la oficina, pero el jefe le había dado más trabajo justo cinco minutos antes de salir. Gilipollas. Seguro que se dio cuenta de que andaba un tanto distraída.

Coches en la carretera. Sacudió el volante varias veces, llena de impaciencia. El supermercado lleno de gente ociosa, que le impedía avanzar con rapidez. Una cola larga en la caja a la hora de pagar. Tenía el estómago encogido y la úlcera le estaba empezando a doler.

Todo le estaba saliendo al revés de como había pensado.

Ya en casa, el vaso de vino antes de hacer nada. Como en las películas americanas, pensó distraída. Todavía tenía tiempo antes de la cena, pero le habría gustado contar con un poco más, para no andar a la carrera.

Puso todos los ingredientes encima de la mesa y comenzó a leer la receta de la tablet que tenía en un soporte.

“Picar muy finamente la cebolla y los champiñones…”

Para qué tanto esfuerzo, se preguntaba, cómo había vuelto a caer en aquel lío. Ahora se arrepentía de haber aceptado. Pero ya era demasiado tarde.

“Agregar una pizca de tomillo, sal, pimienta y el licor…”

Tomillo. El olor le hizo regresar a la Toscana, antes de que todo empezara, antes de que todo se estropeara. Aquel viaje fue todo luz y tranquilidad. Con un suspiro, dejó el tomillo en la mesa y se obligó a seguir leyendo la receta.

 “Dorar la carne en una sartén o plancha con dos cucharadas de aceite de oliva…”

El color dorado del aceite le hizo volver a la Toscana. Era difícil no recordar aquellas tardes paseando entre las hileras de cipreses que zigzagueaban a lo largo del camino.

“Precalentar el horno a 200 ºC con calor arriba y abajo…”

Ya estaba casi listo. Sintió una especie de paz, un calor que emanaba de dentro. O quizá sólo era el efecto de las dos copas de vino que había bebido.

“Dejar reposar 10 o 15 minutos antes de cortarlo con un cuchillo de sierra en rebanadas…”

Dejó el cuchillo de sierra a un lado, por si tenía necesidad de usarlo más adelante.

Et voilà !

Encendió las velas. La mesa estaba perfecta. Había terminado justo a tiempo. Se quitó el delantal; sacudió una mota invisible del jersey; se compuso la melena. El espejo le devolvió la imagen de una mujer todavía joven, con ojeras y una mirada de determinación y desafío.

Puso un cd de música clásica. Réquiem de Mozart. Muy apropiado.

Oyó la llave abriendo el portal.

Oyó sonido de las pesadas botas subiendo las escaleras.

Oyó los pasos acercarse a su puerta.

Esperó la llamada del timbre.

Estaba lista.

Publicado la semana 40. 07/10/2018
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