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Rubén Chacón Sanchidrián

RELATOCRACIA - El trono de Casiopea

La hermana Ferrer llevaba muy a gala que, durante los quince años que había ostentado la jefatura de seguridad, no había habido ni una sola fuga del convento de Washington Heights. A decir verdad, a lo largo de las dos décadas que el programa de Inmaculadas Concepciones había estado funcionando en Los Cloisters, jamás se había registrado intento alguno de evasión. Sin embargo, aquel dato no parecía ser óbice para que Sonia Ferrer se permitiese apartar un solo minuto la vista de los cincuenta monitores que cubrían la pared sur de la unidad central de vigilancia.

Y, aunque fue precisamente este celo profesional la razón primera por la que la hermana Ferrer perdió la vida aquella histórica noche, también vino a ser la justificación de toda una trayectoria profesional dedicada a abortar tentativas de huida que nunca tuvieron lugar. Y lo que, en última instancia, le permitió no sólo experimentar la mayor de las satisfacciones de su monótona existencia antes de expirar su último aliento, sino palmarla con una amplia sonrisa en los labios.

Exactamente a las 23:43, sus entrenados y ávidos ojos captaron movimiento en el monitor 05, correspondiente a una de las dos cámaras ubicadas en el pasaje que conducía al hall del convento. En la pantalla en blanco y negro se distinguían perfectamente dos figuras femeninas ataviadas con hábitos monjiles, la una caminando frente a la otra. Lo que a cualquier otra mirada menos adiestrada y suspicaz le habría pasado completamente desapercibido -máxime tratándose de una congregación de madres malthusianas que habitualmente se trasladaban por el convento en parejas- a Sonia Ferrer se le antojó sospechoso desde el primer instante. Tan pronto como, con un autoritario y mecánico gesto de la mano trasladó la imagen al monitor central de 70 pulgadas a color, corroboró que, a pesar de aquellos exasperantes años de inactividad –echaba tanto de menos los buenos viejos tiempos en el penal de mujeres de Rickers Island- su instinto e intuición no la habían abandonado.

Nadie más en aquella institución vestía la casulla marrón cobrizo sobre el sayo. Nadie salvo la mismísima Hermana Löffler ocultaba su rostro bajo una cofia dorada. Tan evidente fue para Sonia Ferrer que se trataba de la priora, como que ésta se hallaba coaccionada por una de las gestantes que, incomprensiblemente, debía de haberla tomado como rehén para tratar de fugarse. De ninguna otra manera se explicaba por qué ambas mujeres caminaban tan próximas la una a la otra, acompasando y sincronizando sus movimientos, avanzando a pasitos de apenas 20 centímetros, ni por qué la mujer que marchaba detrás de la Hermana Löffler, lo hacía con la mano izquierda apoyada sobre el hombro de la priora. A la luz de aquellas imágenes, la jefa de seguridad no tuvo ninguna duda de que la mano derecha de la gestante debía empuñar alguna clase de objeto punzante adosado a la espalda de la matriarca de La Sororidad.

Por todas estas razones, apenas pasaban 14 segundos de las 23:44 cuando, Sonia Ferrer sintió el irrefrenable deseo de estrenar el enorme botón rojo que sobresalía del cuadro de mandos, haciendo resonar la señal de alarma por todo el convento. Acto seguido, pulsó el interruptor del micrófono para urgir por megafonía a todas las vigilantes de Los Cloisters a que se personasen en el vestíbulo del convento inmediatamente.

- ¡Rápido, camina! –gritó Vanessa por encima del fragor de la sirena para hacerse oír. Al final del pasillo, atravesando el hall, ya se divisaban las pesadas puertas de madera del convento. Aceleraron el paso, pero, tan pronto como accedieron al vestíbulo, una legión de madres malthusianas formó un círculo todo en derredor-. Ahora, ni una palabra –susurró Vanessa a la oreja que había a escasos centímetros de su boca.

Minutos antes, mientras contemplaba el exiguo cuerpecillo de la Hermana Löffler, desmayado en el suelo de la cripta, tras haber estampado violentamente su cara contra el cristal que separaba las bodegas de la celda destinada a ordeñar a Freddy, a Vanessa le parecía mentira que una momia como la que yacía a sus pies pudiese ser el sostén de La Sororidad en su conjunto. Casi se le antojaba una impostura; como una broma de muy mal gusto… Y fue, albergando estos pensamientos, cuando le vino a la cabeza, como una revelación, el plan que le posibilitaría fugarse de aquel convento.

Antes de acceder a la sala de ordeño, para liberar a Freddy de las argollas que le mantenían tumbado y despatarrado sobre la camilla, extrajo el teléfono móvil de entre los pliegues de su sayo para captar, en aquel improvisado plano secuencia que ya duraba más de media hora, unas tomas de aquellas instalaciones, así como de los artefactos empleados para la extracción del semen. Procuró concentrarse en las imágenes que se reproducían sobre la pantalla del celular para reprimir las nauseas y las arcadas que le provocaba aquel macabro escenario. Pero lo peor era el aroma agriodulzón a esperma y orines que flotaba en el aire. Trató de no pensar en su futuro hijo encadenado sobre una de aquellas camillas, cautivo de por vida bajo aquellas lóbregas bóvedas, conectado a perpetuidad por sus gónadas a aquellos ingenios maléficos… Mas no lo consiguió, y terminó vomitando por segunda vez aquella noche. Y, como quiera que su estómago se encontraba vacío, tan sólo brotó una espumosa y amarga baba bilial a través de su boca y sus orificios nasales. Mas el hedor de su propio vómito se le antojó preferible a los nauseabundos efluvios que impregnaban aquella cámara infernal.

Cuando se hubo cerciorado de que contaba con un testimonio audiovisual lo suficientemente impactante y esclarecedor, interrumpió la grabación y apagó el teléfono móvil. A continuación manipuló las abrazaderas y dogales que mantenían a Freddy inmovilizado. Antes de retirar del interior de su boca la bola de goma que le servía de mordaza, Vanessa procedió a extraer con sumo cuidado el cabezal de succión adosado al escroto de Freddy. Las finas agujas, que penetraban a través de la descarnada y recocida piel de la bolsa testicular para aspirar los espermatozoides directamente del epidimio y las gónadas, eran de una longitud mayor de lo que Vannessa había previsto. Y aquella manipulación se prologó más de lo que hubiera sido decente. Un verdadero calvario, a juzgar por las escalofriantes expresiones de dolor y los apagados aullidos que emitía Freddy, quien estuvo a punto de perder el conocimiento. Una vez retirado el dispositivo de ordeño, le desamordazó. Y, antes de que éste pudiera balbucear una palabra de agradecimiento, Vanessa rozó -30 años después de que lo hiciera por última vez- los agrietados labios de Freddy con los suyos, humedeciéndolos con un cálido beso.

- Espérame aquí –le dijo-. Enseguida vuelvo.

A la carrera, sujetándose el vientre con ambas manos, volvió Vanessa al inmenso hangar que servía de almacén para miles de arcas de semen. Y, antes de ocultar el teléfono móvil de nuevo en el interior de sus bragas, desencajó hábilmente la pieza que contenía la batería de ión-litio. Volvió a escaldarse la mano derecha al depositar la pila del dispositivo sobre uno de los armazones que sostenían las urnas refrigeradoras del esperma. No sabía de cuánto tiempo dispondrían antes de que, debido al sobrecalentamiento, el óxido de litio y el cobalto del cátodo, se mezclasen con el grafito del ánodo y el dimetilcarbonato del electrolito, provocando un escape térmico, que generaría (al menos esa era la teoría) una combustión espontánea. Pero se figuraba que sería cuestión de minutos.

De rodillas, mientras desvestía rápidamente al bulto que formaba en el suelo el cuerpecillo de Claudia Löffler, Vanessa se temió que, a pesar de la desnutrición y la extrema delgadez que presentaba Freddy, el menudo hábito de la priora fuese excesivamente pequeño como para llevar a cabo la impostura que había planeado. No obstante, procedió a desnudar por completo a la matriarca quien, al sentir el frío tacto del suelo de piedra sobre la apergaminada piel de su espalda, dio muestras de estar recuperando la consciencia.

"No hay tiempo que perder" -pensó Vanessa para sus adentros. Y, a punto estaba de volver corriendo junto a Freddy, cuando su mirada fue a posarse sobre el pecho de Claudia Löffler. Lo que contempló, la estremeció hasta el punto de que le fallaron las rodillas y tuvo que apoyarse sobre los ladrillos de la pared para no perder el equilibrio. Escoltada por los dos pellejos lacios que otrora fueron sus pechos, Vanessa reconoció inmediatamente la constelación de lunares que destacaba sobre la traslúcida membrana de piel que recubría el esternón de la priora. Mil y una veces había unido Freddy aquellos cinco lunares, trazando una uve doble con la punta de su dedo índice sobre su propio pecho. Pero había sido Tricia, aquella noche que pasaron tumbadas en la trasera de la pick-up que alquilaron para ir de excursión a Katterskill, quien, bajo el cielo estrellado de los bosques que la habían visto crecer, le hizo comprender que llevaba en el pecho la marca de Casiopea: un trono de tortura que representa a la vanidad.

Trató de convencerse de que se trataba de una macabra casualidad, mientras vestía a Freddy con los hábitos de la Hermana Löffler. Procuró no atender a las repercusiones de lo que implicaba que ambas compartiesen aquella marca, intentando centrar toda su atención en incorporar y estabilizar a Freddy en posición vertical; en ayudarle a recordar cómo se caminaba. Como había calculado, el sayo de la priora era demasiado estrecho, lo que obligaba al hombre a avanzar a pasitos cortos, cuando no a pequeños saltitos, pues la falda había apresado sus muslos y tan sólo le permitía movilidad de rodilla para abajo.

- Salgamos de aquí -le dijo Vanessa, situándose detrás de él para sostenerle.

En penosa procesión, consiguieron ascender al claustro y, atravesando la sala capitular, enfilaron el pasaje que conducía a los baños comunales y, desde allí, al vestíbulo del convento. Amparadas en la oscuridad de la noche, ambas figuras avanzaban conteniendo la respiración. No obstante, Vanessa sabía que era cuestión de minutos que les diesen el alto, por eso, cuando el aullido de las alarmas comenzó a resonar por todo el complejo y los deslumbrantes haces de los focos les cegaron, no la pilló por sorpresa.

- ¡Rápido, camina! -gritó por encima del fragor de la sirena para hacerse oír. Confiaba en alcanzar las pesadas puertas de madera del convento antes de que toda la cohorte de vigilancia hiciese acto de presencia en el vestíbulo. Sin embargo, para cuando alcanzaron el hall, se vieron rodeados de madres malthusianas pertrechadas con sus inseparables porras eléctricas-. Ahora, ni una palabra -le susurró a la oreja de Freddy, que tenía a escasos centímetros de su boca.

- Todo ha acabado -una voz atronadora parecía surgir directamente de las paredes del convento, como fuera la si la mismísima Diosa quien hablara- ¡Suelte inmediatamente a la Hermana Löffler!

En otras circunstancias, eso habría sido precisamente lo que Vanessa no hubiera hecho. Pero, en aquel momento no le pareció mala idea, de modo que empujó a Freddy con todas sus fuerzas en dirección al grupo de madres malthusianas que acababan de acceder al vestíbulo por la puerta de salida, que permanecía abierta. Era evidente que su plan no había funcionado como ella pensaba. En teoría, el escape térmico, producido por el sobrecalentamiento de la batería del móvil, debería haber provocado una explosión de suficiente magnitud como para desviar la atención de las guardianas hacia aquella parte del convento. Seguramente, la deflagración ni siquiera había dañado al módulo sobre el que Vanessa había colocado la pila. De modo que se imponía intentar otra cosa...

El empellón cogió desprevenido a Freddy que, en su precipitación, y desprovisto de ayuda para conservar el equilibrio, fue a caer a los pies de las madres malthusianas que se interponían entre ellos y la vía de escape. Embutido como estaba en aquel sayo minúsculo, Freddy apenas podía controlar sus extremidades, por lo que cayó como un peso muerto y fue a darse de bruces contra el suelo, haciendo que la áurea cofia que le ocultaba el rostro, como si de la corola de un lirio de los valles se tratase, saliera despedida.

Las guardianas que se habían aprestado para tratar de impedir la caída de la que creían su priora, al descubrir el rostro de Freddy bajo la toca, expresaron su trastorno aunando sus voces en un agudo chillido, al tiempo que, de un salto, se alejaron de aquella figura masculina que tanto pavor les producía, dejando el camino hacia la salida expedito.

Vanessa aprovechó la confusión para extraer el móvil que tenía oculto bajo su ropa interior. Decidió jugarse el todo por el todo y apuntar con él hacia el grupo de aterradas madres malthusianas, mientras se aproximaba a Freddy para ayudarle a incorporarse.

- ¡Estoy emitiendo en directo a través de las redes sociales! -gritó Vanessa a modo de advertencia-. Toda La Sororidad está siendo ahora mismo testiga de estos acontecimientos, contemplando el rostro de nuestras captoras y preparándose para emitir contra ellas su veredicto. ¡Atrás! -aulló, consiguiendo que las madres malthusianas se replegasen, franqueándoles el paso a través de la puerta.

Caminando esta vez hacia atrás, Vanessa y Freddy ya se hallaban bajo el bello artesonado de madera que recubría la bóveda de la entrada, sintiendo en sus nucas el frío aire de la madrugada y dispuestos a emprender la huida cuando, procedentes del pasadizo que conducía al vestíbulo del convento, se escucharon unos gritos tan autoritarios como inconfundibles…

- ¡Hay que cogegles! ¡Hay que cogegles! ¡Detenedles inmediatamente!

Decenas de rostros crispados reiniciaron la persecución. El tiempo pareció estirarse y condensarse exasperantemente. O al menos eso fue lo que pensó Vanessa mientras, tirando de Freddy, se dio media vuelta para iniciar una desesperada carrera. Cada movimiento, cada sacudida, cada zancada se le antojaba demasiado lento, demasiado débil, demasiado corta...

Centenares de manos luchan por asirles. Son capaces de notar el roce de sus acalambrados dedos tratando de darles caza, de evitar su fuga. El forcejeo se ralentiza aún más si cabe. Tanto que Vanessa tiene la impresión de estar de nuevo bajo el influjo de ese sueño tan recurrente que le atormenta noche tras noche, en el que trata de correr pero sus piernas, incomprensible y desesperantemente entumecidas, no le responden.

Cuando, de pronto, vuela...

Un brutal fogonazo cegador precede al trueno de la explosión...

Suspendido en el aire, Freddy siente que sus tímpanos revientan...

Aún proyectada por la descomunal onda expansiva, Vanessa es capaz de intuir su sangre manando e inundando sus pabellones auditivos...

El dolor es atroz... Pero sonríe.

Tiene miedo, mucho miedo por el bebé... Pero sonríe.

De pronto, no sólo sabe que van a escapar de allí...

De repente, ya no se conforma con haber hecho volar el convento de Les Cloisters por los aires.

También se propone hacer saltar en pedazos toda La Sororidad.

Publicado la semana 47. 19/11/2018
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The bitter end (Placebo) , Prison Break, La Gran Evasión , De noche, En la cama, Con ganas
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