Semana
35
Sócrates

DÍAS PASADOS POR AGUA

Género
Relato
Ranking
0 21 0

El problema no era que no le gustaran los animales. Le encantaban, de verdad. Qué feliz era feliz era en la aldea, con su perro y sus ovejas.

Ahora, sin embargo, se sentía observado por miles de ojos. Ojos inquietos y oscuros. Sus alientos cálidos constantemente en su nuca. Le desesperaba el impaciente golpeteo de sus patas y pezuñas sobre la madera del barco. No había un rincón donde pudiera estar solo. Y los sonidos… los sonidos le estaban volviendo loco. Bramidos, gruñidos, trinos, balidos, silbidos, maullidos, cacareos, graznidos, cloqueos, rugidos, aullidos, zumbidos, gorjeos, mugidos, zureos, relinchos, ladridos…

Con un suspiro, Noé se dio la vuelta en su duro camastro de paja. Estaba lleno de pulgas, maldita sea.

(“¡Perdón, Señor!”, pensó rápidamente levantando los ojos al cielo)

A la mañana siguiente, después de una mala noche, subió a la cubierta del arca lleno de desaliento. Le hubiera encantado comerse un par de huevos para desayunar, pero algunas de las gallinas que habían subido al arca, habían muerto del susto el primer día de tormenta y había que vigilar a las restantes. Hubiera preferido subir algunas más, pero las órdenes del Señor fueron tajantes: “Sólo siete de cada especie” … y mira que se lo dijo: “Señor, no van a aguantar tanto tiempo lejos de la tierra”, pero no le había hecho ni caso. Los gallos andaban perdidos por la cubierta e incluso le habían dicho que habían encontrado a uno en la jaula de los patos.

El cuervo que había enviado días atrás para ver si encontraba tierra seca, había vuelto malhumorado una y otra vez. En la última ocasión que lo quiso mandar se había negado a volar de nuevo y andaba enfurruñado y digno en un palo del barco. Noé le lanzó, en un arrebato lleno de justa indignación -así lo creía él, al menos- un hueso de aceituna, que no alcanzó al pobre bicho.

(“¡Perdón, Señor!”, musitó de nuevo)

Había vuelto a enviar a una paloma para ver si acertaba allá donde el cuervo había fallado. Habían pasado ya siete días y estaba esperándola con impaciencia. Como no trajera una señal de que las aguas estaban descendiendo no sabía cuánto tiempo iba a poder aguantar en aquella maldita embarcación.

(“¡Perdón, perdón, Señor!”)

Vio llegar al ave. Traía algo en el pico, una ramita. Y Noé sintió deseos de llorar.

Al pasar junto al cuervo enfurruñado, dio un golpe con el codo al palo donde estaba apoyado y el cuervo perdió el equilibrio, aleteando furiosamente unos instantes.

“¡A volar, pajarraco!”

Y esta vez no se acordó de pedir perdón a los cielos.

Publicado la semana 35. 02/09/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter