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Rubén Chacón Sanchidrián

RELATOCRACIA - Ángeles exterminadoras

Transcripción al castellano de un fragmento del documental “Emancipation Day”

© Anno L Aquarius Era – Katterskill Productions − All rights reserved.

No es cierto, aunque posteriormente la creencia popular así lo estableciese, que el 4 de julio del año 2036 de la Era de Piscis murieran 5.000 millones de hombres. Como tampoco lo es que, aquel histórico y sanguinario viernes, las mujeres obtuvieran una victoria total en la Guerra de los Géneros. Ni que durante la jornada conocida como Día de la Emancipación hubieran sido erradicados todos los hombres de la faz de la tierra.

A pesar de que la cifra no se ha podido establecer con exactitud, informes de diversas fuentes -entre las que se encuentran organismos inequívocamente patriarcales como la U.V.A.F. (Unidad para la Vigilancia de Actividades Feministas), o la misma A.S.A.T. (Agencia Supranacional Anti Terrorista)-, constataron que, entre el 15 de junio y el 3 de julio de aquel año 2036, perdieron la vida más de un millón de hombres en sus propios domicilios, coincidiendo con la celebración del Mundial de Hado –competición internacional en la que se enfrentaban entre sí los 32 mejores equipos de un deporte-espectáculo que causó furor entre el público masculino durante la última década de la Era del Patriarcado, antes de la instauración de La Sororidad.

Que los respectivos gobiernos mundiales no llegasen a ser conscientes de estas muertes, en la mayor parte de los casos hasta días y semanas después, se atribuye fundamentalmente a que la práctica totalidad de los finados habían sido delatados a través de la página web “Cuéntaselo a Claudia” (SUGERENCIA: visionar de nuevo el capítulo 43), catalogados en diversas redes sociales como elementos indeseables y, por ende, vivían solos, apartados y repudiados por el grueso de la sociedad. Así pues, no es de extrañar que el levantamiento de sus cadáveres se produjese como consecuencia de nuevas denuncias: esta vez a causa del hedor a putrefacción que traspasaba las puertas de sus viviendas e inundaba, para aborrecimiento de sus vecinos, los descansillos y portales de los edificios en los que residían.

Y, aunque las autoridades sanitarias de los distintos países no fueron conscientes ni tan siquiera de una décima parte de los cientos de miles de muertes que se estuvieron produciendo diariamente durante aquellas tres fatídicas semanas que duró el Mundial de Hado, existen no pocas evidencias de que se encontraban absolutamente perplejas y definitivamente sobrepasadas por ese pequeño porcentaje de casos diarios del que llegaron a tener conocimiento.

Quizás fue tratando de ocultar a la opinión pública su franca incapacidad para afrontar aquella situación inédita. Puede que se impusiera el miedo a propagar una ola de pánico si se hacía oficial la noticia. Incluso hay quien piensa que los lobbies de los principales patrocinadores del Mundial de Hado ejercían sobre los gobiernos tal presión que, aunque hubiesen dispuesto de las cifras reales, jamás se habrían atrevido a darlas a conocer. Fuera como fuese, el caso es que, como la mayoría de los informes preliminares coincidían en que el grueso de las muertes registradas se habían producido durante el visionado de algún encuentro televisado del Mundial de Hado, y la mayor parte de los fallecimientos se debieron a insuficiencias cardíacas, concluyeron precipitadamente en apuntar a la hipertensión y la sobreexcitación provocadas por el forofismo exacerbado de las víctimas, como las principales causas de aquella extraña ola de muertes. Y, para cuando quisieron darse cuenta del funesto error que habían cometido en su diagnóstico, ya era demasiado tarde.

No es cierto que aquel 4 de julio de 2036 de la Era de Fálica murieran 5.000 millones de hombres. Se calcula que apenas llegó a la mitad de esa cifra. Aunque el bautizado como Viernes Rojo haya pasado a la historia como el día en que las mujeres obtuvieron una victoria total en la Guerra de los Géneros, lo cierto es que no supuso sino el comienzo de la misma. Y tampoco es verdad que, el conmemorado como Día de la Emancipación, se erradicasen todos los hombres de la faz de la tierra. Porque, incluso cuando concluyó el Pogromo y la hegemonía de las mujeres -con la proclamación de La Sororidad- era ya incontestable, por meros motivos de perpetuación de la especie se impuso mantener con vida –aunque en el más estricto secreto y estratégicamente diseminados por diversos puntos del planeta- a unos cuantos miles de hombres, a los que se confinó para proceder al metódico ordeñado y congelación de su semen.

Y, aunque exterminar en apenas un lustro a casi la mitad de la población mundial podría parecer toda una proeza, lo cierto es que fue realmente una tarea casi insignificante si se la compara con la verdadera gesta que supuso deshacerse de los cuerpos de 2.500 millones de hombres tras el Mundial de Hado, y una media de millón y medio de cadáveres diariamente durante aquellos cinco largos años que duró la Guerra Mundial entre los hombres y las mujeres.

Dado que más de la mitad de la población masculina del planeta murió durante la celebración de la Final del Mundial de Hado, entre las 20:45 y las 22:15 (GMT +9) de aquel viernes 4 de julio, se decidió, casi por la ley del mínimo esfuerzo -teniendo en cuenta que la práctica totalidad de los municipios en cualquier parte del planeta disponían al menos de un estadio de Hado-, arrojar, con la ayuda de grúas, los cadáveres de los fallecidos al interior de los distintos coliseos, apilando los cuerpos unos sobre otros hasta casi hacerlos rebosar.

Se calcula que, por este procedimiento, cada uno de los cerca de 10.000 estadios de Hado que se emplearon como mortuorios masculinos, llegó a albergar una media de 250 mil cadáveres. Este acontecimiento histórico, además de constituir el mayor de los cortejos fúnebres jamás registrado, también supuso el desarrollo coordinado de un proyecto internacional de ingeniería civil sin precedentes pues, antes de que transcurriera una semana, ya se había procedido a sellar la decena de millar de túmulos, vertiendo sobre ellos incontables de toneladas de cemento. De ahí que, estos antiguos recintos deportivos, que hoy siguen siendo monumentos funerarios conmemorativos de la definitiva derrota de los hombres, hayan recibido el doblemente merecido sobrenombre de cementerios.

De todos ellos, quizás el más impresionante, no sólo por sus dimensiones, sino porque se estima que alberga los cadáveres de más de medio millón de hombres en su interior, es el Tokio Arena, el colosal estadio donde, aquella histórica noche del 4 de julio del Año I antes de La Sororidad, se celebró la Última Final de un Mundial de Hado.

Por cortesía del Centro de Documentación de la Facultad de Historia de los Hombres, hemos logrado incluir en este documental escenas reales correspondientes a aquella aciaga jornada de la que acaban de cumplirse 50 años.

[Advertimos a læs espectadoræs de que, debido a la atrocidad de las mismas, estas imágenes podrían herir su sensibilidad]

Como pueden comprobar a través de estas secuencias -obtenidas por una de las cientos de cámaras de televisión repartidas por el interior del Tokio Arena-, se habían vendido todas las localidades del coliseo de la capital del extinto país del sol naciente. Recordemos que este monumental recinto deportivo disponía de un aforo para 250 mil personas, entre las que se hallaban la práctica totalidad de los jefes de estado y de gobierno, numerosos altos mandos militares y de la curia, así como muchos primeros espadas del mundo de la política, afamados artistas, persuasivos líderes de opinión, los influencers más carismáticos… La revista Furbis calculó que el precio de la entrada más asequible llegó a equivaler a dos años de salario medio japonés. Asimismo estimó que, reuniendo las fortunas de todos los asistentes a la Final del Mundial de Hado, se podría superar holgadamente el producto interior bruto de la antigua Unión Europea.

Ataviados con un exclusivo modelo de lentes de realidad aumentada diseñado especialmente para la ocasión, vemos cómo los asistentes disfrutan medio enloquecidos de los diversos lances del juego. Debido a que actualmente, tanto el Hado como otras disciplinas similares, han sido prohibidos es muy difícil que lleguemos a comprender por qué este espectáculo deportivo causaba tanto furor entre los hombres de la pasada Era. La clave radicaba en el complejísimo nivel de interactuación que este mal denominado deporte permitía a los espectadores a través de las gafas de realidad aumentada, las cuales les posibilitaban adquirir la visión subjetiva de sus gladiadores favoritos. Asimismo, a través de un lujosísimo sistema de intervención directa, los seguidores más acaudalados podían adquirir súper poderes con los que evolucionar ad infinitum a las estrellas del equipo de sus amores, lo que hacía de cada lance del partido, de cada jugada y de cada encuentro un apasionado y apasionante negocio multimillonario.

Observen a los competidores de uno y otro bando ejecutar sus habilidades especiales. El objetivo de las mismas no es otro que derribar y aturdir a los integrantes de la escuadra contraria. Vean cómo algunos de los descomunales haces de plasma que brotan sin cesar de los puños de los gladiadores impactan salvajemente sobre los atléticos cuerpos de los adversarios más inexpertos. Contemplen de qué manera tan brutal salen despedidos y quedan suspendidos en el aire, acalambrados y retorciéndose entre escalofriantes convulsiones. Miren de qué forma tan salvaje aúllan los espectadores, completamente fuera de sí… Pero atención, ¡no se pierdan detalle de lo que va a suceder a continuación…!

[Advertimos de nuevo a læs espectadoræs de que las imágenes que se van a proyectar a continuación son especialmente crueles y podrían lesionar gravemente sus sentimientos]

Observen lo que ocurre ahora… En un lance decisivo del encuentro, durante un duelo entre las dos súper estrellas de los equipos rivales que, a todas luces, decantaría del lado de qué finalista se inclinaría la victoria en aquel último encuentro del Mundial de Hado, todo el estadio al completo se alza sobre sus pies para unirse en la ejecución de una extraña coreografía que, además de los dos cracks en el terreno de juego, interpretan en perfecta sincronía un cuarto de millón de almas desde las gradas.

No se trata de una inmensa bandada de luciérnagas danzarinas. Lo que contemplan no es otra cosa que doscientos cincuenta mil pares de guantes hápticos cobrando vida, y de los que brota una miríada de rayos de luz con un único fin: transformar a simples humanos en seres divinos. Vean cómo los dos gladiadores rivales levitan muy por encima del resto de competidores, transmutados ya en superhombres por obra y gracia de sus fans. Este es el momento en que se esperaba que unas formidables salvas de luz abandonasen supersónicamente los puños de los galvánicos contendientes… Mas sucedió algo que, a pesar de que ya había sucedido como mínimo un millón de veces antes, en domicilios anónimos, a lo largo de las fases de clasificación, nadie había previsto que pudiera suceder durante el transcurso de la Gran Final. Algo que, si las autoridades sanitarias y las fuerzas de seguridad hubiesen hecho bien su trabajo, se podría haber evitado… Pero no se supo (o no se quiso) evitar.

Lamentamos profundamente la crueldad de las secuencias que van a presenciar a continuación. No olviden que hasta en dos ocasiones les hemos advertido de su atrocidad. Pero también somos conscientes de que es muy probable que no haya aviso capaz de anticipar suficientemente el impacto psicológico que deriva de contemplar unas imágenes de esta naturaleza.

Desde Tokio a Santiago de Chile; desde Anchorage hasta Auckland; desde la Base Davis, en la Antartida, hasta Nordvik, en Siberia -como si el ángel de la muerte de los textos bíblicos hubiera extendido el infierno y la muerte por todas y cada una de las ciudades de la Tierra-, la mitad de la población masculina mundial pereció esa misma noche. Los cientos de millones de hombres que aquel 4 de julio no sucumbieron a causa de la ingesta de cerveza envenenada, fueron condenados irreversiblemente a una dolorosa muerte cerebral, inducida por una alevosa sobrecarga de estímulos visuales, auditivos y táctiles, a través de los guantes hápticos y las gafas de realidad aumentada necesarios para disfrutar en todo su esplendor de los partidos de Hado. El mismo tipo de ejecución que un equipo de expertos en criminología de la Universidad de Maryland, al que nadie prestó atención, relacionó con el trauma atroz que acabó, hacía apenas un lustro, con la vida de cinco jóvenes promesas del análisis computacional en una academia militar empresaunidense.

Observen cómo se precipitan al vacío los cuerpos ya sin vida de los espectadores. Una cascada de cadáveres humanos tan dramática como incontenible que, procedentes de los graderíos, anegó en cuestión de minutos el terreno de juego. Es verdaderamente escalofriante. Por todo el planeta –de forma colectiva, en otros miles estadios de Hado, o bien individualmente, en la intimidad de millones de hogares- más de la mitad de los hombres perdieron la vida, de la misma manera, aquella ominosa noche. Cada uno de ellos había sido previamente marcado: los umbrales de sus puertas teñidos con la sangre de sus acusadoras; sus url reveladas por sus víctimas de malos tratos… Llevaban sobre sus frentes la señal de Caín. Y a sus ejecutoras no les fue difícil dar con su paradero.

Muy al inicio de la Era de Piscis, cuando los padres fundadores de uno de los períodos más oscuros que ha vivido la humanidad describieron en su Gran Libro este episodio apocalíptico, le pusieron por nombre Abaddón al ángel exterminador poseedor de la llave del abismo sin fondo, que erradicaría a los marcados. Y llamaron Azrael al psicopompo que tendría por misión recibir las almas de los muertos y conducirlas para ser juzgadas.

Y, si bien aquellos profetas acertaron con su infausto vaticinio, erraron (o no se atrevieron a bautizar) con los que habrían de ser los verdaderos nombres de las auténticas ángeles de la muerte.

Publicado la semana 49. 03/12/2018
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The Black Angel's Death (The Velvet Underground) , Apocalipsis 9:7-11, Escatología cristiana , De noche, En la cama, Con ganas
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