Semana
09
Rubén Chacón Sanchidrián

RELATOCRACIA - Strawberry Red Velvet Moccha

Género
Relato
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Durante toda la mañana, Freddy no fue capaz de concentrarse en otra cosa que no fuese aquel bulto duro y lleno de aristas que, desde el interior del bolsillo derecho de su pantalón, le oprimía el muslo. A pesar de que trabajar varias horas de pie embutido en unos calzoncillos empapados con tus propios meados no es ningún plato de buen gusto, rígido como estaba de aprensión, Freddy no sentía más que el cañón de la Liberator lacerándole la carne de la pierna.

Cuando tenía que desplazarse desde el mostrador hacia el aparador que albergaba el utillaje, hacia los expositores de tartas, o hacia el office para depositar las tazas usadas y reponer de vuelta la vajilla limpia, ponía todo su empeño en hacerlo con el sigilo y la ligereza de un gamo, por miedo a que la pistola se disparase accidentalmente, haciendo volar en pedazos precisamente aquella parte de su cuerpo gracias a la cual las Madres Malthusianas le habían conservado con vida.

- Tendría cojones la cosa –se habría dicho a sí mismo sarcásticamente si las circunstancias no le hubiesen desactivado por completo su ya de por sí limitado sentido del humor.

Como era habitual, las chicas que elegían aquel TrooTea, de entre todos los establecimientos diseminados por Manhattan, lo hacían precisamente porque él trabajaba allí. Freddy se había convertido en el mejor reclamo publicitario de la cadena de teterías y cafeterías más famosa de La Sororidad y, como era lógico, ninguna de aquellas mujeres dejaba escapar la oportunidad de hacerse una foto con él, para compartirla en la Red y despertar la envidia de sus congéneres.

En otra época se podría haber dicho de Freddy que no era muy agraciado (por no reconocer que era más bien feo). Además, ya no estaba precisamente en la flor de la vida: se había pasado más de 40 años encerrado en aquel establo. Su piel, que no había recibido más luz que la de los despiadados focos que se encendían durante el proceso de ordeñado, lucía cetrina y fofa. El pelo canoso, lacio y grasiento, aplastado contra su frente, le proporcionaba un toque de imbecilidad que nada contribuía a paliar aquella ridícula indumentaria de payaso corporativo que le obligaban a ponerse. Sin embargo, no existía en leguas a la redonda ningún otro hombre con el que compararle, por lo que la sonrisa que las clientas exhibían a su lado era de sincero entusiasmo, cuando no de auténtico fanatismo.

Eso sí: estaba terminantemente prohibido tocarle o hacerle donaciones de karma. Y así lo estipulaba en los enormes carteles que decoraban el establecimiento. Con todo y con eso, Freddy sentía que debía mostrarse agradecido con las directivas de TrooTea, pues como no paraba de recordarle Lydia, su jefa regional…

-Una cosa es que la franquicia haya tenido el gesto de humanidad de proporcionarte un empleo donde puedas desarrollarte como persona –le decía acompañando sus palabras con dulces pero firmes cachetitos en su mejilla izquierda- y otra muy distinta que te aproveches de tu posición para enriquecerte, ¿verdad Freddy…?- Y Freddy, que lejos estaba de sospechar el multimillonario compromiso que TrooTea había adquirido con las Madres Malthusianas por explotar sus derechos de imagen, asentía sumiso mientras sonreía bobaliconamente.

La misma sonrisa pánfila que lucía en las decenas de miles de selfies que las clientas se habían hecho a una distancia prudencial de él.

Sin embargo algo le debía pasar hoy a Freddy porque aparecía demasiado serio, como ausente, en los retratos que a lo largo del día se iban subiendo a la Red.

- ¡Precisamente hoy que hemos lanzado la campaña #FreddyCool para promocionar la nueva línea de batidos fríos… –se quejaba amargamente alguna gerifalte en los cuarteles generales de la compañía- …y a este retrasado le da por dejar de sonreír! ¡Hombre tenía que ser…!

Y es que Freddy no podía dejar de reproducir una y otra vez en su cabeza la conversación mantenida por biocell hacía apenas unas horas con aquella desconocida:

- Pe..., pe..., pero –recordaba haber balbuceado, mientras con una bola de papel higiénico se restregaba frenéticamente la meada pernera de su pantalón-, suponiendo que estuviese dispuesto a hacer lo que usted me pide (cosa que dudo mucho que vaya a conseguir), ¿cómo podría estar seguro de que estar frente a la persona correcta...?

- Como ya le he detallado, antes del mediodía, una mujer entrará en el establecimiento y le solicitará el único Strawberry Red Velvet Mocha que le han pedido en los últimos tres meses. Y, si hace lo que le pedimos, le garantizo que será el último que sirva –reiteró la anónima voz-. No obstante, por si estos datos no fuesen lo suficientemente específicos, le facilitaré otro que le despejará cualquier duda: el rostro y la voz de la mujer en cuestión le resultarán tremendamente familiares. Créame, cuando esté frente a ella, no le cabrá la más mínima duda…

- Y, ¿por qué yo…? –gimió desconsolado, al borde de un ataque de ansiedad-. ¡¿Por qué he de ser precisamente yo quien lo haga…?!

- ¿Usted quiere que le vuelvan a encerrar en un establo Sr. Tizzone? –preguntó con exasperación la desconocida, cuyo cascado timbre dejó traslucir por primera vez que se debía tratar de una mujer realmente mayor.

- ¡No! –gritó Freddy que, como un resorte se incorporó de repente, golpeándose en la parte posterior de la cabeza contra el colgador metálico que sobresalía de la puerta de la letrina en la que estaba encerrado-. ¡Eso jamás! –concluyó afligido, mientras se restregaba con ahínco el cuero cabelludo que recubría su hueso parietal.

Aquel siniestro diálogo que se había quedado grabado a fuego en su mente, fácilmente podría haberse desarrollado en bucle más de mil veces a lo largo de los últimos 280 minutos. Con la vista clavada en el gigantesco símbolo de Venus que decoraba el muro opuesto de la tetería, cuyo interior albergaba un no menos enorme reloj de pared, Freddy era perfectamente consciente de que la frecuencia de las contracciones, los espasmos y los sudores fríos que recorrían todo su cuerpo, cada vez era menor.

Un nuevo pensamiento invadió su mente, sustituyendo el recurrente diálogo que se reproducía en bucle. Y el pobre Freddy hasta habría sentido un hondo alivio de no ser porque ese nuevo mantra era aún más aciago: Ya va a ser la hora; ya va a ser la hora; ya va a ser la hora; yavaserlahora; yavaserlahora; yavaserlora; yavaserlora…

En su frenesí, la tentación de salir corriendo era demasiado fuerte. Casi tanto como las ganas de vaciar el tambor de la Liberator sobre la primera clienta que le viniera a pedir lo que fuese. Pero ninguna de las dos tentaciones superaba el pavor que le producía la simple idea de regresar a un establo. Antes habría preferido atravesarse los sesos con una de aquellas balitas de juguete.

Cuando de pronto todo su cuerpo se contrajo. El tsunami de adrenalina que recorrió todo su ser de los pies a la cabeza fue de tal intensidad que poco le faltó para perder el conocimiento. La reconoció aún antes de que entrase en la tienda; antes incluso de verla ya sabía que era ella: la captó por el rabillo de su ojo mientras caminaba despaciosa y pesadamente por la acera contigua a los grandes ventanales de la tetería, sosteniéndose y acariciándose delicadamente el abultado vientre con sus manitas menudas. Supo que era ella mucho antes de que se le aproximase sorprendida y francamente feliz de verle y le dijese…

- ¡Freddy! ¡Oh, Freddy, eres tú, ¿verdad?! –y, de no haber sido porque un grupo de clientas que la observaban (entre avergonzadas por la escena y estupefactas porque se hubiera atrevido a mostrar en público su avanzado estado de gestación) lo hubiesen impedido, señalando con mucha vehemencia a los carteles que instaban a no hacerlo, Vanessa Womb le habría abrazado fervorosamente, pues sus brazos extendidos en toda su envergadura y el resto de su lenguaje corporal así lo indicaban. Una vez recuperada la compostura, y consciente de que el resto de las mujeres allí congregadas no le quitaban el ojo de encima, como viera que Freddy no reaccionaba, le lanzó una puyita de las suyas-. Bueno…, como veo que no te invitas a nada, ya lo pediré yo… A ver, a ver –entonó jocosa simulando que dudaba entre las ofertas del expositor-, creo que será un…

Pero Vanessa no pudo completar su pedido.

De pronto se cernió en el interior del establecimiento un silencio tan denso que, en entrevistas posteriores, muchas de las testigos que lo vivenciaron, declararían que casi percibieron como la luz que entraba por los vastos ventanales llegó a menguar y las bombillas de las lámparas languidecieron.

Si algunas de ellas habían llegado a reconocer a la mismísima Vanessa Womb en la embarazadísima chica que entró en el TrooTea de Hell’s Kitchen exactamente a las 10:56 de aquella mañana, a ninguna de ellas se le escapó quién era la anciana que accedía a la tetería inmediatamente detrás de ella, abordándola por detrás y encañonándole la sien con una pistola.

- Segá un Stgawbegui Gued Velvet Mocha, pog favog –ordenó la recién entrada en escena.

¡Aquella visión; aquellas palabras; aquella voz! –Freddy advirtió como la oxidada y mellada sierra de la demencia cercenaba el cuerpo calloso de su cerebro, provocando que los dos hemisferios de su maltrecha cordura rodasen desparramados por el suelo…

Y, justo antes del griterío, retumbaron dos tiros y, todavía, otro más.

Publicado la semana 9. 26/02/2018
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Paranoid Android , Tony Roma's, Utopia , De noche, En la cama, Con ganas
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