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Rubén Chacón Sanchidrián

RELATOCRACIA - Malditas

- Pues usted dirá lo que quiera pero, para mi gusto, un sistema eugenésico para la discriminación positiva del género femenino, basado en que miles de millones de mujeres crean a pie juntillas en una fecundación de origen divino, cuyo propósito es ocultarles que, en realidad, están siendo inseminadas artificialmente, de manera que no se den cuenta de que, en última instancia, su supervivencia sigue dependiendo de la existencia de un reducido grupo de hombres esclavizados al objeto de ordeñarles su semen…, se me antoja un pelín rebuscado –porfió Camille quien, sentada en aquel desvencijado sofá y sosteniéndose la cabeza sobre las manos, se devanaba los sesos tratando de encontrarle sentido a una trama que en su mente naufragaba-. Y, desde luego, permítame decirle, Doctora Sorkin que, con todos mis respetos, no me parece digno de una guionista de su talla…

- Si bien es cierto que los mitos de la partenogénesis, en un primer momento, y el Programa de Inmaculadas Concepciones, más adelante, terminaron ocultando un artero sistema de inseminación artificial –explicó la decana de La Academia, quien parecía menguar a medida que transcurrían las horas-, ambos relatos fueron concebidos como una explicación que las primeras generaciones de La Sororidad pudiesen asumir como válido y lícito, mientras se terminaban de desarrollar las investigaciones conducentes a la verdadera y definitiva vía de emancipación de la mujer…

A pesar de que el cansancio se hacía evidente en su arrugado rostro, muy abatida tendría que encontrarse la Doctora Sorkin para resistirse a introducir en esta ocasión una de sus proverbiales pausas dramáticas. Dirigió una cansada sonrisa a sus dos interlocutoras, mientras que Vanessa Womb y Camille Lescaut, demasiado familiarizadas ya con aquel rasgo tan característico de la vieja decana, se limitaron a ejecutar un leve y sincronizado encogimiento de hombros.

- …la clonación humana –claudicó la anciana guionista, liberando de golpe el aire de sus pulmones-. En teoría no parecía muy complicado. O así al menos nos lo hizo creer la ciencia masculina. El modo más simple consistía en imitar cómo la naturaleza crea gemelos, dividiendo en fragmentos un embrión temprano. Pero es que incluso contábamos con otro método, supuestamente más útil, al que los hombres denominaron transferencia nuclear de células somáticas, según el cual cada una de las células que nos componen tiene en su núcleo una copia completa de nuestro genoma. Así que, en principio, bastaría con extraer el núcleo de una célula cualquiera para instalarlo en un óvulo al que, previamente, se le hubiera extraído su propio núcleo. De este modo, nos decían, se obtendría un embrión con el mismo genoma que el donante original. Este embrión se implantaría en una hembra y se desarrollaría transformándose en un ser humano genéticamente idéntico al original, un clon. Simple, ¿verdad…? En teoría…

- Sin embargo, ese método que explica usted, y que está basado en el que se empleó para clonar a la oveja Dolly, en primates no funciona –terció Vanessa dejando boquiabiertas tanto a Camille como a la Doctora Sorkin-. Los óvulos de los primates tienen estructuras alrededor del núcleo que guían a los cromosomas durante la división celular. Estas estructuras se dañan al extraer el núcleo del óvulo, lo que después provoca el fracaso del embrión modificado. Con técnicas complementarias se podría conseguir cierto porcentaje de éxito, pero sólo usando como origen para la transferencia núcleos de células fetales. En este caso, los embriones no resultan viables si se usasen núcleos de células adultas. Esto limitaría los usos potenciales del sistema. En resumen: nada de clones de un adulto.

- Así fue –reconoció Sorkin aún perpleja tras la exposición de Vanessa.

- Mi padre adoptivo lideraba un prestigioso equipo de genetistas en Boston, antes de verse obligado a esconderse en las montañas para huir del Pogromo –mencionó Vanessa a modo de explicación-. Aunque aquello sólo le valió para aplazar lo inevitable, durante nuestra estancia en Katterskill, le escuché explicar, en numerosas ocasiones, a otros refugiados esto mismo que acabo de contaros a vosotras…

- Lo cierto es que la enorme complejidad técnica de los experimentos de clonación supuso una eficacia muy baja del procedimiento: de 180 millones de intentos empleando núcleos de células adultas –continuó explicando la Doctora Sorkin-, únicamente se consiguieron embriones viables en un porcentaje inferior al cinco por ciento. Y todos ellos morían al poco tiempo de nacer. Con todo y con eso, nuestras científicas más prestigiosas contaban con tener a punto esta tecnología para mediados del siglo XXI. Pero los hombres supieron ver la amenaza potencial que esto supondría para justificar la prescindibilidad masculina y, durante la Guerra de los Géneros, una de sus prioridades fue atacar los laboratorios de I+D donde se estaban llevando a cabo las más importantes investigaciones, no sólo sobre clonación humana. Al final del conflicto, cuando los hombres fueron completamente derrotados, en términos de ciencia, habíamos retrocedido una centuria.

- Y, por ende, la supervivencia femenina quedó supeditada, una vez más, a que los hombres nos siguieran proveyendo de su semen –resumió perfectamente Camille-. Aunque para ello tuviéramos que controlar su número, esclavizarlos, confinarlos y ordeñarlos…

- Aunque para ello tuviéramos que controlar su número, esclavizarlos, confinarlos y ordeñarlos –confirmó Sorkin, visiblemente avergonzada.

- Aunque para ello tuvierais que mentir descaradamente a toda La Sororidad sobre el origen de los nacimientos –puntualizó Vanessa autoexcluyéndose de aquella macabra confabulación.

- Tú lo has dicho –corroboró la anciana guionista, volviendo a tomar asiento en su sillón orejero.

- ¿Y qué salió mal? –quiso saber Camille.

- ¿A qué te refieres, mi niña? –indagó Sorkin, sinceramente intrigada.

- A ver, es innegable que algo debió salir mal –recalcó Camille azotándose sonoramente los muslos con ambas manos y evidenciando que aquel tema le frustraba sobremanera-. No es sólo que contemos con testimonios de que, antes de la instauración de La Sororidad, tanto las mujeres como los hombres llegasen a vivir hasta los cien años. Usted misma, incluso Vanessa aquí presente, supone una prueba fehaciente de que antes de ponernos a jugar a ser diosas, o a simular serlo, los seres humanos gozaban de una longevidad que, en algunos casos, podría llegar a triplicar a la esperanza de vida media en la actualidad. Insisto: ¡es evidente que algo se ha hecho rematadamente mal!

- ¡Que me aspen si supiese la razón, querida mía! –exclamó pesarosamente Sorkin-. Sé tanto como tú. Y se me parte el corazón cada vez que os veo partir en la flor misma de la vida. Comprendo que no es sencillo asumir que te vayas a morir con poco más de treinta años. ¡Pero no te imaginas lo duro que es continuar respirando después de haber sobrevivido a tantas, tantísimas buenas y queridas amigas! Ojalá tuviera una respuesta que ofrecerte, Camille. Créeme cuando te digo que ni yo misma puedo llegar a entenderlo…

En la hora más oscura, la que precede al alba, se instaló entre las tres un aún más lóbrego silencio, tan sólo quebrado por el obstinado segundero del reloj de cuco que, en aquel preciso momento, anunciaba el comienzo de la quinta hora de aquel nuevo día. Antes de que el mutismo volviese a instalarse en la habitación, Vanessa susurró tímidamente:

- Quizás también tenga una explicación para eso…

- ¿Cómo dices, Vanessa? –indagó Camille.

- ¿A qué te refieres? –quisó saber también la Doctora Sorkin.

- Quiero decir que es posible que conozca la causa de la muerte prematura de tantas chicas inocentes –la voz de Vanessa fue ganando en confianza a medida que aquella tesis, tantas veces barajada y descartada, iba cobrando mayor peso en su mente. Se inclinó hacia delante y miró alternativamente a la una y a la otra, antes de continuar diciendo:-. Cuando yo era pequeña, vivía con nosotros, en la comuna de Katterskill un refugiado de muy avanzada edad; probablemente centenario. Creo recordar que se llamaba Hallinger, o Hellinberg. Aunque todos le conocíamos por Bert. Pues bien, el bueno de Bert debió de haber sido en sus tiempos un eminente filósofo o pedagogo que dedicó su longeva vida no sólo a tratar de averiguar el origen de los fallos del sistema en las familias. También diseño una terapia que él denominaba de “constelaciones familiares”: unas claves muy concretas y concisas, cuyo objetivo era que nos fuera bien en nuestras relaciones con las personas a las que estuviéramos vinculados.

>> No sé cuántas sesiones dedicaría Bert a explicarnos aquella teoría suya. Pero debieron de ser muchas, porque hasta yo, que no era más que una niña, terminé pillando el concepto: según él, todo manaba de nuestro sistema de origen, compuesto por nuestros padres y hermanos, así como nuestros tíos y abuelos. Sin embargo, analizando los casos de las familias que residíamos en la comuna, nos demostró que no era poco frecuente que nuestros sistemas de origen también recibieran mucha influencia de hasta tres o cuatro generaciones anteriores, en aquellos casos en los que hubiera existido un ancestro con una carga muy poderosa en alguna de aquellas familias: un bisabuelo sobre el que se cometió una gran injusticia, o una tatarabuela que fue ultrajada y abandonada a su suerte...

>> El caso es que, según nos explicaba Bert, acontecimientos de gran trascendencia pueden generar posteriormente muchos bloqueos y conflictos, porque un miembro descendiente, por fidelidad y de forma completamente inconsciente, podría estar adquiriendo estas cargas y reproduciéndolas en su destino. A mí misma, que por aquel entonces recuerdo que me estaba leyendo la tragedia de Edipo Rey, todo aquello me pareció que tenía todo el sentido del mundo… Tomaos un minuto para pensar cuántos grandes relatos de la literatura universal están basados precisamente en esta misma premisa.

>> En fin, que me enrollo… Parece ser que, a lo largo de su longeva carrera, Bert documentó innumerables casos de hijos y nietos de oficiales del ejército nazi que nunca llegaron a reconocer o a procesar la culpa relacionada con los crímenes que habían cometido sobre víctimas inocentes durante la II Guerra Mundial. Y fueron estos descendientes quienes desarrollaron fidelidades hacia las víctimas, lo que les originó tremendos trastornos emocionales, e incluso enfermedades horribles de todo tipo.

>> Conjugando los estudios de Bert podemos constatar el sinfín de graves trastornos limitantes –e incluso mortales- que derivan de las exclusiones sistémicas. A sabiendas de que, cuando hablamos de exclusión, lo hacemos de una persona que ha sido rechazada fruto de un profundo rencor, o un odio visceral. Máxime si hubiera sido víctima de una venganza sin precedentes.

- Me vais a perdonar, pero… –quizás debido al cansancio, Camille se mostraba un tanto reacia a otorgar credibilidad a las palabras de Vanessa. Dirigiéndole una inquisitiva mirada a la Doctora Sorkin, preguntó:- ¿soy yo la única a la que le parece que esta teoría no tiene ni pies ni cabeza…?

- Lo cierto es que yo tampoco termino de encontrarle la lógica –reconoció la anciana.

- ¿Os acordáis de las clases de Química de secundaria…? –inquirió Vanessa emitiendo un profundo suspiro-. Venga, una pregunta fácil: ¿Qué elementos componen una molécula de agua?

Camille y Sorkin entornaron los ojos. Pero aún así no pudieron evitar responder mecánicamente y al unísono:

- Hidrógeno y oxígeno.

- ¡Buena memoria! –elogió condescendientemente Vanessa-. Ahora otra un poquito más complicada: ¿Sabríais decirme qué característica tienen en común ambos gases…?

- ¡Que arden! –exclamó, esta vez verdaderamente entusiasmada, Camille.

- ¡Fantástico! Entonces, ¿quién me dice por qué si unimos dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno obtenemos una molécula distinta que calma nuestra sed, que moja y que es capaz de apagar el fuego…? –al plantear aquella pregunta, Vanessa se percató de que, por fin había sido capaz de captar plenamente la atención de sus compañeras. Esto la animó a continuar con su exposición-. Lo lógico es que, si esa nueva molécula fuese una simple suma de los elementos que la componen, el agua ardiese, ¿sí o no? Sin embargo, ¿cuántas veces en la vida presenciamos este tipo de milagros sin siquiera reparar en ellos? ¿Acaso no formamos todos parte de uniones que no sólo son superiores a la mera suma de sus componentes, sino que cumplen funciones que estarían fuera del alcance para los elementos que la integran por separado…?

>> Pues bien, esto es a lo que Bert denominaba sistema. El Universo en su conjunto es un gran milagro. Todo en él se compone de sistemas que a su vez están integrados por otros sistemas más pequeños: cada elemento que interviene en cada uno de estos sistemas está a su vez constituido por otros elementos aún más minúsculos. Todo, absolutamente todo, tú también –dijo Vanessa señalando vehementemente a Camille-, forma parte de una cadena compuesta por elementos: los átomos componen moléculas; las moléculas orgánulos; los orgánulos células; las células órganos; un conjunto de órganos da lugar a un ser. Si a este ser le añadimos unos recuerdos del pasado, unos anhelos de futuro, un momento presente, una consciencia y una personalidad obtenemos un ser humano, como tú…

>> Lo mires por donde lo mires, todo el Universo está compuesto de sistemas. Es la manera que tiene el cosmos de ordenarse. Y todo sistema, lo primero que necesita es un equilibrio que permita que el conjunto funcione. ¿Os imagináis qué pasaría si de golpe y porrazo se vaporizase un planeta como Marte…? ¿O si, como se empeñaban en afirmar en la Edad Media, la Tierra quisiera destronar al Sol haciendo que todos los planetas girasen a nuestro alrededor…? Desequilibrios, exclusiones, usurpaciones de roles, conflictos…, esto pasa en todos los sistemas. Y, por supuesto, también ocurre hasta en las mejores familias… Pero el holocausto acaecido en nuestro sistema hace apenas 40 años es algo absolutamente inédito a nivel universal y cuya onda expansiva recorrerá, como una tétrica radiación de fondo, los cielos intergalácticos hasta el final de los tiempos…

- Así que esa es la maldición que pesa sobre todas nosotras –concluyó desesperanzada Camille.

- Si tenemos que cuenta que todas vosotras sois hijas de una madre despiadada y vengativa, perpetradora y cómplice del mayor crimen cometido en la historia de la humanidad..., que todas sois hijas de un padre cautivo, esclavizado y expoliado; de una víctima superviviente de la mayor afrenta jamás cometida contra el equilibrio sistémico universal… Sí, supongo que podríamos sintetizarlo así –ratificó Vanessa-. Estáis malditas.

Quizás fuese el cansancio; puede que fuese el momento propicio de la madrugada para claudicar definitivamente… Pero fuera como fuese, las tres mujeres agacharon la cabeza intuyendo, aceptando y asumiendo que acababan de interpretar una gran verdad. Como si hubiese sido la propia Diosa la que, entusiasmando el discurso de Vanessa, les hubiera revelado un funesto e inapelable oráculo. Sin embargo, Camille, quizás porque de las tres fuera la que sentía en mayor medida el peso de aquella maldición sobre sus espaldas, se revolvió poco o nada dispuesta a conformarse con su aciago destino.

- Pues con mayor motivo para reafirmarme en mi convencimiento de que esta trama hace aguas –dijo la joven, rodeando el sillón sobre el que la Doctora Sorkin comenzaba a dejarse vencer por el sueño. Con lágrimas en los ojos, descorrió intempestivamente la cortina que cubría el ventanal del salón y apoyó su frente sobre el cristal del mirador, bajo el que se extendía la siempre majestuosa masa boscosa de Central Park.

- Creo que te entiendo, mi niña –le dijo la anciana girándose sobre el respaldo del sillón y tomándole cariñosamente la mano-. Y créeme tú a mí cuando te digo que, si yo pudiera, haría cualquier cosa por revertir esta situación. Pero mucho me temo que…

- Desde que nos contó la historia de Virginie Dorantes y de su Relatocracia no he podido dejar de darle vueltas a una idea que usted misma sugirió –le interrumpió Camille con la mirada fija en la escena que se desarrollaba al otro lado del ventanal.

Amanecía: un sol radiante anunciaba la llegada de un nuevo día. Sus ojos, aún humedecidos por las lágrimas, habían adquirido un delicioso brillo ambarino que maridaba a la perfección con la dulce sonrisa que se perfiló en sus labios.

- ¡Voy a necesitar que haga tres llamadas! –le espetó Camille, volviéndose para mirar a la anciana guionista con una intensidad que sacó a Sorkin repentinamente de su sopor-. ¡Ahora mismo…!

Esta vez fue Vanessa quien ocupó el lugar de Camille junto a la ventana, mientras la joven le refería a la Doctora Sorkin los detalles del plan que acababa de alumbrar. La anciana, que durante un buen rato permaneció con la vista fija en los mandalas de su alfombra persa, limitándose a asentir muy seria y en silencio, alzó la vista, contemplando a su pupila con una mezcla de admiración y orgullo maternal en su mirada, cuando Camille concluyó su exposición.

Maestra y pupila asintieron simultáneamente, intercambiando una prieta sonrisa de complicidad, antes de que Sorkin se incoporase para tomar su teléfono, que había dejado sobre el mostrador que dividía la cocina del salón. Acodada sobre la superficie de mármol, vertió a través del auricular tajantes directrices a personal de su confianza, a quien requirió introducir furtívamente los componentes de un revólver impreso en 3D, dentro de la cápsula del dispensario de tissues de una de las letrinas de una conocida tetería del centro de la ciudad.

Antes de volver a marcar, solicitó con un gesto a sus acompañantes que guardarsen un sepulcral silencio, mientras mantuviera la conversación que iba a tener lugar a continuación:

- ¿Claudia…? Sí, hola querida, ¿cómo estás? Soy Ariel… Sí, Ariel Sorkin…, ¡eso es! Disculpa que te llame a esta hora tan temprana... ¿Ah, sí…? Entonces te pasa como a mí… Ni te imaginas el tiempo que llevo yo ya despierta… Sí, jajajaja… ¡Exacto! El caso, querida, es que te llamaba porque me he enterado de que llevas ya un tiempo doliéndote por una reciente pérdida… Sí… Eso es, tú ya me entiendes… Y precisamente quería decirte que no te aflijas… Que no todo se ha perdido… Ahí, ahí, ahí… A eso quería yo llegar… Sé dónde puedes encontrar lo que has perdido y resolver esta situación definitivamente…. ¡Eeeeeeeeeeeeefectivamente! Mira, toma nota: TrooTea de Hell’s Kitchen. Sí, en Manhattan. Hoy mismo. Estáte allí unos minutos antes de las once de la mañana. No faltes… ¡Eso es! Ahora tengo que dejarte, Claudia. Me alegro de haber hablado contigo –y una vez que hubo cortado la llamada, añadió-, por última vez…

La Doctora Sorkin se quedó contemplando el terminal de su teléfono móvil. Una grave expresión se instaló entre los surcos de su arrugado rostro. Suspiró un par de veces, vaciando completamente los pulmones antes de efectuar la tercera llamada que le había solicitado su pupila… Manipuló con una determinación pasmosa los botones de su terminal antes de colocárselo junto a la oreja. Cuando escuchó que descolgaban al otro lado, le guiñó un ojo a Camille. Y haciendo acopio de toda la capacidad de persuasión de que fue capaz, dijo:

- ¿El señor Tizzone...? Señor Tizzone. Usted aún no lo sabe, pero le va a tocar la lotería...

Publicado la semana 46. 12/11/2018
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Doomed (Bring Me The Horizon) , Los órdenes del amor (Bert Hellinger) , De noche, En la cama, Con ganas
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