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Rubén Chacón Sanchidrián

RELATOCRACIA - Olfato

Una no es consciente del modo en que el olfato configura nuestras vidas, hasta que no se encuentra rastreando con la pituitaria todos los rincones de su propia casa. Husmeando en busca de un determinado aroma que le corrobore que los recuerdos que almacena en su cabeza, efectivamente, se corresponden con vivencias que tuvieron lugar, en algún momento y en algún lugar de su vida.

La ciencia ha destinado ingentes recursos humanos, materiales y temporales a escudriñar las propiedades conductistas de los distintos metales y sus aleaciones. Miles de sesudos y gruesos volúmenes dedicados a analizar los peajes energéticos que se cobran unos y otros materiales ante el paso de una corriente, y que suelen canjearse en calor.

Pero no hay siquiera una mísera tesina que se haya atrevido a esbozar los distintos grados de resistencia que presentan los diversos estímulos sensitivos con respecto a la fidelidad de un determinado recuerdo. Lo que no sólo provoca una desconcertante caída de tensión, sino también una pérdida de energía capaz de helarle a una el corazón.

Si hubiese leído En busca del tiempo perdido, quizás Luisa se habría consolado con la certeza de que, allá donde las esforzadas conjeturas de la ciencia se muestran inútiles, las subjetivas intuiciones de las artes, en contadas ocasiones, vienen a ofrecernos magdalenas, cuyos aromas son capaces de hacernos viajar en el tiempo y revivir escenas con una precisión paranormal.

Pero Luisa nunca había leído a Proust. Ni siquiera había escuchado hablar de él. Tan sólo se limitaba a constatar que la mera contemplación de los marcos diseminados por las distintas estancias de la casa, desde los cuales las caritas de sus adoradas y difuntas niñas le sonreían desdentadas, la dejaban fría como un témpano.

Volvió a tropezar con los mismos juguetes, diseminados por el suelo de la habitación de sus hijas, con los que cotidianamente solía toparse al hacer sus camitas u ordenar su ropa. Al hacerlo, les arrancó accidentalmente melodías, chirridos y pitidos. Y comprobó que la capacidad evocadora de los sonidos superaba con creces a la de los estímulos visuales.

Pero no fue hasta que hundió su nariz entre las ropitas de sus meninas; hasta que aspiró el aroma que desprendían sus almohaditas; hasta que esnifó compulsivamente todos y cada uno de los vestigios olfativos que de ellas atesoraba aquella estancia mal ventilada, que le vino a dar la razón a Proust, sin siquiera ser consciente de ello.

Revisando los amuletos que Flávia, su hija mayor, guardaba como oro en paño en su cajita de recuerdos, extrajo un pañuelo de tela que albergaba un puñado de rancios granos de cebada. Al desplegarlo, los efluvios que emanaba el moquero la transportaron inmediatamente a aquella tarde en que se llevó a las niñas de visita a la fábrica…

- Para elaborar una rica cerveza necesitamos básicamente reunir a cuatro amigos –les explicaba Luisa agachándose para ponerse a su altura, mientras absortas contemplaban el borbotear de los atanores y los calderos-: primero necesitamos convencer a los cereales para que nos regalen su almidón. Entonces llamamos a las enzimas que se encuentran en la malta para que transformen el almidón de los cereales en azúcares fermentables. Y, finalmente, invitamos a la fiesta a nuestras amigas las levaduras para que conviertan, a través de la fermentación, esos azúcares en alcohol.

- Yo le digo a mi profe que mi mamá es la inventora de la cerveza, pero ella dice eso no es verdad –se quejó la pequeña Antónia.

- Y tu profesora lleva razón, linda mía –arguyó Luisa acariciando la esfera de chocolate que enmarcaba el rostro de su hijita-. Los orígenes de la cerveza son tan antiguos y remotos como los seres humanos. Las evidencias demuestran que ya era consumida por los egipcios. Algunas de las recetas de elaboración de cerveza más antiguas que se conocen proceden de escritos sumerios.

- Aquí huele como a pis –susurró Flávia, provocando la risa de su hermana pequeña.

- ¡Claro! Eso que hueles es la malta, que suele elaborarse en unas bodegas especiales. ¿Las veis allí? –preguntó Luisa señalando al fondo de la nave-. La malta es de vital importancia en la producción de la cerveza. Para obtenerla se puede emplear cualquier tipo de cereal. Y aunque nosotras solemos utilizar mayoritariamente cebada, en la antigüedad, por el contrario, se empleaba trigo de espelta. El objetivo es obtener el almidón y, al mismo tiempo, las enzimas que permiten convertirlo en azúcares.

- ¿Y el puré que estás preparando en aquella olla de qué es, mami…? –quiso saber Antónia.

- Del proceso de maceración de la malta se obtiene un líquido claro y azucarado. Y no es puré, sino mosto –mientras ponía en marcha los coladores, dando inicio la operación de filtrado, Luisa rememoraba una y otra vez aquella conversación en su cabeza-. Y, por fin, se introduce todo el mosto en la olla que mencionas, donde se pone a hervir para favorecer el ataque sobre el almidón de las enzimas, así como para acabar con las pequeñas bacterias que hayan podido aparecer durante los procesos anteriores.

- Claro, por eso le echas flores al mosto –aventuró Antónia-, para que huela bien.

- ¡Así es mi niña! –se recordó Luisa, exclamando genuinamente orgullosa, mientras calculaba e introducía en el sistema las cantidades precisas de las flores hembra de lúpulo sin fecundar, que eran las responsables de proporcionar aquel sabor amargo tan característico a la mezcla, así como la encargada de estabilizar la espuma de la cerveza.

Aunque lo hizo por vengar su muerte, en el fondo se alegró de que sus hijas no se encontrasen en aquel momento con ella. Era preferible que no presenciasen cómo implantaba los cambios pertinentes en la programación de la cadena de producción para que, en esa misma fase, además de añadirse la cantidad establecida de lúpulo, se incorporase a la mezcla una minúscula cantidad de acónito. No le habría gustado encontrarse en la tesitura de tener que explicarles a sus hijas por qué, además de añadir a la mezcla aquellas flores verdes, agregaba al mosto aquellas otras de color azul violáceo.

Antes de que concluyese aquel domingo 9 de marzo, Luisa trasvasó a las cubas de fermentación la primera de las miles de remesas de aquel envenenado mosto dulce de color azulado que, a lo largo de los meses posteriores, produciría la fábrica de cervezas Labelly. Tras inyectar las dosis oportunas de levadura, e introducir en las barricas la mezcla de aire que propiciase el comienzo de la fermentación, Luisa ascendió lánguidamente los escalones que la condujeron hasta su despacho, se tendió sobre sofá, se cubrió con su abrigo y cerró los ojos. Durante los siguientes tres días que duró la actividad fermentativa, tan sólo se incorporó para ir al baño.

Sentada en la taza del váter, con las bragas bajadas a la altura de los tobillos, en plena micción. Así fue como la pilló Nuno cuando regresó a casa. Evidentemente, el chorrito de pis se cortó, y las ganas de orinar se esfumaron inmediatamente. Quizás esa fuese la razón por la que, cuando al día siguiente los forenses levantaron su cadáver, hallaron una cantidad inusual de orina en su ropa.

El portazo sonó como un signo de exclamación y Luisa se incorporó súbitamente sin saber cómo reaccionar. Se subió los tejanos con brusquedad sin siquiera permitirse reparar en el severo escozor que le producía la orina en la cicatriz de su vulva cuando no se limpiaba bien después de mear. Aún permaneció unos minutos asida fuertemente al lavabo, sin atreverse a contemplar su propio reflejo sobre el espejo del cuarto de baño, barajando mentalmente las más diversas excusas e inicios de conversaciones con el que aún era su marido. Pero el que, sobre todas las cosas, era el asesino de sus dos niñitas.

Sopesó mostrarse solícita; tanteó presentarse ante él de forma sumisa; meditó la posibilidad de enfrentarse directamente a él… Fuera cual fuese la opción que escogiese, lo fundamental era que Nuno, en un momento dado, contemplase las cervezas y sintiese la apetencia de tomarse una por su propia voluntad. Lo demás sería cuestión de tiempo: si sus cálculos eran correctos, en apenas unos minutos, Nuno experimentaría un nada halagüeño picor en la lengua, así como hormigueos en la cara y extremidades. La parestesia evolucionaría hasta una anestesia de los estímulos nociceptivos, acompañada de una debilidad muscular. A continuación aparecerían las nauseas y los vómitos.

Luisa había vuelto a sentarse, esta vez sobre la tapa del inodoro, para tratar de dilucidar cuál sería la estrategia más adecuada para plantarle cara a Nuno y conseguir su verdadero objetivo -que se bebiese una de aquellas cervezas-, cuando escuchó unos ruidos sordos procedentes del salón de la casa. Aproximó su oreja a la hoja de contrachapado de madera que la separaba del distribuidor de la vivienda y contuvo la respiración, tratando de averiguar el origen de aquellos sonidos.

Le pareció identificar cacofonías guturales y hasta una arcada. Pero no fue hasta que oyó el estrépito que produjo el cristal de la mesita de café del comedor al romperse, que se atrevió a salir del cuarto de baño. De puntillas, recorrió el tramo de pasillo que la separaba de la estancia principal de la casa, acongojada por los dolientes jadeos y espeluznantes estertores que procedían del salón.

Cuando, por fin accedió al comedor, presenció una escena que la trastornó y la llenó de regocijo simultáneamente. Encajado en el hueco de la estructura destinada a sostener el vidrio de la mesita de centro, se encontró a Nuno moribundo. En su lívido y congestionado rostro, perlado de sudor, de la atónita mueca que formaban sus rígidos labios, surgía una espuma azulada, y un silbido agónico, como de gaita destemplada. En su mano, presa de sus crispados y rechonchos dedos, aún sostenía el tercio de cerveza casi completamente vacío.

Intuía próxima la defunción de su esposo por fibrilación ventricular. Pero no se atrevió a aproximarse al cadáver para confirmar su fallecimiento, hasta que los ojos de Nuno -dedicados a contemplarla con una fría y despectiva mirada desde que ella había entrado en su campo de visión- dejaron de reflejar la luz procedente de la lámpara del techo y su mano dejó caer la botella de Labelly, que rodó hasta los pies de Luisa.

Entonces se agachó a recogerla y, apurándola de un trago, se dejó caer sobre el sofá del salón a esperar a que, a ella también, le sobreviniese la muerte.

Publicado la semana 48. 26/11/2018
Etiquetas
Lullaby (Low) , En busca del tiempo perdido (Marcel Proust) , De noche, En la cama, Con ganas
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