Semana
05
Rubén Chacón Sanchidrián

RELATOCRACIA - Cinco mil millones de problemas menos

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Relato
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Pertenezco a una época en la que aún nacían niños.

Quiero decir que aún nacían niños varones…

Para que os hagáis una idea de la edad que tengo, os diré que…, yo tuve un padre.

 

[Una sorda y escalofriante expresión de estupor desdibujó las facciones de las recién graduadas guionistas. La anciana aguardó pacientemente a que los pasmados balbuceos se acallaran y las lágrimas de conmiseración fueran enjugadas antes de continuar…]

 

Así es queridas mías… Aunque os parezca anacrónica, y aún indignante, provengo de esa remota y aciaga época en la que se permitía (y aún se fomentaba) que las mujeres tuvieran cuantos hijos quisieran. Y en la que el género de la criatura se dejaba completamente al azar.

Tan absurdo era el signo de los tiempos en los que yo nací que, a pesar de que ya se disponía de infinidad de pruebas que evidenciaban que la superpoblación y el paleocapitalismo, auspiciados por el patriarcado, se habían convertido en garantías de nuestra propia desaparición como especie, no sólo no se ponía coto a la reproducción humana, sino que se estimulaba y fomentaba, bajo el falso axioma de que mayores tasas de nacimientos equivaldrían a mayores cotas de consumo.

Y os lo digo con conocimiento de causa. Pues aunque a día de hoy lo recuerde como uno de los episodios más vergonzosos y reprobables de mi vida, he de reconocer que los principales objetivos que perseguían aquellos primeros guiones que me solicitaron escribir nada más abandonar esta Academia eran precisamente esos dos: incentivar la natalidad y promover el consumo por más insostenible que éste fuera para la Madre de todas nosotras.

 

[¡De ella dependemos; a ella nos debemos! –proclamaron mecánicamente y al unísono las presentes].

 

Aunque el barco se fuera a pique, el show debía continuar…

Por más que os resulte incomprensible y hasta criminal aquel estilo de vida, os ruego que no juzguéis a la ligera a nuestros antepasados. Y hasta os animo a que, cuando estudiéis sus erráticas existencias, seáis condescendientes con ellos como lo somos hoy con nuestras hijas pequeñas. Pues aunque se jactaban de ser sociedades modernas y laicas, en realidad adoraban y temían a un dios tanto o más que en la Edad Media.

No sois pocas las que preguntáis por los pasillos: “¿Es cierto que, en los años anteriores a La Sororidad, las personas vivían una única vida durante toda su existencia…?”; o “¿Es verdad que la ciudadanía era un derecho de nacimiento…?”; incluso “¿Existen pruebas fehacientes de que realmente los hombres alguna vez se hubieran considerado superiores a nosotras…?”

Perdonadme si alguna vez las carcajadas que me provocan vuestras inocentes preguntas me impiden responderos convenientemente. Adoro vuestro candor. Realmente os envidio. Desde vuestra posición privilegiada, tan fácil es criticar épocas pretéritas -en las que todas y cada una de las interacciones sociales estaban impregnadas por la lógica de la violencia masculina-, como caer en el error de pensar que, como vivís en el mejor de los mundos posibles, no tenéis nada que aprender del pasado. Porque ese es el más claro indicio de que estaréis destinadas a cometer los mismos errores que nuestros antecesores y antagonistas.

Habéis venido al mundo en el punto más elevado de la historia de la Humanidad. En un momento en que la justicia, la igualdad y el equilibrio (tanto entre nosotras, como entre nosotras y el resto de las especies que pueblan el planeta) están garantizados. Pero si lo están no es sólo porque vuestro futuro esté previsto, sino porque está literalmente en vuestra mano imaginarlo y escribirlo. De ahí la trascendental importancia de la labor que a partir de hoy vais a desempeñar.

El destino de cada una de las dos mil de millones de mujeres que cohabitamos en este mundo está prefijado. Pero depende de vosotras que, independientemente del número de roles que lleguen a interpretar a lo largo de su existencia, en todo momento conserven la ilusión de libre albedrío. Esa ficción cuya existencia, por más que se refute fehacientemente, aún hoy sigue siendo indispensable para ocupar los muchos ratos de ocio de los que disponemos en buscar infructuosamente esa otra entelequia a la que llamamos felicidad.

¡Pero no me miréis con esas caritas asombradas! Ay, criaturas… No creáis que podéis engañar a una veterana con vuestra mojigatería. De sobra sabéis que lo que os digo no sólo es cierto, sino que siempre lo ha sido. Lo que ocurre es que, durante los largos y oscuros milenios del patriarcado, la sagrada ciencia de la Demiurgia se ejerció de forma tan burda, tan evidente y tan poco sutil, que el camelo apenas servía para mantener ilusionada a esa fracción de la sociedad que por nada del mundo habría osado quitarse la venda de los ojos.

Sin embargo, desde el amanecer de los tiempos, siempre han existido los disidentes. Aquellos que no sólo se arriesgaron a salir de la cueva, sino que, además (con un gesto tan heroico como inútil) regresaban al interior de la caverna para tratar infructuosamente de avisar a los demás de lo que todos sabían de sobra… Lo que cada uno de nosotros, de una u otra manera, hemos sospechado siempre: que no somos más que simples actores arrojados sobre el escenario de este gigantesco simulacro.

Los amos siempre tuvieron miedo de sus esclavos. Del mismo modo que los hombres, sabedores de que sus hijos venían a este mundo a usurparles su primacía de pater familias, sólo eran capaces de sentirse orgullosos de sus hijos varones en tanto en cuanto se pareciesen a ellos, les obedeciesen y les emulasen.

Pero la semilla de la disensión se halla en el corazón de todos los seres humanos: está en nuestra naturaleza. Es precisamente ella la que nos impulsa hacia delante, la que nos obliga a revisar los métodos constantemente en busca de un modelo aún más eficiente, todavía más estable y sostenible…

El patriarcado siempre trató de aplastar y reprimir la disidencia, en lugar de nutrirse de ella. Y así, durante miles y miles de años, los hombres se dedicaron a rebelarse contra un sistema que consideraban injusto, para implantar a continuación otro todavía peor. De ese modo se generaba un número aún mayor de excluidos y disidentes que, a su vez se organizaban para usurpar el poder y ejercerlo ellos…

¿Creéis que les importaba, en ese afán tan masculino por la predominancia, que estuvieran condenando a la extinción a todas las criaturas que en su generosidad ha concebido y albergado durante eones la Madre Naturaleza…?

 

[¡De ella dependemos; a ella nos debemos! –atronó un coro de voces femeninas].

 

¡No, niñas mías…! Como se solía decir en los tiempos en los que mi padre aún vivía: sólo importaban sus pollas.

Diez mil millones de personas: guerras y hambrunas provocadas por el cambio climático y la escasez de recursos; migraciones masivas por doquier... Pero el show tenía que continuar...

Dos siglos y medio después de que Mary Shelley nos advirtiera de los peligros de dejar al arbitrio del ego de los muchos Víctor Frankenstein nuestros designios y los del planeta en su conjunto, la codicia de los hombres trajo al mundo un monstruo del que todas nosotras (y ellos también) íbamos a ser víctimas.

Muchos cambios en el planeta eran ya irreversibles. Pero no todo estaba perdido. Se imponía hacer algo. Y, como siempre, tendríamos que ser nosotras las que, una vez más, resolviésemos los problemas provocados por los hombres.

Solo que, ésta vez, para sacarles del callejón sin salida en el que ellos solitos se habían metido, resolvimos sacarles definitivamente de la ecuación.

Decidimos continuar viviendo con cinco mil millones de problemas menos…

Publicado la semana 5. 29/01/2018
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Au revoir Simone , La venganza de la Tierra , De noche, En la cama, Con ganas
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