Semana
38
Sócrates

UNA MUERTE SIN ROSTRO

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Llegó con el tiempo justo al tanatorio. El mostrador estaba vacío. En un panel a la derecha de recepción, se mostraba una lista de nombres. Ahí estaba: R. Gómez. No recordaba el nombre que le había dicho su mujer. Quizá era Raúl o Ramón o Ramiro, maldita memoria de pez. En la sala había varias personas -sentadas unas, de pie otras- hablando en voz baja. Incómodo, se acercó a una señora mayor, que tenía los ojos llorosos y un pañuelo blanco en la mano. Su mujer. "Su viuda" -se corrigió- mientras se acercaba a ella. Con voz cautelosa le dio el pésame. La mujer le miró con un leve gesto de sorpresa. "Le acompaño en el sentimiento…Parece mentira…No somos nadie…" Le dijo todas las frases que se suponía tenía que decir.  Se acercó después al féretro y echó una ojeada al finado. Al principio no se atrevió a mirar más que las manos. Luego levantó la mirada y le miró a la cara. Parecía dormido y tranquilo; la verdad es que no se acordaba de él para nada.

Salió de la sala.

Había una joven detrás del mostrador de recepción con una sonrisa de anuncio. Se fijó en el letrero: “Pregunte en recepción”. A buenas horas, pensó. Al llegar al coche, vio que tenía un mensaje de su mujer en el móvil: “Espero que te puedas acercar al tanatorio. Recuerda que la señora se llamaba Remedios Gómez”.

Publicado la semana 38. 23/09/2018
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