Semana
26
Sócrates

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“Por favor, que no me alcancen, Por favor, que no me alcancen”.

Repetía la frase de manera maquinal, como si de un mantra se tratase. Si se acordara de cómo era (si creyera en algo o en alguien) rezaría. Pero la última vez que lo hizo era un niño angelical vestido de marinero. El tiempo se encargó de borrar todo rastro de credulidad e inocencia.

Faltaban unos metros para llegar a la sala. Sentía las respiraciones agitadas detrás de él. La suya propia, agónica. Maldita sean los cigarrillos y su poca capacidad pulmonar.

Tuvo el tiempo justo para llegar a la mesa y vaciar el contenido de la cápsula en el vaso. Casi inmediatamente, apareció el hombre de la gabardina con el matón de las espaldas anchas, y entre los dos le redujeron. Veinte minutos después tenía la cara irreconocible y el convencimiento de que no saldría de ésta. Los labios estaban resecos y ensangrentados y, dentro de la boca, sentía la lengua áspera e hinchada. En unos segundos interminables vio cómo cogía el vaso de agua y continuaba hablando. “Calla de una vez, maldito. Calla y bebe el agua”, quiso gritarle. Pero el hombre de la gabardina parecía no tener ganas de beber en ese momento y estaba a punto de dejar el vaso, de nuevo, sobre la mesa. Por fin se le ocurrió. Tenía que ser ahora o nunca. Con voz apenas audible musitó:

—Agua. Dame agua, por favor…

Le conocía de sobra para saber que su debilidad provocaría en el otro más desprecio. Riendo y sin dejar de mirarle, el hombre levantó el brazo, se llevó después el vaso a los labios y bebió con satisfacción un largo trago.

—¡A tu salud! –tuvo aún tiempo de decir.

Publicado la semana 26. 01/07/2018
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