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Rubén Chacón Sanchidrián

RELATOCRACIA - Mutaciones metafísicas

Si bien es cierto que las mutaciones metafísicas –las transiciones radicales y globales de la visión del mundo adoptadas por la mayoría- son extremadamente raras en la historia de la humanidad, todo parece indicar que sus ciclos se van acortando en el tiempo, de manera que el encabalgamiento de una nueva era con respecto a la anterior se produce cada vez más frecuentemente.

Tampoco se puede decir que las mutaciones metafísicas -como muy acertadamente apuntó Michel Houellebecq (a pesar de ser un hombre), en Las Partículas Elementales- devengan del declive o del debilitamiento espiritual de una determinada sociedad. Cuando apareció el cristianismo, el Imperio romano se hallaba en su máximo apogeo: gracias a una perfecta organización y a una superioridad técnica y militar sin precedentes, dominaba la totalidad del mundo conocido. Y, sin embargo, no tuvo la más mínima oportunidad…

Del mismo modo, cuando la ciencia moderna hizo su entrada en escena, el cristianismo había desarrollado un sistema completo de comprensión del hombre y el universo; consagraba y aseguraba, dios mediante, el gobierno de los pueblos, atesoraba el saber de la época y era la principal fuente promotora de conocimiento y creación artística, decidía tanto la paz como la guerra, organizaba la producción y la distribución de los bienes…  Y, sin embargo, nada de todo eso impidió su colapso…

Asimismo, cuando La Sororidad impuso su cosmovisión, la razón instrumental (en cuyo nombre se emplearon los métodos científicos y tecnológicos más eficientes jamás conocidos para que el Patriarcado alcanzase las cotas más extremas de barbarie), garantizaba que 999 de cada mil decisiones políticas, económicas, empresariales, militares, culturales y religiosas que se tomaban a nivel mundial fuesen adoptadas por hombres. Y, aún así, la caída del régimen machista fue inevitable…

En cuanto se produce una mutación metafísica, como si de una gigantesca estrella de neutrones se tratase, esta radical transición universal se desarrolla sin encontrar ninguna oposición ni resistencia hasta sus últimas consecuencias. Barre, sin siquiera reparar en ellos, los sistemas económicos y políticos, los juicios estéticos y las jerarquías sociales. No hay fuerza humana que pueda interrumpir su curso…, salvo el surgimiento de otra mutación metafísica.

A causa de las circunstancias extraordinariamente particulares con las que tuvo que lidiar, Claudia Löffler se consideraba a sí misma una de las artífices más conscientes y lúcidas del advenimiento de la nueva Era. Quizás por ello, caminaba con un paso completamente impropio de una persona con 68 años de edad, en dirección norte, bajo las abigarradas luces nativideñas de la décima avenida de Manhattan, atrayendo inevitablemente las miradas de las viandantes a las que apartaba bruscamente de su camino. No se percataba de que, cual cometa, arrastraba a sus espaldas una estela de aterrorizadas y curiosas seguidoras, tan imbuida como estaba en rumiar su íntimo convencimiento de que había sido la principal artífice de la última y, en muchos sentidos, más radical mutación metafísica, que había inaugurado un nuevo período en la historia del mundo. Pero se equivocaba.

Del mismo modo que volvió a equivocarse cuando, al detenerse bruscamente –provocando no pocos pisotones, empujones y colisiones por alcance entre su cohorte de prosélitas-  a la altura de Chelsea Park, para contemplar con desdén un ajado y descolorido póster en el que su rostro lucía un insultante y dictatorial bigotito, pensó que aun viviría el tiempo suficiente como para revertir la situación provocada por el “CloistersGate”, a raíz de la difusión de las imágenes grabadas por Vanessa Womb en el interior del convento de Washington Heights.

Giró a la izquierda por la calle 34 y, al llegar a la esquina con la undécima avenida, se detuvo para contemplar cómo se recortaba el dinámico perfil del recientemente inaugurado Centro de Convenciones Virginie Dorantes contra la lóbrega melancolía del río Hudson. No se cansaba de bautizar edificios y espacios públicos con el nombre de su eterna rival. A medida que se aproximaba a la tetería que ocupaba toda la planta baja de aquel magnífico edificio, la sonrisa de Claudia iba ganando terreno sobre su rostro. Creía que nada podría hacerle más feliz que imaginar a la Dorantes revolviéndose en su tumba cada vez que el poder de la Hermana Löffler se nutría mancillando el buen nombre de su inmaculada antagonista. Y aunque, en realidad, era el tercer error que cometía en esa histórica mañana, a todos los efectos para la llevanza subjetiva de la contabilidad de sus yerros, aquella constituyó la primera vez que fue consciente de que se hubo equivocado a lo largo de aquel día.

Se dio cuenta en cuanto la vio emerger de la boca del metro al final de la calle. Caminaba despaciosa y pesadamente en dirección a Trootea por la acera contigua a las grandes vidrieras de la tetería, sosteniéndose y acariciándose delicadamente el abultado vientre. Y, súbitamente, se percató de que había algo en la vida que le proporcionaría mayor placer que continuar profanando sine die el nombre de Virginie Dorantes.

La perspectiva de la muerte de su propia hija debería suponer el peor de los escenarios posibles para cualquier madre. Claudia lo sabía. Y precisamente por eso también sabía que hacía tiempo que debía de haber persido el último vestigio de su humanidad, porque nada en este mundo se le antojaba más delicioso que acariciar la posibilidad de atravesar la preciosa cabecita de Vanessa Womb con una esbelta, aerodinámica y contundente bala.

Acarició por debajo del sayo la tersa frialdad de su Remington Magnum del calibre 44 –uno de los pocos revólveres que se conservaban de los tiempos del Patriarcado, por haber pertenecido a un famoso actor que encarnaba como nadie el prototipo sociópata en el que se basó el modelo de masculinidad que incentivó, en última instancia, el surgimiento de La Sororidad- y lo amartilló antes de colarse en la tetería tras su presa.

Tan pronto como pisó el interior del establecimiento, la algarabía reinante fue sustituida por un silencio tan hosco y denso que, en entrevistas posteriores, muchas de las testigas que lo vivenciaron, declararían que casi percibieron como la luz que entraba por los vastos ventanales llegó a menguar y las bombillas de las lámparas languidecieron.

Si algunas de ellas habían llegado a reconocer a la mismísima Vanessa Womb en la embarazadísima chica que entró en el TrooTea de Hell’s Kitchen exactamente a las 10:56 de aquella mañana, a ninguna de ellas se le escapó quién era la anciana que accedía a la tetería inmediatamente detrás de ella.

- Bueno…, como veo que no te invitas a nada, ya lo pediré yo…  –entonaba jocosa Vanessa, justo en aquel momento, simulando que dudaba entre las ofertas del expositor-. A ver, a ver creo que será un…

- Segá un Stgawbegui Gued Velvet Moccha, pog favog –ordenó la recién entrada en escena, abordando a Vanessa por detrás y encañonándole la sien con su descumunal pistolón.

¡Aquella visión; aquellas palabras; aquella voz! –Freddy advirtió como la oxidada y mellada sierra de la demencia cercenaba el cuerpo calloso de su cerebro, provocando que los dos hemisferios de su maltrecha cordura rodasen desparramados por el suelo…

“El rostro y la voz de la mujer en cuestión le resultarán tremendamente familiares. Créame, cuando esté frente a ella, no le cabrá la más mínima duda…”

Las proféticas palabras, pronunciadas a través de su biocell por aquella desconocida, regresaban amargas como un reflujo de bilis. El tsunami de adrenalina que recorrió todo su ser de los pies a la cabeza fue de tal intensidad que poco le faltó para perder el conocimiento. Inconscientemente, extrajo del bolsillo de su pantalón, aún húmedo de orines, una pistolita de un brillante y verdoso blanco casi fluorescente –que, frente a la Magnum con la que Claudia Löffler encañonaba a Vanessa, parecía de juguete- y la sostuvo, con mano temblorosa, delante de su cara.

La Hermana Löffler estaba tan segura de que Freddy no se atrevería a dispararle que se permitió el lujo de emitir una sonora carcajada y aflojar la presa que mantenía sobre Vanessa Womb, quien aprovechó la oportunidad para arrojarse al suelo. No sabemos cuántas equivocaciones más podría haber cometido la anciana lideresa de La Sororidad aquella jornada, si hubiera sobrevivido más allá del mediodía. Lo que sí sabemos es que aquel cuarto error de cálculo -segundo en su cuenta personal- que Claudia Löffler cometió antes de las once de la mañana del día de su muerte, fue también el último de su vida. Porque, justo antes del griterío, retumbaron dos tiros que fueron a impactar de lleno contra la marca de Casiopea que tenía sobre su pecho.

Y, todavía, sonó otra detonación más. La de la bala que atravesó limpiamente el agujero de la "o" de Tizzonne que podía leerse en el letrerito metálico que pendía de la camiseta de Freddy, a la altura del corazón, propulsándole contra el expositor de donuts. Tras la colisión, fue a caer bocabajo. Y exactamente un minuto después yacía sobre un charco formado por su propia sangre.

Acaban de dar las once en punto de la mañana del 25 de diciembre del trigésimo octavo y último año de La Sororidad, cuando un silencioso alarido que escaló por la laringe de Vanessa hizo creer a las presentes que se habían quedado realmente sordas. Gateó hasta el lugar por el que a Freddy se le escurría la vida, tratando infructuosamente de contener la profusa hemorragia con sus manos.

Silencio. Un silencio apenas roto por un agónico estertor.

Dos cuerpos abrazados: hombre y mujer como si fueran un solo ser. En comunión. En silencio.

Silencio que quiebra ella para decir:

- Me has salvado la vida.

- Soy yo quien te debe la vida… -susurra él, exánime. A continuación reitera en un hilo de voz- te debo la vida. ¡Estaba condenado a una existencia miserable y tú me redimiste! Permíteme que dedique lo poco que me queda de vida a honrarte y a venerarte –continúa él, recostando la cabeza sobre el vientre de ella e imprimiendo a su último abrazo, la fuerza de la desesperación-. Estaba preso y tú me liberaste. Déjame que sea yo ahora quien te rescate de este sinsentido… ¡Demostrémosle al mundo que es posible! ¡Que aún no es demasiado tarde! ¡Que hay esperanza…!

- Sí, mi amor; sí, mi amor –musita ella, con el rostro arrasado en lágrimas, tan incapaz de llevarle la contraria como de creerle, a pesar de que desea hacerlo con toda su alma-. Sí, mi amor; sí mi amor –repite Vanessa inconsolable, tan incapaz de contener por más tiempo, dentro del cuerpo de Freddy, la vida que ya pugna por abandonar este mundo, como de contener por más tiempo, dentro del suyo propio, la vida que ya pugna por venir a este mundo…

Publicado la semana 51. 17/12/2018
Etiquetas
Lux Aeterna (Mozart) , Las Partículas Elementales (Michel Houellebecq) , De noche, En la cama, Con ganas
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