Semana
12
Sócrates

NICTÁLOPE

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Relato
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Mis monstruos llegaban, invariablemente, por la noche.

Y entonces a casa se me hacía insoportable y no me bastaba con calentarme una taza de leche o ponerme a leer un rato. Eso era hace muchos años, tantos que ya no recuerdo cuántos, cuando cualquier interrupción del sueño era bienvenida. En aquellos tiempos, aprovechaba para lavarme un poco los ojos y retomar el libro que tenía encima de mi mesita de noche, con la confianza de que en cuanto yo quisiera –amo y señor de mi sueño y de mis desvelos- retomaría mi descanso allí donde lo había dejado.

Pero eso ya había pasado a la historia. Sentía la pesada maldición del insomnio, con sus imprecisas pesadillas, dos o tres veces por semana. Y yo sabía que no había nada que hacer. Con cansancio, me vestía y salía al frío de la noche o a la templanza de las noches de primavera o de las ventosas madrugadas de otoño. Tanto daba. No tenía ni siquiera que pensar: mi cuerpo, mis piernas, tomaban la ruta que les parecía sin que yo tuviera que intervenir apenas. A esas intempestivas horas, todo estaba en silencio; los bares ya habían recogido y sólo me encontraba a alguna que otra persona volviendo presurosa al calor de algún hogar perdido. Apenas me miraban. Sé que quizá despertaba alguna curiosidad ver a alguien paseando, al parecer, sin rumbo, el paso tranquilo, nada apresurado. Yo procuraba no mirar a nadie: si despertaba curiosidad no era mi problema. Era un nictálope nada peligroso. Mis demonios…eso era otro cantar. Los monstruos me seguían allá donde yo fuera. Si mi intención era exorcizarlos saliendo de casa, desde luego no conseguía nada.

Procuraba evitar las calles estrechas porque los edificios muy juntos me hacían sentir una opresión en el pecho que me ahogaba. Si levantaba los ojos a las ventanas –algo que procuraba evitar a toda costa- creía ver los ojos rojizos de las aves nocturnas mirándome con miradas malignas, con ira. Detrás de cada persiana, de cada visillo, había un par de ojos de nictálopes, como los míos, esperando un traspiés, una caída, para abalanzarse sobre mí.

Al final de todos mis caminos estaba el mar. Sólo allí se me serenaba el espíritu. Daba igual que fuera una noche de tormenta y la furia de las olas se desatase en el rompeolas. El sonido del agua embravecida y el clamor del viento inquieto y amenazante daban la paz que tanto ansiaba a mi atormentado espíritu. Sólo entonces iniciaba el camino de regreso hacia la tibieza de mi hogar. A veces, sin embargo, ni siquiera este ritual bastaba y al llegar a mi casa me reencontraba de nuevo con mis monstruos. Entonces, con la resignación que dan los años, me metía de nuevo en la cama, sacaba del cajón una gran lupa que allí guardaba y me ponía a buscar palabras extrañas en cualquier diccionario de letra muy pequeña.

Así convivimos durante muchos años mis pesadillas y yo, no como viejos amigos, sino con la comodidad de un matrimonio viejo que no necesita palabras para comunicarse.

Publicado la semana 12. 19/03/2018
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Faithless - Insomnia
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