52
Rubén Chacón Sanchidrián

RELATOCRACIA - Abrazos profesionales

Silencio.

Silencio y penumbra cuarteada.

Penumbra cuarteada por multitud de afilados y deslumbrantes haces de luz.

Deslumbrantes haces de luz que impactan sin lacerar sobre dos cuerpos abrazados.

Dos cuerpos abrazados: hombre y mujer como si fueran un solo ser. En comunión. En silencio.

Silencio que quiebra ella para decir:

- Me has salvado la vida – aunque es la frase que le han sugerido que pronuncie, no está segura de que fuera exactamente la misma que saliera de su boca. Hacía ya tantísimo de todo aquello…

- Soy yo quien te debe la vida… -susurra él, fingiendo tanta emoción que roza la impostura. A continuación reitera en un hilo de voz- te debo la vida.

La sorpresa y el asombro de ella [¿realmente fue así…?] ceden frente a la presión de su abrazo. Aquellas manos fuertes, extremadamente cálidas, la sostienen con firmeza propia de recias raíces añosas, trasmitiéndole una sedante sensación de seguridad y cobijo que no sabía que tanto anhelaba. No tardó en perder por completo la capciosa noción del tiempo. Toda ella se evaporó y se concentró en un único pensamiento de recurrencia tan recurrente que se volvió una constante: daría lo que fuese por regresar una y otra vez a ese momento; porque se dilatase eternamente… Haría lo que hiciera falta porque aquella inconmensurable conmoción no cesase nunca.

- Estaba muerto en vida y tú me reconociste y me reclamaste, llamándome por mi verdadero nombre –la voz de él, impregnada por un arrebatador agradecimiento extático, parecía atravesar océanos de tiempo- ¡Estaba condenado a una existencia miserable y tú me redimiste!

¡¿Sería posible…? Aquel hombre estaba pronunciando las palabras exactas! Y en su mente volvieron a formarse espontáneamente aquellas dos analogías idóneas del amor perfecto, las imágenes que durante tanto tiempo la acompañaran y sostuvieran: la del interior de un intrincado e inexpugnable cerrojo, y la de una de aquellas antiguas llaves metálicas penetrando lentísima y lascivamente (clic, clic, clic…), por el estrecho ojo de la cerradura, hasta el fondo; dejándose abrazar sensualmente por todos y cada uno de los fríos engranajes (clic, clic, clic…), los mismos que, ante la presencia y la presión de cualquier otro cuerpo intruso, habrían supuesto una barrera infranqueable; encajando de una forma tan precisa y eficaz (clic, clic, clic…), que sólo cabe deducir que están hechos la una para el otro; la otra para el uno... ¡Un match perfecto!

>> Permíteme que dedique lo poco que me queda de vida a honrarte y a venerarte –continuó él, dejándose caer sobre sus rodillas, recostando la cabeza sobre el vientre de ella e imprimiendo a su abrazo, a la altura de sus nalgas, la fuerza de la desesperación-. Estaba preso y tú me liberaste. Déjame que sea yo ahora quien te rescate de este sinsentido que está a punto de acabar con nosotros; con todos nosotros. Aprendamos juntos a amarnos sin condiciones… ¡Demostrémosle al mundo que es posible! ¡Que aún no es demasiado tarde! ¡Que hay esperanza…!

Sin embargo, aunque la interpretación es notable, y la tentación de creerle muy fuerte, ella sabe que se trata de un impostor. Todo su cuerpo, cada rincón de su mente, le dice que ceda ante el delirio. Pero, muy a su pesar, aún no está tan loca, tan desesperada, como para dejarse engañar. Quisiera postergar la desilusión, pero el penetrante frío de la realidad le muerde la carne a medida que el hechizo se desteje. Y llora, sin aspavientos ni gimoteos, llora desapercibidamente lágrimas descomunales, que, al irse a estampar contra el crudo suelo de madera, cincelan el logotipo de su consternación y su soledad: una estrella de puntas abiertas que le recuerda a la representación que solían adoptar en los cómics de su infancia las colisiones devastadoras, los golpes más atroces, las hostias como panes…

- ¿Cómo es que conoces las palabras? –le preguntó ella fríamente, desasiéndose lenta pero resueltamente de su abrazo.

- Las aprendí del Maestro: del mismísimo Freddy Tizzone –aseveró él, al tiempo que hizo sonar la fina campanilla que señalaba el final de la sesión.

Vanessa sabía que lo que aquel hombre afirmaba no era posible. Era tan factible que el pobre diablo ignorase que Freddy llevaba 14 años muerto, como inadmisible que hubiera sido él quien le enseñase aquella letanía. Entre otras cosas porque expiró entre sus brazos en aquella absurda tetería… Pero, sobre todo, porque Freddy jamás le habría repetido a otra persona aquellas palabras, aunque no hubieran constituido el epílogo y el epitafio de su existencia, porque tan sólo la habían tenido a ella como una única destinataria: el amor de su vida.

Aceptó la mano que le tendía aquel abrazador profesional para incorporarse. Se dirigió lentamente hacia la puerta y, antes de abandonar la estancia y ceder su lugar a otra de las innumerables mujeres que aguardaban impacientes su turno para ser abrazadas, se volvió para compartir una reflexión:

- Cuando yo era joven, era raro el día en que un hombre llegaba a abrazar, siquiera una vez al día, a una mujer. Algunos porque no tenían oportunidad; otros porque no supieron aprovecharla…

- Pues tanto los unos como los otros eran muy afortunados, mujer. ¡Lo que daría yo por  no tener que abrazar a nadie un solo día! –rezongó el otro, evidenciando su incomodidad para librarse cuanto antes de la presencia de Vanessa. Y dirigiéndose hacia el chaval que esperaba inmóvil, acuclillado en una esquina de la habitación, dijo con voz rotunda-: Así que date prisa en crecer, muchacho. Necesitamos más brazos masculinos entre los que repartir esta penosa tarea…

De la mano a su hijo, caminando en sentido contrario a cientos, miles de mujeres que esperaban la limosna de aquel cariñoso gesto, que otrora fuera santo y seña de la humanidad, abandonó para siempre Vanessa la Casa de los Abrazos, con el profundo temor de que quizás nunca fuese posible una igualdad real entre hombres y mujeres.

A pesar de su corta edad, el chico gozaba de una sensibilidad y una empatía tan fuera de lo común que, al ver rodar las lágrimas sobre el rostro de su madre, preguntó con franca inquietud:

- ¿Qué te ocurre, madre…? –al tiempo que apoyaba su tierna mano sobre la humedecida y temblorosa mejilla de Vanessa Womb.

Y, una vez más se constató que, ante casos puntuales de extrema necesidad -en los que, a causa de un claro cuadro de arritmia provocada por un fallo en el sistema eléctrico del alma, se está a punto de perder definitivamente la esperanza-, no existe (ni existirá) mejor desfibrilador que el candor y la devoción de una caricia, cuyo sutil roce tiene la capacidad de emitir el impulso de corriente continua que se requiere para despolarizar simultáneamente todas las partículas elementales que componen la voluntad, de manera que ésta pueda recuperar el entusiasmo habitual.

- No es nada, mi querido René. Todo va a salir bien –respondió Vanessa con un nuevo brillo en su mirada, zambulléndose dulcemente a través de aquellos iris de menta, muy al fondo de los ojos de su hijo-. Porque, después de todo, puede que el amor sí sea suficiente…

Publicado la semana 52. 26/12/2018
Etiquetas
Alma (Gustavo Santaolalla) , The Leftovers , De noche, En la cama, Con ganas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
52
Ranking
0 159 7