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Rubén Chacón Sanchidrián

RELATOCRACIA - Imagina SanArte

- Hay personas populares; hay personas famosas; las hay que son célebres y luego están las archiconocidas. Sin embargo, cuando alguien se refiere a nuestra invitada de esta noche, ninguno de tales apelativos le hace justicia. Porque, cuando se trata de Vanessa Womb, la pregunta no es cuánta gente la conoce, sino si hay alguien en este mundo que aún no sepa quién es… –hay sonrisas falsas; hay medias sonrisas; las hay que son auténticas y las auténticamente arrebatadoras. Pero muy pocas veces en la vida tiene una la posibilidad de lucir una sonrisa como la que esgrime la presentadora de un programa, cuando sabe de antemano que el espacio televisado que conduce está destinado a ostentar el mayor índice de audiencias del que jamás se haya tenido registro: la sonrisa de las que se saben elegidas, tocadas por la diosa fortuna y elevadas para siempre a los altares de la gloria, independientemente de lo que hicieran antes o de lo que vayan a hacer después-. Tras cuatro años sin aparecer en público (tiempo que ha dedicado a la crianza de su hijo), Vanessa ha tenido la gentileza de abrirnos las puertas de su propia casa para concedernos esta entrevista. ¡Muchísimas gracias, Vanessa! Es un gran honor…

- Tienes que agradecérselo a una joven muy obstinada y persuasiva, cuya última voluntad fue que te concediera esta entrevista –replica Vanessa mirando directamente a la cámara, posando los labios sobre el dorso de los dedos de su mano derecha y lanzando un beso al aire-. Desde aquí quisiera invitaros a honrar la memoria de nuestra querida Camille Lescaut, a quien tanto le debemos. De todos modos, para mí es un verdadero placer abriros las puertas de mi casa, Amanda.

- No sé si vosotras lo apreciáis –dice la presentadora dirigiéndose a la audiencia-, pero la casa de nuestra anfitriona es una verdadera pinacoteca. Ahora mismo estamos rodeadas de los famosos lienzos de hombres pintados por Vanessa. Parece ser que, después de tantos años de misterio, por fin hemos descubierto no sólo que los hombres de tus cuadros eran siempre el mismo, sino que ahora también conocemos el nombre del protagonista…

- Sí, eso parece –reconoce nostálgica Vanessa-. Aunque, a decir verdad, el verdadero protagonista de mis lienzos ha sido su recuerdo. Aparte de mi padre, Freddy fue el único hombre al que he llegado a conocer bien, y del que realmente he sido capaz de atesorar una imagen fidedigna durante toda mi vida.

- “Have you seen this man…?”, esa es la frase que acompañaba indefectiblemente a todos y cada uno de tus retratos de Freddy. ¿Realmente te habías propuesto dar con él…?

- Supongo que tan sólo era la manera que encontró mi espíritu (o la mismísima existencia a través de mí) de mostrar su repulsa y denunciar el Pogromo del que los hombres fueron víctimas, durante los años que duró la Guerra de los Géneros. Yo no era más que una cría en aquella época en la que nos refugiamos en las montañas de Katterskill. Pero recuerdo que mi padre nos había prevenido, en infinidad de ocasiones, de que tan sólo sería cuestión de tiempo que ubicasen nuestra comuna y cayeran sobre nosotros. Él apenas superaba la media de edad de los hombres del grupo, pero daba por hecho que, tan pronto como nos localizasen, se desharían de todos ellos a excepción de Freddy. Entre mi padre y yo siempre existió un vínculo muy fuerte. Sin embargo, el lazo que me unía a Freddy, desde mi más tierna infancia (por más que al viejo le pesase), era de otra naturaleza: definitivamente irrompible. No es que a mi padre le cayera mal Freddy. Comprendía, al igual que yo, que estábamos hechos el uno para el otro. Lo que ocurría es que mi padre siempre tuvo una idea bastante precisa de lo que harían con mi novio tan pronto como las madres malthusianas diesen con nuestro paradero. Y, al igual que nunca me ocultó que, en realidad yo no era su hija biológica, tampoco tuvo reparos en transmitirme cuál iba a ser, según él, el destino de mi alma gemela. Entiendo que, sencillamente, deseaba evitarme sufrimientos. Pero lo cierto es que, durante los 25 años que duró el cautiverio de Freddy, no fui capaz de quitarme de la cabeza aquellos augurios de mi padre, tan atroces como acertados, a quien el tiempo y La Sororidad vinieron a darle la razón. Creo que fue por eso que mi mente se obsesionó con estas pinturas…

- Sí, porque han sido muchísimas –reconoce la presentadora, que se ha quedado absorta escuchando la narración de Vanessa. Y, después de revisar sus notas continúa diciendo:-. Doscientos cincuenta y cinco cuadros componen tu obra si los cálculos no me fallan. Eso es prácticamente una pintura al mes. ¿Tienes una idea aproximada del número de lienzos que has conseguido vender…?

- Hasta hace un lustro no llegaba a la decena, Amanda. Digamos que no es la clase de pintura que en una casa decente de La Sororidad, una hermana colgaría sobre la chimenea para mostrar a las visitas, ¿verdad? –bromea Vanessa que se troncha de la risa con su propia broma-. Sin embargo, desde la muerte de la Hermana Löffler y la caída de su régimen autoritario, mis cuadros se cotizan a precios astronómicos. Antes de que lo asesinaran, Freddy se mostraba partidario de que vendiera alguno. Pero ahora es que ni me lo planteo. No sé…, me sentiría sucia… De todos modos, esas pinturas nunca fueron creadas con la idea de venderse. El arte no tiene nada que ver con las ventas.

- ¡Ah, ¿no?! Y, entonces, ¿con qué tiene que ver?

- Con nada. El arte sólo sirve al arte. Si un ser humano desesperado encuentra en la obra de otro consuelo e incluso curación, si le hace mejor persona, esa es una de las más profundas vivencias de la experiencia humana. Pero no puedes pedir a ningún artista que cure a nadie.

- ¿Por qué?

- Hanna Arendt lo explicó muy bien: “La obra de arte es el corazón de una sociedad, pero si la creas para que lo sea, la destruyes”. Al arte no puedes asignarle una función o una utilidad sin convertirlo en otra cosa.

- Entonces, ¿por qué hay tantas artistas?

- Porque no todas lo son. Nos vendemos como auténticas cuando no aspiramos a ser más que una vulgar copia del mismo modelo. Todas pretendemos querer ser distintas de las demás, lo que nos fuerza a producirnos a nosotras mismas, a autoexplotamos inútilmente porque en esa voluntad de ser distintas de las demás prosigue lo igual. Por eso somos realmente tan implaclables con la disidencia: sentimos pavor hacia la otra, la que verdaderamente se atreve a ser distinta. Porque hemos interiorizado en nosotras la lógica del sistema y únicamente permitimos aquellas diferencias homologables y comercializables.

- ¿Y cuál es, en tu opinión, esa lógica?

- El capital necesita que todas seamos iguales. Cuanto más iguales somos más aumenta la producción. El neoliberalismo no funcionaría si las personas nos enorgulleciésemos de nuestras diferencias y respetásemos las de los demás. Tienes que ser muy lista, muy astuta…, muy “zorra”; sólo así puedes vencer en la competición a muerte que hay en todas partes. Todas nosotras llevamos en nuestro pecho la marca de la vanidad, porque, en el fondo, todas somos hijas de la misma madre. Una madre competitiva, altanera y despiadada, que nos ha educado para que estemos a la greña todas contra todas. Nos pintamos un mundo de sororidad y armonía entre nosotras, pero eso es sólo en la superficie: mero postureo. Lo cierto es que no vivimos entre hermanas; ni siquiera entre amigas. Y el mundo nunca podrá llegar a ser un lugar amable a menos que renunciemos a competir unas contra otras.

- ¿Es esta tu receta para lograr la felicidad?

- Desde que nacemos nos inculcan el veneno de la competitividad. Nos hipnotizan repitiéndonos el mantra de que tenemos que competir contra las demás, de que la vida es la supervivencia de las más aptas. Y así nuestra existencia adquiere más la configuración de una carrera de obstáculos, en la que si consigues algo sólo puede ser a costa de arrebatárselo a otras personas… No hay lugar para la felicidad en un mundo así; sólo para el rencor y la rabia. Y, como es lógico, las que han perdido en el juego se enfadan y se ponen furiosas. Esperarán una oportunidad para vengarse, y esa oportunidad se les presentará tarde o temprano. Vivimos con la angustia de no hacer siempre todo lo que se puede. Atormentadas por el falso axioma de que, si no triunfamos, es por culpa nuestra. Llevamos demasiado tiempo explotándonos a nosotras mismas, figurándonos que nos autorrealizamos, cuando en realidad jugamos a favor de la pérfida corriente del neoliberalismo, que ha terminado por erradicar los últimos vestigios de humanidad. Hemos recogido la cosecha que nosotras mismas hemos contribuido a sembrar. Y, una vez que nos hemos convertido en nuestras propias jefas, en nuestras propias explotadoras, ya no hay contra quién dirigir nuestra revolución, salvo contra nosotras mismas.

- No sé a ti Vanessa. Pero a mí me es imposible no pensar en el suicidio de tu amiga Tricia cuando haces referencia a este tema…

- ¡Mi queridísima y dulce Tricia...! Ella representa precisamente la versión más extrema de esta alienación de nosotras mismas: después de amortizar con anorexias, bulimias y depresiones el consumismo compulsivo del que somos víctimas, se sometió al postureo más vergonzoso como autojustificación de todo un estilo de vida carente de valores. Finalmente, y cerrando este retorcido círculo pernicioso, se borró del mapa sigilosamente, autodestruyéndose en soledad, evitando así al sistema la molestia de hacerse cargo de un elemento improductivo, y contribuyendo con su inmolación a alimentar las tasas de suicidios más abrumadoras de toda la historia.

- ¿Se te ocurre alguna vía para paliar esta lacra?

- Estoy muy de acuerdo con la propuesta que nos legó Mary Shelley hace más de 250 años: Necesitamos regresar al origen, reconciliarnos con nuestra criatura interior y atrevernos a proporcionarle un nombre. No dispongo de soluciones concretas… Tan sólo el reconocimiento (social e individual) de la propia monstruosidad, en tanto que idéntica y distinta a la de los otros que nos acompañan y nos definen, podría quizás conducir hacia la verdadera libertad del Ser.

- Pero, alguna solución tendrá que haber, ¿no?

- Después de la muerte de Tricia, me prometí a mí misma que lucharía con todas mis fuerzas por prevenir más casos como el suyo. Esa fue la razón por la que fundé SanArte, donde practico la arteterapia. No sé si es o no La Solución. Lo único que sé es que funciona.

- ¿Qué es la arteterapia?

- Una disciplina que, a través de herramientas artísticas, procura dar voz a quienes somos realmente. A algunas les funciona escribiéndose; otras son más de esculpirse; hay quien se canta… Yo soy más de pintarme.

- ¡Pero tú pintas hombres!

- Yo tengo la necesidad de reponer en el mundo todas las cualidades, todos los atributos, toda la energía masculina que la sinrazón erradicó del mundo. Para mí el arte es una forma de sanar. Porque además de curarme a mí, cambia el modo de ver el mundo de quien lo entiende.

- Y, ¿qué ocurre, por ejemplo, con las personas como yo que no tenemos cualidades artísticas? No me negarás que más de una te dirá que “no sabe hacer nada"…

- Una cualidad preciosa..., y muy rara, replico cada vez que alguien me dice eso. Y, a continuación, le propongo que me pruebe si es la primera que "no sabe hacer nada".

- ¿Y qué sucede?

- Pues que acaba siendo autora; creadora de su propia experiencia. La experiencia de sentirse viva. "¡He hecho algo que no pensaba que haría!", me terminan diciendo. Porque en todos palpita la capacidad de expresar lo que somos.

- ¿Y qué somos?

- Mejor pregúntame qué no somos…

- ¿Qué no somos?

- No somos etiquetas: tú no eres presentadora, ni periodista, ni mujer...

- Ah, ¿no? ¿Entonces qué soy…?

- Tú también eres presentadora, y periodista, y mujer. Como también yo soy madre, y pintora, y terapeuta… Pero ¡esa no es nuestra verdadera esencia! La arteterapia es la manera más eficaz que yo conozco para hacer aflorar esa esencia.

- ¿Y con qué objetivo?

- ¡Paliar el sufrimiento! Mis alumnas llegan a mí porque, aunque no sean conscientes, sufren. Mediante la arteterapia se permiten conectar con su esencia, en una introspección profunda y emocional... ¡Se otorgan permiso para sentir! Y esa experiencia les procura un nuevo sentido a sus vidas. Y eso es muy, pero que muy sanador.

- Creo que lo entenderé mejor con un caso real…

- El año pasado, sin ir más lejos. Una chica de apenas 28 años, maníaco-depresiva, sufría mucho. Oía, o creía escuchar, en su cabeza las voces críticas de las demás... Estaba bloqueada. Un día me equivoqué y me dirigí a ella por un nombre que no era el suyo. La llamé Eva. Sorprendida, me dijo: "¡Ah, sí…, como la gran pecadora!". Aquel lapsus detonó una explosión de recuerdos que se desparramaron por doquier. Y se puso a escribirlos como quien se pone a clasificar fotografías antiguas…

- ¿Escribir también forma parte de la arteterapia?

- Escritura, escultura, pintura, canto, fotografía, vídeo, baile..., incluso leer y cocinar se podrían integrar en la arteterapia.

- De pronto siento mucha curiosidad por saber qué escribió aquella chica…

- Realmente sus relatos no aspiraban a ser clásicos de la literatura. ¡Y de ahí la grandeza de su obra! Escribía sobre cómo se escondía para leer, acerca de la áspera indiferencia con que la obsequiaban las madres malthusianas, sobre el olor de las manzanas que tanto le gustaban pero que tenía asociadas al pecado, sobre las noches en vela que pasó tratando de reprimir las apremiantes ganas que tenía de masturbarse… ¡Textos bellísimos! De una crudeza desgarradora y rotundamente desoladores, pero bellísimos.

- ¿Y cuál crees que fue el resultado terapéutico?

- Dejó de ser prisionera de su sufrimiento. Lo sanador es que afloró una emoción, que ella la percibió, y que generó para sí una realidad nueva: ¡creó! Y se recreó… Llegó sintiendo que unos incisivos hilos internos la aprisionaban y la laceraban. Antes de morir me confesó que los sentía de colores y poco tirantes... "Cuando me muera, quiero irme con ellos", me dijo el último día que la vi.

- Te emocionas...

- Sí, mucho… Porque su sufrimiento se aflojó.

- ¡Qué pena! ¿No?

- Como dijo Winscott: "¡Es una pena sólo si estás cuerdo!". Que hoy comprendamos que una desorganización interna puede servir para que una persona se reconstruya a sí misma es siempre una buena noticia.

- ¿Eso es creatividad?

- No se trata de ser creativas, ¡sino de ser creadoras! De crearnos. ¡Y para eso no hay recetas! "Dejad que los sueños ocupen el lugar que merecen", dijo Fernando Pessoa, y añadió: "Necesito dormir para poder despertar".

- ¡Magnífico!

- Regálate oportunidades. Sal de tu comodidad; crea otra narrativa. Perder lo conocido es ganar lo que puedes llegar a ser. Pregúntate: "¿Tengo algo diferente que decirme?"

- ¿Te lo preguntas tú, Vanessa?

- Sí, cada noche, antes de dormirme, me pregunto: "Hoy..., ¿me he sentido viva?".

- Aparte de tu hijo, ¿qué es lo que te hace sentir viva actualmente?

- ¡Multitud de pequeños detalles sutiles, raros, extraordinarios, únicos…! Todo es tan precioso, tan fugaz... ¡Eso es lo bonito! Una pulsación sólo, nada que capturar. ¡Y ya está! La condición de que exista es que desaparezca.

- Pero algo habrá un poco más perdurable y tangible que te mantenga activa…

- Tengo en mente explotar todo el potencial didáctico del cine, a través de una serie de películas documentales que aborden las causas y consecuencias de los acontecimientos históricos de los últimos 100 años. El cine como excusa para pensar. La herramienta educativa definitiva que defendía Rossellini hace ya más de un siglo. Una verdadera educación que no nos enseñe a competir, sino a colaborar. Que no nos inste a pelearnos para llegar los primeros. Que despierte en nosotros las ganas de ser creativos, de ser cariñosos, de ser dichosos sin necesidad de compararnos constantemente con los demás. Una educación de verdad que nos anime a explorar nuestros talentos y nos muestre cómo disfrutar con lo que hagamos; no por los resultados, sino por el acto de la creación en sí. Al igual que una pintora, o una escultora, o una bailarina…

- Y, ¿cómo se consigue eso, Vanessa?

- A mis alumnas siempre les digo que pueden pintar de dos maneras: competiendo contra las otras para ver cuál de ellas llega a ser la mejor pintora del mundo, o posibilitando la creación de belleza. Si escogen la primera vía han de saber que su pintura siempre será de segunda categoría, porque sus mentes no estarán interesadas en la pintura en sí; se centrarán en ser las mejores. De ese modo no profundizarán en el arte de la pintura. No disfrutarán de ella, sólo la utilizarán como un peldaño. Se habrán embarcado en el viaje del ego. Y el problema radica en que para llegar a ser pintoras de verdad deben dejar el ego a un lado. Sólo así podrá fluir a través de ellas la existencia. Sólo así podrán utilizar sus manos, sus dedos y sus pinceles como vehículos. Sólo así puede nacer algo de esa magnífica belleza. Nosotras no creamos la verdadera belleza, sino que la belleza, la verdadera belleza, se crea a través de nosotras. La existencia fluye; nosotras no somos más que su conducto, dejamos que ocurra. Eso es todo. Llegar a ser una verdadera artista, reconquistar nuestra humanidad, consiste en realidad en no ser obstáculo. Nada más.

- ¿Y qué tiene todo esto que ver con que ingresaras en el Programa de Inmaculadas Concepciones, Vanessa? Supongo que eres consciente de la gran controversia que esta decisión tuya provocó entre tus fans… Hay quien opina que te quedaste en la karmarrota después de que las Reality Friends iniciaran una campaña de desinversión contra ti. Otras voces afirman que querías ser madre a toda costa y que, debido a tu edad, era en ese momento o nunca podría ser…

- Ahora que tengo a mi hijo, que me ha cambiado la vida y es lo que más amo en este mundo suena raro decir esto. Pero, tanto las unas como las otras se equivocan.

- Entonces, ¿¡no querías ser madre…!? Y, si tampoco lo hiciste por necesidad, ¿podrías desvelarnos cuál fue el motivo que te llevó a alquilar tu vientre a las hermanas malthusianas…?

- Supongo que formaba parte de mi guion de vida...

-¿¡Tu qué…!?

- Mi padre me contó que, antes del Pogromo, tenía un amigo que era psicólogo. Creo que se llamaba Eric. Pues bien, según mi padre, el tal Eric observó que todas las personas a las que acompañaba en sus procesos de terapia psicológica actuaban siguiendo lo que él denominaba un “guion de vida”.  Es como si a cada individuo le hubiese sido asignado un personaje en una gran obra dramática y viniese a este mundo con una especie de argumento preestablecido que se siente obligado a representar, sin importar si se identifica o no con su personaje.

- ¿Quieres decir que ingresaste en el Programa de Inmaculadas Concepciones por recomendación de tus guionistas…? Perdona, pero eso me resulta increíble…

- No, Amanda, no es eso... Yo también he tenido la sensación de actuar libremente y siguiendo mi propia voluntad. Sin embargo, cuanto más recapacito sobre ello, más me inclino a pensar como ese amigo de mi padre. Si lo piensas, el arte de la Relatocracia se basa en que todos representemos un guion y actuemos según la definición del personaje que ha sido escrita por otro. Según las investigaciones llevadas a cabo por Eric Berne, a lo largo de toda su experiencia profesional como psicoterapeuta, el guión de nuestra vida se establece durante nuestra infancia, bajo la influencia sobre todo de nuestras figuras parentales. Dicho guión se va reforzando por las diferentes experiencias y acontecimientos que el vamos viviendo a medida que crecemos.

- A pesar de que me está costando un poco seguirte en tu razonamiento, Vanessa, sigo sin comprender qué tiene que ver todo esto con que acabaras siendo madre a la carta.

- Ya te he contado anteriormente que mi padre estaba convencido de que, a pesar de que vivíamos absolutamente aislados del mundo en las montañas de Katterskill, sería tan sólo cuestión de tiempo que los comandos colibrí de La Sororidad, diesen con nuestro paradero y acabasen con la vida de los hombres que integraban nuestra comuna. No dejaba de hablar de ello, como si, a fuerza de repetirlo, fuera a ser capaz de afrontar su destino con mayor abnegación. A mí me ponía enferma que no se revelara contra él; que no pensara en la manera de esquivar su sino y sobrevivir. En el fondo, me aterraba la idea de quedarme sola.

- No creo que ninguna de las personas que nos están viendo haya tenido un padre, Vanessa. La mayoría de nosotras tampoco hemos sido madres; ni tan siquiera de alquiler. No hemos tenido la ocación de generar apego hacia ninguna de nuestras tutoras. Las nodrizas malthusianas eran inflexibles en esa cuestión. Y aquellas de nosotras que se hayan prestado a participar en el Programa de Inmaculadas Concepciones nos les ha sido posible desarrollar un vínculo amoroso con las niñas a las que daban a luz. Así que no pretendas que nuestras espectadoras, o yo misma, empaticemos con tus sentimientos. Porque nosotras, desde que hemos nacido, nos hemos sentido solas… -le espeta la presentadora, visiblemente afectada por la sensiblería y la falta de consideración de la entrevistada.

- Y quizás por eso desconozcáis el significado de la palabra solidaridad –le replica Vanessa, reivindicando su derecho a no ser juzgada ni reprimida por sus sentimientos-. Durante mi infancia (ahora me doy cuenta), desarrollé una necesidad de velar por los míos que apenas me permitía conciliar el sueño. Sentía crecer en mi interior un rencor implacable contra un enemigo al que ni siquiera había visto el rostro; como una suerte de sed de venganza apriorística… ¡Mi padre era la persona más inteligente del mundo! ¡Tenía que haber algo que se pudiera hacer! Yo no paraba de interrogarle al respecto. Terminaba llorando y recriminándole injustamente su estoicismo y su resignación, que yo confundía con cobardía. Pero él sonreía tranquilo y me explicaba que lo era propio de medrosos era albergar esperanzas vanas: “¿Sabes lo que haría yo si fuese una chica astuta y valiente como tú…? –sabía que despertándome la curiosidad dejaría de llorar-. ¿Te acuerdas del reloj que te regalé cuando cumpliste 10 años…; cómo te gustaba desmontarlo para estudiar sus engranajes…? Pues si yo fuera tú haría exactamente eso: me fijaría en cómo funciona todo en este mundo nuevo; estudiaría minuciosamente cada mecanismo, me esforzaría al máximo por convertirme en una pieza indispensable de su maquinaria… Y, una vez instalada en el mismísimo útero del artefacto… ¡Womb! Lo haría saltar por los aires…

>> Siguiendo esta lógica me convertí en influencer; perseveré hasta dominar todas las técnicas y habilidades necesarias para convertirme en la más popular de todas. Reconozco que, en estas lides, siempre he jugado con ventaja: no sólo por disponer de más edad y gozar de mayor madurez que mis rivales; debido al antagonismo de nuestros sistemas de origen, ellas carecían de las más mínimas competencias en inteligencia emocional. Fue realmente un juego de niñas conquistar los yermos corazoncitos de mis fans. Es muy duro decir esto… Pero, tras el suicidio de Tricia tuve muy claro cuál debía ser mi próximo paso para infiltrarme en el mismísimo útero del sistema, como decía mi padre. Utilicé a las verdugas de mi amiga para simular mi propia ejecución pública. ¡Lo que debió disfrutar la Hermana Löffler cuando me presenté ante la puerta de su convento para ingresar en el Programa de Inmaculadas Concepciones! No perdió el tiempo, la muy puta, para utilizarme como reclamo de su macabro mecanismo de perpetuación de la especie, en su afán por revitalizarlo en sus horas más bajas. Pero tuve la suerte de los valientes. Y, no sólo conseguí reventarle el chiringuito que tenía montado; también, y contra todo pronóstico, logré rescatar a mi príncipe… Aunque no por mucho tiempo.

- Después de que se hicieran públicas las imágenes de las atrocidades que se estaban llevando cabo en los conventos del Programa de Inmaculadas Concepciones, y de provocar la caída de La Sororidad, Freddy y tú os propusisteis demostrar, a través de vuestro ejemplo, que la convivencia pacífica y amorosa entre hombres y mujeres podría llegar a ser posible algún día. ¿Crees que con su asesinato se ha perdido una oportunidad histórica de lograrlo…?

- No es la primera vez, ni será la última, que la humanidad acaba alevosamente con la vida de un hombre que se atreve a predicar el amor como vía de salvación. Hay quien dirá de él que fue un soñador. Pero yo te digo que no fue, que no es, y que no será el único.

- ¿Y ahora qué, Vanessa…? ¿Cómo imaginas el futuro?

- I hope some day you’ll join us –canta mirando fijamente a la cámara-. And the world will live as one…

Publicado la semana 50. 10/12/2018
Etiquetas
Imagine (John Lennon) , Arteterapia, El Guion de Vida (Eric Berne), La sociedad del cansancio (Byung-Chul-Han) , De noche, En la cama, Con ganas
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