Semana
45
Rubén Chacón Sanchidrián

RELATOCRACIA - Venganza

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Relato
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Cuando Luisa llamó aquel día a la puerta de su propia casa ya sabía que era la última vez que lo iba a hacer. Estaba acostumbrada a escuchar aquel timbre desde el interior de la vivienda y, al presionar el blanco pezón que sobresalía de la areola metálica, apenas fue capaz de reconocer el sonido, como si estuviera de visita en morada ajena. Profirió un hondo suspiro con la cabeza levantada hacia el prístino cielo azul de Angola –donde deseó que se encontrasen en ese momento sus dos niñitas-, y no realizó ningún esfuerzo por retener las lágrimas que, surcando todo el contorno de sus anchos pómulos, trazaron dos caudalosos regueros, antes de caer y ser absorbidas por la roja tierra de su país, mostrándole el verdadero emplazamiento de sus dos hijas.

Aún conservaba un juego de llaves en el bolso. Pero, dadas las circunstancias, prefirió no tentar a la suerte y que fuera el propio Nuno quien le franquease el paso. Las leyes en Angola eran –pensó mientras pulsaba por segunda vez el timbre de la puerta- tan injustas como desmesuradas. Su hermana le había advertido por WhatsUp que su marido había interpuesto una demanda contra ella por adulterio y homosexualidad. Al parecer contaba con pruebas irrefutables. De modo que ella se hallaba en busca y captura. Aún antes de ser juzgada, todos los que la rodeaban sabían que sería condenada a cadena perpetua. Ese fue el motivo por el que Luisa no pudo asistir al entierro de sus propias hijas. En Angola, acostarse con una mujer constituía un delito mucho más grave que asesinar (aunque hubiera sido accidentalmente) a dos niñas. Nuno tan sólo había tenido que asumir una sanción administrativa, mientras que a ella, en el mejor de los casos, le aguardaba una fría y oscura celda de por vida.

Hizo una tercera tentativa antes de deducir que su marido debía hallarse fuera de la vivienda en aquel momento. Así que se decidió por extraer la llave del interior del bolso. La introdujo con tanto tacto como cuando, de adolescente, había estado con las amigas compartiendo una botella de vino de palma, o bebiendo cerveza de maíz. En aquella altura pensaba que nada en el mundo le podría provocar mayor pavor que enfrentar la mirada inquisitiva y la somanta de palos que le daría su padre si la pillaba ebria. Casi estuvo tentada de reírse cuando se percató -al girar la llave y escuchar los goznes de la puerta chirriar como si del mejor sistema de alarma antirrobos se tratase- de cuán infantiles se le antojaban ahora aquellos miedos, comparados con los que la vida aún le tenía reservados a aquella niña que fue.

Pero ya no tenía más miedo. Porque ya no tenía nada más que perder salvo su libertad. Y, para temer por la falta de libertad, habría sido necesario tener, antes que nada, ganas de vivir. Y de eso ya no le quedaba a Luisa. Sabía, porque así lo había decidido, que moriría antes de que se pusiera el sol. Al igual que sabía, porque también lo había decidido así, que moriría matando. Y cuanto más mejor…

Depositó el pack de seis cervezas Labelly sobre la mesita del salón, antes de cerrar de un puntapié la puerta de la vivienda. Enfiló el estrecho pasillo en dirección al dormitorio y, tras arrojar los zapatos contra la pared, se recostó sobre la cama dispuesta a esperar a que llegase su marido. Llevaba tres días y tres noches sin dormir, así que adquirir la posición horizontal se le antojó el mayor de los placeres posibles. Tentada estuvo de cerrar los ojos y dejarse arrastrar por el dulce sueño que comenzaba a hacer presa de ella. En el fondo, ¿qué más da todo?, llegó a pensar… El cansancio puede llegar a ser tan persuasivo que hasta te haga olvidar que el único propósito por el que sigues respirando es vengar la muerte de tus dos hijas.

Alertada por su hermana de que las niñas corrían algún peligro, pero aún desconocedora del verdadero motivo por el que tanto urgía su presencia en Angola, tenía pensado haber regresado directamente a Luanda procedente de Viena. Pero, toda vez que Luzia la había advertido posteriormente del peligro que corría si se presentaba en el aeropuerto de la capital, había decidido aprovechar la escala en Túnez, para volar desde allí a Kinsasa y recorrer los 800 kilómetros que la separaban de su ciudad natal en un coche de alquiler. Después de más de 13 extenuantes horas al volante, llegó a Luanda cuando aquel fatídico sábado 8 de marzo ya tocaba a su fin. Y, como no sabía a dónde dirigirse, decidió aprovecharse de que Isabella dos Santos le había confiado los códigos de acceso a la fábrica de cerveza, para conducir el coche hasta allí y recluirse en su interior. Además, durante el trayecto, escuchó en el noticiario que, debido a los atroces atentados de Wellington, en los que, según las últimas estimaciones, el número de víctimas habría superado la centena de millar, habían sido decretados tres días de luto a nivel mundial a partir del lunes. Con lo que, al menos hasta el jueves de la siguiente semana, Luisa no tendría por qué ver a nadie.

Desde su despacho, en la planta superior de la fábrica, se divisaba por completo la cadena de producción. No recordaba haberla visto parada en todos los años que llevaba trabajando en la cervecera Ladies’ Best Ally. Aquella panorámica de gigantesca anaconda adormecida a la que se asemejaba la quietud de las cintas trasportadoras que recorrían toda la planta, hizo mella en Luisa quien, a su vez, se extendió a lo largo del amplio sofá del que disponía en su despacho. Y, echándose el abrigo por encima del cuerpo, cerró los párpados. Si en aquel momento hubiera sabido que sus hijas habían fallecido envenenadas no habría sido capaz de pegar ojo. Tampoco es que saberse acusada por su marido (y al parecer con pruebas fehacientes de ello) de adulterio y homosexualidad le ayudase a conciliar el sueño. Pero, por más extremas e inquietantes que pudieran ser las amenazas que se cernían sobre ella, Luisa estaba exhausta y su mente no tardó en plegarse a la necesidad de descanso que demandaba su cuerpo…

[Domingo, 9 de março

10:34 - Onde estás?]

El sonido del mensaje entrante enviado por Luzia la sobresaltó. Tardó unos instantes en reubicarse y facilitarle su paradero a su hermana. Entre ellas solían bromear sobre la cantidad de horas que Luisa se pasaba trabajando en “su cueva”, cariñoso apelativo con el que se referían a su despacho. Dudaba que las autoridades angoleñas se hubiesen tomado la molestia de intervenir sus comunicaciones. Aun así decidió no arriesgarse y confiar en que su hermanita fuese capaz de atar los cabos e interpretar correctamente su mensaje en clave.

[10:37 – Estou na cova]

[10:38 – Percebo!]

Antes de mediodía Luzia ya se había presentado en la fábrica de cerveza con algunas vituallas, y una expresión en el rostro de la cual Luisa dedujo que la situación era aún peor de lo que se podía haber imaginado. Porque, a pesar de que todas las madres comparten el inenarrable pavor de perder a su prole, ninguna madre es capaz de imaginarse cuán inefable puede llegar a ser el dolor una vez que toca enfrentarse a él.

Devastación… Si de todas las entradas del diccionario tuviéramos que quedarnos con una para tratar de aproximarnos, siquiera mínimamente, al sufrimiento experimentado por Luisa cuando su hermana le contó la nefasta noticia, quizás devastación podría venir al caso para describir su estado emocional la hora larga durante la cual ambas hermanas no pararon de aullar y llorar. Luisa sintió que su vida se apagaba. Y, a pesar de que su hermana le impidió arrojarse desde la barandilla del segundo piso sobre la cadena de montaje para así acabar con su sufrimiento, en su fuero interno fue consciente de que no precisaba de suicidarse para morir. A todos los efectos su existencia ya había acabado. Y no aspiraba a otra cosa que a cavar una fosa con sus propias uñas junto a la de sus dos hijas para arrojarse dentro de ella.

Fue entonces cuando vislumbró el plan que todavía la mantendría viva durante tres días más. Allí, de pie sobre la baranda del segundo piso, suspendida sobre aquella anaconda durmiente, mientras su hermana tiraba con todas sus fuerzas de ella hacia la vida, alcanzó a contemplar, al fondo de la nave, los enormes contenedores refrigerados que albergaban en su interior parte del lúpulo procedente de Alemania que ella misma había ido a seleccionar en compañía de la señora dos Santos.

Sin embargo, no fue únicamente oro verde lo que Isabella dos Santos había ido a buscar a Baviera. Apilados sobre los contenedores de lúpulo, se encontraban otros con evidentes inscripciones (además de la consabida calavera descansando sobre dos tibias) que alertaban a propios y extraños sobre la extrema toxicidad de las plantas que albergaban en su interior. En total diez toneladas de una larga y rara flor zigomorfa de color púrpura, que únicamente crecía en escarpadas y rocosas zonas de Europa: Aconitum carmichaelii, considerada la planta más venenosa de Europa, y de cuya raíz y hojas se extrae la aconitina, uno de los alcaloides más activos y tóxicos que se conocen. Apenas 5 miligramos bastarían para matar a un ser humano y en aquellos contenedores había, en potencia, acónito suficiente como para envenenar a 2.000 millones de personas…

Ignoraba con qué intención había adquirido Isabella dos Santos aquella ingente cantidad de acónito. Durante su viaje a Centroeuropa no le había parecido oportuno preguntar por ello…

Pero, de pronto, todas las piezas encajaron en su mente: el viaje a Barcelona, el convenio de colaboración con la HadoCorp., la compra masiva de lúpulo y acónito en Münich… (¿Formaría también Claudia parte de aquel macabro plan…?). Estaban a punto de sellar el mayor acuerdo comercial de la historia de la distribución de la cerveza, gracias al cual conseguirían superar a todas las empresas de la competencia, incluida la todopoderosa Buddy… ¡Los términos del acuerdo estipulaban el reparto de decenas de miles de millones de botellines por todo el mundo! ¡Los consumidores que adquiriesen un pack de seis unidades, durante la celebración del Mundial de Hado, recibirían gratuitamente un ejemplar del último modelo de lentes de realidad aumentada para disfrutar de la final como si estuvieran en el mismo estadio…!

Lo que otrora le habría parecido una confabulación diabólica, en ese momento se le antojaba un plan maestro. En su cabeza la palabra devastación fue rápidamente sustituida por otra mucho más motivadora: VENGANZA.

Publicado la semana 45. 05/11/2018
Etiquetas
Vengeance is mine - Alice Cooper , De noche, En la cama, Con ganas
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